Wednesday, April 11, 2007


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Iván Turguenev

 

Aguas Primaverales

 

Revisado por: Gema Guada

 

A eso de la una de la madrugada regresó a su gabinete de trabajo, despidió al criado

 

que había encendido las velas. Y sentándose en una butaca junto al fuego, cubrióse el

 

rostro con ambas manos.

 

Nunca había sentido tal desfallecimiento físico y moral. Había pasado la velada con

 

amables damas e inteligentes caballeros. Muchas de aquellas damas eran bonitas; la

 

mayor parte de los caballeros distinguíanse por el talento y el ingenio; él mismo se había

 

mostrado en la conversación interlocutor agradable y hasta brillante… y a pesar de todo

 

eso, nunca se había encontrado tan irresistiblemente acometido y opreso por aquel

 

taedium vitae de que hablaban ya los antiguos romanos.

 

Si hubiese sido más joven, hubiera llorado de fastidio, de angustia y de enervamiento;

 

un amargor corrosivo y urente, como el del ajenjo, llenaba su alma entera; cierto no sé

 

qué denso, helado, tétrico, le envolvía por todas partes como una oscura noche, y no sabía

 

cómo desembarazarse de esa oscuridad, de ese amargor. Era inútil recurrir al sueño,

 

presentía que el sueño no iba a venir en su auxilio.

 

Insensiblemente se sumió en largas y lentas reflexiones, deshilvanadas y tristes.

 

Meditó acerca de lo vano, inútil y vulgarmente embustero de las cosas humanas. Todas

 

las épocas de la vida -acababa de cumplir cincuenta y dos años- desfilaron unas en pos de

 

otras ante los ojos de su pensamiento, y ninguna de ellas encontró gracia delante de él.

 

¡Agitarse siempre en el vacío y la nada, andar siempre dando tajos y mandobles al aire,

 

siempre embelesarse medio cándida, medio conscientemente con el señuelo de vanas

 

quimeras! “Poco importa lo que contenta a un niño, con tal de que no llore”, dice un

 

proverbio ruso. Luego, de pronto, cual nieve que nos cae en la cabeza, ver llegar la vejez

 

y con ella su compañero, el temor a la muerte, ese temor que nos zapa y nos roe sin

 

cesar…; después, por último, ¡el chapuzón en el abismo!

 

¡Y aun dichoso si transcurre así la vida! Porque más de una vez, . antes del fin, como la

 

herrumbre ataca al hierro, llegan los achaques y el sufrimiento…

 

La vida no se le aparecía como ese mar de olas tumultuosas que describen los poetas;

 

se la representaba llana como un espejo, inmóvil, transparente hasta en sus más oscuras

 

profundidades; sentado él en una barquichuela vacilante, y abajo, en el fondo del abismo

 

oscuro y fangoso, entreveía vagamente, a semejanza de peces enormes, formas

 

monstruosas: eran todas las miserias de la vida, enfermedades, pesares, demencia,

 

ceguera, pobreza… Y ante su vista sale de las tinieblas uno de esos monstruos; sube, sube

 

 

 

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sin cesar; se hace cada vez más visible, cada vez más horriblemente distinto… Un

 

momento más, y, levantada por el lomo del monstruo, va a zozobrar la barca. Pero de

 

nuevo parece hacerse más vaga la forma, desciende el monstruo, se vuelve al fondo y se

 

queda allí tendido, agitando apenas su oscura cola… Sin embargo, tiene que venir el día

 

fatal en que se tumbe la barca.

 

Sacudió la cabeza, levantóse de un salto de la butaca, dio un par de vueltas por la

 

estancia y tomó asiento detrás de la mesa de escritorio; después, abriendo uno tras otro

 

todos los cajones, se puso a revolver papeles, cartas antiguas, la mayor parte cartas de

 

mujeres. Él mismo ignoraba por qué hacía eso, pues no buscaba ninguna cosa. Su único

 

objeto era librarse, por medio de cualquier ocupación, de los pensamientos, que le

 

perseguían como una pesadilla.

 

Desdobló al acaso algunas cartas. Una de ellas contenía una flor seca, rodeada por una

 

cinta ajada. Se encogió de hombros, echó un vistazo a la chimenea y puso aparte las

 

cartas, como si se hubiese dispuesto a entregar a las llamas esas inútiles reliquias.

 

Siguieron sus manos explorando febrilmente los cajones; de pronto abrió los ojos de

 

par en par y atrajo suavemente hacia sí una cajita octógona, de forma anticuada, y levantó

 

despacio la tapa. Dentro de esa caja, entre dos capas de algodón en rama amarillento,

 

hallábase una crucecita de granates.

 

Durante breve rato examinó esa cruz con aspecto trascordado; luego, de pronto, dio un

 

débil grito… Lo que se retrató en su rostro no fue pesar ni júbilo; era cual si hubiese

 

encontrado de improviso un ser tiernamente amado en otro tiempo, perdido de vista desde

 

mucho atrás, reconocible aún, y, sin embargo, cambiado enteramente por los años.

 

Levantóse, volvió a sentarse junto a la chimenea, y de nuevo escondió la cara entre las

 

manos… “¿Por qué hoy, por qué hoy precisamente?”, pensó. Y viniéronle a la memoria

 

muchas cosas pasadas largo tiempo antes.

 

He aquí lo que recordaba…

 

Pero primero es necesario que os diga su apellido y sus nombres de pila y patronímico.

 

Nuestro protagonista se llamaba Dimitri Pavlovitch Sanin.

 

He aquí de qué se acordaba:

 

I Era en el verano de 1840. Sanin acababa de cumplir veintidós años; volvía de Italia a

 

Rusia, y hallábase de paso en Francfort. Sin familia casi, poseía una fortuna

 

independiente, si no muy cuantiosa. Habiéndole dejado un pariente lejano algunos miles

 

de rublos en herencia, resolvió gastárselos en el extranjero antes de ingresar en la

 

administración, antes de ponerse a lomo la albarda oficial necesaria para asegurarle la

 

subsistencia. En efecto, Sanin había puesto en planta su proyecto; y tal maña se dio, que

 

el mismo día de llegar a Francfort tenía el dinero justo para volver a San Petersburgo. En

 

1840 eran escasos los caminos de hierro; los señores viajeros iban en diligencia. Sanin

 

sacó su billete, pero la diligencia no partía hasta las once de la noche. Quedábale mucho

 

tiempo que gastar. Por fortuna, el día era magnífico; y Sanin, después de haber almorzado

 

en la fonda del Cisne Blanco, célebre a la sazón, salió a callejear por la ciudad. Fue a ver

 

la Ariadna de Dannecker, y no le pareció ni fu ni fa; visitó la casa de Goethe (entre

 

 

 

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paréntesis, sólo había leído de este poeta el Werther, y para eso en una traducción

 

francesa); paseó por la orilla del Mein y se aburrió como debe hacerlo un concienzudo

 

viajero de recreo; por último, hacia las seis de la tarde, fatigado, llenos de polvo los

 

zapatos, encontróse en una de las calles menos importantes de Francfort, calle que, sin

 

embargo, estaba destinada a no despintársele de la memoria en largo tiempo.

 

En la fachada de una de las pocas casas de esa calle, vio una muestra que anunciaba a

 

los transeúntes la “Confitería Italiana de Giovanni Roselli”. Entró a tomar un vaso de

 

limonada. En la primera pieza, detrás de un modesto mostrador, en las tablas de una

 

alacena pintada, se ostentaban simétricamente, como en una farmacia, algunas botellas

 

con rótulos dorados y botes de cristal de boca ancha llenos de bizcochos, pastillas de

 

chocolate y caramelos. No había nadie en esa pieza; sólo un gato gris roncaba guiñando

 

los ojos y amasando blandamente con las patitas una alta silla de paja puesta junto a la

 

ventana; una canastilla de madera calada yacía boca abajo en el suelo, y junto a ella un

 

grueso ovillo de estambre rojo resplandecía en un rayo oblicuo de sol poniente. Un ruido

 

confuso, extraño, salía de la estancia inmediata. Sanin esperó a que la campanilla de la

 

puerta hubiese concluido de tocar, y dijo en voz alta:

 

-¿No hay nadie aquí?

 

En el mismo instante abrióse la puerta de la pieza vecina… Sanin se estremeció de

 

asombro.

 

II Una joven de unos diecinueve años, con los negros cabellos flotando, esparcidos sobre

 

los hombros desnudos, se precipitó en la tienda extendiendo ante sí los brazos,

 

igualmente desnudos. Vio a Sanin, lanzóse hacia él, le agarró una mano y trató de

 

llevárselo consigo, diciéndole con voz entrecortada:

 

-¡Pronto, pronto, por aquí, sálvelo usted!

 

Sanin no siguió a la joven; no porque vacilase en obedecerla, sino porque el exceso de

 

su asombro le dejó clavado en el sitio. Jamás había visto semejante belleza. Volvióse ella

 

hacia él, y su voz, su mirada, el movimiento de las manos juntas oprimiendo su mejilla

 

pálida expresaban tal desesperación mientras le repetía: “¡Pero venga usted!” que se

 

precipitó en pos de ella por la entornada puerta.

 

En la segunda estancia vio tendido en un diván de crin pasado de moda a un muchacho

 

de catorce años, parecidísimo a la joven; evidentemente era su hermano. Aquel niño

 

estaba muy pálido, blanco más bien, con reflejos amarillos como la cera o como un

 

mármol antiguo. Tenía los ojos cerrados; la sombra de sus espesos cabellos negros le

 

cubrían la frente inmóvil y lisa, las cejas finamente dibujadas e inertes; veíanse brillar los

 

dientes apretados entre los labios azulencos. Tenía la apariencia de no respirar ya; uno de

 

los brazos estaba debajo de la cabeza, y el otro colgando pesadamente hasta el suelo. El

 

niño estaba vestido de pies a cabeza y abotonado de arriba abajo; tenía puesta la corbata,

 

oprimiéndole el cuello.

 

La joven se lanzó hacia él exhalando un grito de angustia. -¡Está muerto, está muerto!

 

Ahora mismo estaba sentado ahí; charlábamos juntos… De pronto se ha caído, y no ha

 

hecho ya ningún movimiento… ¡Dios mío! ¿Es posible que no se le pueda socorrer? ¡Y

 

 

 

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mamá que no está aquí!… ¡Pantaleone! ¡Pantaleone! ¡Vamos! ¿Y el doctor? -añadió en

 

italiano-. ¿Has ido en busca del doctor?

 

-Signora, no he ido; he enviado a Luisa hijo una voz cascada, detrás de la puerta.

 

Y un vejete, vestido con un frac de color de lila y botones negros, con alta corbata

 

blanca, pantalón de nankin muy corto y medias de lana azul, entró en el cuarto

 

renqueando con las piernas torcidas. Su pequeñísima cara desaparecía casi por completo

 

bajo una inmensa maraña de cabellos grises como acero. Erizados en todos sentidos y

 

cayendo en mechones despeluznados, esos cabellos daban a la fisonomía del viejo cierta

 

semejanza con la de una gallina moñuda, semejanza tanto más chocante cuanto que bajo

 

esa pelambrera gris oscura sólo podían distinguirse una nariz picuda y unos ojos

 

amarillos y redondos por completo.

 

-Luisa tiene buenas piernas, y yo no puedo correr prosiguió en italiano el viejecillo,

 

levantando uno tras otro los pies gotosos y planos, calzados con zapatos de cordones-.

 

Pero he traído agua.

 

Con los dedos flacos y nudosos apretaba el estrecho gollete de una botella.

 

-¡Pero Emilio se morirá entre tanto! -exclamó la joven, y extendió las manos hacia

 

Sanin-. ¡Oh caballero! O mein herr! ¿No puede usted socorrerlo?

 

-Hay que sangrarle; esto es un ataque de apoplejía hizo observar el viejo llamado

 

Pantaleone.

 

Sanin no tenía ni las más ligeras nociones de medicina, pero sabía que los niños de

 

catorce años no suelen tener ataques de apoplejía.

 

-Esto es un síncope y no… lo que usted pretende -dijo a Pantaleone-. ¿Tiene usted

 

cepillos?

 

El viejo volvió hacia él su carita.

 

-¿Cómo?

 

-¡Cepillos, cepillos! -repitió Sanin en alemán y en francés; y haciendo el ademán de

 

quien cepilla ropa, volvió a repetir-: ¡Cepillos!

 

El vejete acabó por comprender.

 

-¡Ah, cepillos! ¿Spazzete? Ciertamente, tenemos cepillos. Tráigalos usted aquí, vamos

 

a quitarle la corbata y el paletot, y después le daremos friegas.

 

-¡Bien… benone! ¿Y no hay que echarle agua por la cabeza? No… más tarde. Por ahora,

 

vaya usted muy pronto a buscar los cepillos.

 

Pantaleone dejó en el suelo la botella, salió a escape y regresó enseguida con dos

 

cepillos, uno para la ropa y otro para la cabeza. Acompañábale un perro de aguas, rizado

 

de lanas, quien meneando de prisa la cola se puso a mirar curioso al viejo, a la joven y

 

hasta a Sanin, como si hubiera querido saber qué significaba todo aquel bullebulle.

 

Sin perder tiempo, Sanin quitó el paletot al muchacho siempre inmóvil, le desabrochó

 

el cuello levantó las mangas de la camisa, y armado con un cepillo, se puso a darle

 

friegas con todas sus fuerzas en el pecho y en los brazos. Pantaleone paseaba no menos

 

enérgicamente el otro cepillo, el cepillo de cabeza, por sus botas y sus pantalones. La

 

 

 

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joven se había arrodillado junto al diván, y con la cabeza entre ambas manos,

 

contemplaba a su hermano con los ojos fijos, sin pestañear siquiera. Sanin frotaba

 

siempre y la miraba a veces de reojo. ¡Dios, qué hermosura era!

 

III Tenía la nariz un poco grande, pero de bella forma aguileña; un ligero bozo sombreaba

 

imperceptiblemente su labio superior. Su tez de un mate uniforme y una palidez de

 

ámbar, las ondas lustrosas de sus cabellos, recordaban la Judith de Allori, en el palacio

 

Pitti. ¡Y qué ojos, sobre todo! Ojos de un gris oscuro con un círculo negro en la pupila,

 

ojos magníficos, ojos triunfantes, aun en ese momento en que el espanto y el dolor

 

apagaban su brillo. Involuntariamente le vino a Sanin a la memoria el maravilloso país

 

que acababa de abandonar. Pero ni aun en Italia misma había encontrado nunca nada

 

parecido. La respiración de la joven era rara y desigual; hubiérase dicho que para respirar

 

aguardaba cada vez a que su hermano recobrase el aliento.

 

Sanin frotaba sin descanso. No se limitaba a mirar a la joven: llamábale la atención la

 

original figura de Pantaleone. Desfallecido, sin resuello, el viejo se estremecía a cada

 

movimiento de cepillos, exhalando un gañido quejumbroso; y sus enormes mechones de

 

pelo, bañados en sudor, balanceábanse con pesadez de un lado a otro, como las raíces de

 

alguna planta grande descalzadas por una corriente de agua.

 

-Quítele usted las botas; por lo menos -iba a decirle Sanin… El perro de aguas,

 

probablemente trastornado por el carácter extraordinario de estos sucesos, agachóse sobre

 

las patas delanteras y se puso a ladrar.

 

-¡Tartaglia, Canaglia! -cuchicheó el viejo en tono amenazador.

 

Pero en ese momento, el rostro de la joven se transfiguró: alzáronse sus cejas,

 

agrandáronse aún más sus grandes ojos, radiantes de júbilo…

 

Miró Sanin… La cara del muchacho iba adquiriendo un poco de color, los párpados

 

habían oscilado, retemblaron las ventanillas de la nariz; aspiró el aire a través de los

 

dientes, apretados aún, y exhaló un suspiro.

 

-¡Emilio! -exclamó la joven-. ¡Emilio mío!

 

Abriéronse los negros ojos de Emilio; aún miraban con vaguedad, pero sonreían ya

 

débilmente. La misma sonrisa cruzó por sus labios pálidos; en seguida movió el brazo

 

que colgaba y con un esfuerzo lo puso junto al pecho.

 

-¡Emilio! -repitió la joven, levantándose.

 

Su rostro tenía una expresión tan viva y tan intensa, que parecía pronta a deshacerse en

 

lágrimas o a soltarse a reír.

 

-¡Emilio! ¿Qué hay? ¡Emilio! -dijo una voz en la pieza inmediata.

 

Y una señora pulcramente vestida, morena, de pelo entrecano, entró con paso rápido.

 

La seguía un hombre de cierta edad, y por encima de su rostro mostrábase la cabeza de

 

una criada.

 

La joven corrió a su encuentro.

 

 

 

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-¡Está salvado, mamá! ¡Vive! -exclamó estrechando convulsa entre sus brazos a la

 

señora que acababa de entrar.

 

-Pero, ¿qué ha sucedido? -repitió ésta-. Venía yo a casa y me encuentro al señor doctor

 

con Luisa…

 

Mientras la joven contaba lo que había pasado, el doctor se acercó al enfermo, quien

 

iba volviendo cada vez más en sí, y continuaba sonriéndose con aire un poco forzado,

 

cual si estuviese confuso por el miedo de que había sido causa.

 

-Por lo que veo dijo el doctor a Sanin y a Pantaleone- le han frotado ustedes con

 

cepillos; han hecho ustedes muy bien, fue una idea acertadísima. Veamos ahora qué

 

remedio…

 

Pulsó al joven, y le dijo: -Saque usted la lengua.

 

La señora se inclinó con solicitud hacia su hijo, quien se sonrió más francamente,

 

levantó la vista hacia ella y se puso encarnado. Sanin se hizo la cuenta de que estaba de

 

más, y pasó a la tienda. Pero antes de poner la mano en el pestillo de la puerta exterior,

 

apareciósele de nuevo la joven y le detuvo.

 

-¿Se va usted? -dijo, mirándole de frente con gentil mirar-. No le detengo; pero es

 

absolutamente preciso que venga usted a vernos esta noche. Le estamos tan

 

agradecidísimos (tal vez ha salvado usted la vida a mi hermano), que queremos darle las

 

gracias. Mamá es quien se lo ruega. Debe decirnos usted quién es, y venir a participar de

 

nuestra alegría.

 

-Pero, ¡si hoy mismo salgo para Berlín! -Tartamudeó Sanin.

 

-Le sobrará a usted tiempo -replicó la joven con presteza-. Venga usted dentro de una

 

hora, a tomar una jícara de chocolate con nosotros… ¿Me lo promete usted? Tengo que

 

volverme junto a mi hermano, ¿Vendrá usted?

 

¿Qué podía hacer Sanin? Vendré -respondió.

 

La joven le apretó la mano con rapidez y volvióse atrás corriendo. Sanin se encontró en

 

la calle.

 

IV Hora y media después estaba Sanin de vuelta en la confitería de Roselli, donde le

 

recibieron como de la familia. Emilio estaba sentado en el mismo diván en que le dieron

 

las friegas. El doctor había partido, dejando una receta y recomendando que le

 

preservasen con esmero de las emociones vivas, a causa de su temperamento nervioso y

 

predispuesto a las enfermedades del corazón. Emilio había sufrido otros desmayos de ese

 

género, pero no tan profundos ni tan prolongados. Por lo demás, el doctor declaraba que

 

por el momento había desaparecido todo el peligro.

 

Emilio, cual conviene a un convaleciente, estaba arropado en una amplia bata, y su

 

madre le había puesto al cuello un pañuelo de lana azul; pero tenía una expresión alegre,

 

casi como en día de fiesta. En una mesita puesta frente al diván erguíase una enorme

 

cafetera de porcelana, llena de aromático chocolate, en torno de la cual se desplegaban

 

pocillos, paquetes de jarabe, platos llenos de bizcochos y molletes de pan, y hasta ramos

 

de flores. Seis velas finas ardían en dos candelabros de plata de forma antigua. A un lado

 

 

 

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del diván hallábase un mullido sillón a lo Voltaire, donde se vio obligado Sanin a

 

sentarse. Todos los moradores de la confitería, con quienes había entablado conocimiento

 

aquella tarde, se encontraban allí reunidos, sin exceptuar el gato y el perro Tartaglia, y

 

todos tenían cara de pascuas: el mismo perro estornudaba de gozo: sólo el gato

 

continuaba haciendo arrumacos y guiños.

 

Fue preciso que Sanin dijese su apellido, nombres y calidad, así como el sitio donde

 

nació. Al saber que era ruso, las dos damas prorrumpieron en exclamaciones de asombro,

 

y ambas a una voz declararon que pronunciaba perfectamente bien el alemán; pero

 

añadieron que si prefería hablar en francés, podía emplear este idioma que ellas mismas

 

comprendían y hablaban con facilidad. Sanin aprovechó en el acto este ofrecimiento.

 

“¡Sanin, Sanin!”. Jamás habían podido imaginar las dos damas que tan fácil de

 

pronunciar fuese un apellido ruso. No menos les agradó su nombre bautismal “Dimitri”.

 

La señora dijo que en su juventud había oído cantar una ópera magnífica, Demetrio e

 

Polibio; pero declaró que Dimitri era mucho más agradable que Demetrio.

 

Sanin habló así cerca de una hora. Por su parte, las damas le iniciaron en todos los

 

detalles de su existencia. La del cabello gris, la madre, era quien más hablaba. Hizo saber

 

a Sanin que se llamaba Leonora Roselli, que había perdido a su marido, Giovanni Battista

 

Roselli, quien veinticinco años antes se estableció en Francfort, de confitero; que

 

Giovanni Battista era natural de Vincenza y un hombre buenísimo, aunque un poco vivo

 

de genio, pendenciero y encima ¡republicano! Al decir estas palabras, la señora Roselli

 

señalaba con el dedo un retrato al óleo, colgado encima del diván. Debe suponerse que el

 

pintor (también “republicano”, añadió suspirando la señora Roselli) no había acertado a

 

reproducir por completo el parecido, pues el retrato del difunto Giovanni Battista

 

representaba un bandolero sombrío y con gesto de vinagre, por el estilo de un Rinaldo

 

Rinaldini. En cuanto a la señora Roselli, había nacido en “la antigua y soberbia ciudad de

 

Parma, donde existe aquella magnífica cúpula pintada por el inmortal Correggio”; pero su

 

larga permanencia en Alemania la había germanizado casi por completo. Después,

 

moviendo tristemente la cabeza, añadió que ya no le quedaban más que aquella hija y

 

aquel hijo (los indicó por turno con el dedo), que la hija se llamaba Gemma y el hijo

 

Emilio, que los dos eran buenos muchachos y obedientes, Emilio sobre todo…

 

Y yo, ¿no soy obediente? -interrumpió la hija.

 

-¡Oh! Tú… tú eres también una republicana -respondió la madre.

 

Después dijo que, naturalmente, los negocios iban menos bien que en tiempo de su

 

marido, maestro en el arte de la confitería… (¡Un grand’uomo!, gruñó Pantaleone con

 

aire sombrío); pero que, sin embargo, gracias al cielo, aún se encontraban medios para

 

vivir.

 

V Gemma escuchaba a su madre, y tan pronto reía, tan pronto suspiraba, como le pasaba

 

suavemente la mano por el hombro o le dirigía amenazas joviales con el dedo, y algunas

 

veces miraba a Sanin. Levantóse por último, estrechó a su madre entre los brazos y la

 

besó en el cuello, debajo de la barba. La madre rióse mucho y hasta dio un leve grito.

 

Sanin trabó también más amplio conocimiento con Pantaleone. Supo que éste había

 

sido antaño cantante de ópera, en los papeles de barítono, pero que hacía mucho tiempo

 

 

 

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que había abandonado la carrera teatral, y ocupaba en la familia Roselli un término medio

 

entre un sirviente y un amigo de la casa. A pesar de su larga residencia en Alemania, no

 

había aprendido nada del idioma del país; sólo conocía los términos injuriosos y los

 

destrozaba sin piedad. Ferrofutto spiccebubbio decía de casi todos los alemanes. Hablaba

 

el italiano con perfección, habiendo nacido en Sinigaglia, donde se oye la lingua toscana

 

in bocca romana.

 

Emilio dejábase mimar y se abandonaba a las agradables impresiones de un

 

convaleciente o de alguien que acaba de librarse de un grave peligro; por lo demás, aparte

 

de eso, era fácil ver que todos los de casa le mimaban. Dio gracias con timidez a Sanin y

 

se dedicó más que nada al jarabe y a las golosinas. Sanin se vio obligado a tomar dos

 

jícaras de chocolate excelente y a comer una considerable cantidad de bizcochos; no

 

hacía más que tragar uno, cuando ya le presentaba otro Gemma. ¿Cómo rehusárselo?

 

Bien pronto se sintió a sus anchas, como en su casa; las horas corrían con una rapidez

 

inverosímil. Le hicieron tratar de muchos asuntos: acerca de Rusia en general, el clima, la

 

sociedad, los campesinos rusos (y en particular los cosacos), la guerra de 1812, Pedro el

 

Grande, El Kremlin, las campanas y las canciones rusas. Las dos damas no tenían más

 

que una idea muy vaga de esa región inmensa y remota. La señora Rose111 (o, como

 

solían llamarla por lo común, Frau Lenore) dejó estupefacto a Sanin al preguntarle si aún

 

existía la célebre casa de hielo construida en San Petersburgo el siglo pasado, y a

 

propósito de la cual había leído un artículo tan interesante en uno de los libros de su

 

difunto esposo: Bellezze delle arti. Y como Sanin exclamase: “¿De veras se figura usted

 

que no hay verano en Rusia?”. Frau Lenore le explicó cómo se había presentado hasta

 

entonces ese país: nieves eternas, todo el mundo envuelto en pieles y todos los hombres

 

militares, pero una extremada hospitalidad y campesinos muy sumisos. Sanin se esforzó

 

en darle, así como a su hija, informes más precisos. La conversación recayó acerca de la

 

música rusa; y al punto le rogaron que cantase un aire ruso cualquiera, y le indicaron en

 

un rincón de la pieza un pianito en que las teclas blancas estaban reemplazadas por

 

negras, y viceversa. Obedeció sin hacerse rogar, y acompañándose bien o mal con los

 

dedos de la mano derecha y tres de la izquierda (el pulgar, el del corazón y el meñique)

 

cantó un poco nasalmente y con vocecilla de tenor, primero el Sarafán y después Po

 

ulitse mostowoy. Las damas le elogiaron por su voz y su música, pero admiraron sobre

 

todo la dulzura y la sonoridad de la lengua rusa, y le rogaron que tradujese el texto. Sanin

 

satisfizo su deseo; pero como las palabras del Sarafán y de Po ulitse mostowoy (que

 

traducía con poca elegancia. “Por una calle empedrada, iba una joven por agua”) no

 

podían hacerles formar una gran idea de la poesía rusa declaró, tradujo y cantó, no sin

 

degollarla un poco en las coplas en tono menor, la romanza de Puchkin, Recuerdo esas

 

horas divinas, puesta en música por Glinka. Las damas quedaron entonces

 

entusiasmadas, y Frau Lenore hasta descubrió en la lengua rusa pasmosas relaciones con

 

la italiana: Mognovenie (ó viani), sa mnoi (siam no¡), etcétera. Los mismos apellidos de

 

Glinka y Puchkin, que pronunciaba Puski, pareciéronle tener una armonía familiar para

 

su oído.

 

Sanin, a su vez, rogó a las damas que le cantasen alguna cosa. Tampoco hicieron

 

melindres con él. Frau Lenore se puso al piano y cantó con su hija algunos dúos y

 

stornelli. La madre debió haber te nido en sus tiempos una buena voz de contralto; la voz

 

de la joven, aunque un poco débil, sin embargo, era agradable.

 

 

 

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VI Pero lo que admiraba Sanin no era la voz de Gemma, sino a Gemma misma. Sentado

 

detrás y un poco al lado de la joven, decíase que jamás palmera ninguna, ni aun en las

 

estrofas de Beneditof, poeta de moda entonces, hubiera podido competir en elegancia con

 

las felices proporciones de su talle. Cuando en los pasajes expresivos alzaba los ojos al

 

techo, preguntábase él qué cielos no hubieran podido abrirse ante tal mirada.

 

Apoyado contra el quicio de la puerta, con la barba y la boca sepultadas en su inmensa

 

corbata, o escuchando muy serio con el aire de un inteligente, el viejo Pantaleone mismo

 

admiraba la belleza de la joven y se extasiaba, aun cuando hubiera debido estar habituado

 

a ella.

 

Habiendo concluido Frau Lenore de cantar sus dúos, advirtió que Emilio tenía una

 

hermosa voz, de timbre argentino, pero que estaba en la edad de mudarla (en efecto,

 

hablaba con voz de bajo, con detonaciones constantes en falsete), y, por consiguiente, no

 

debía cantar. Pero invitó a Pantaleone a sacudir la nieve de los años en honor de su

 

huésped.

 

Pantaleone tomó en seguida un aire arisco, frunció las cejas, desgreñó sus melenas y

 

declaró que desde mucho tiempo atrás había renunciado a todo eso. Por lo demás -

 

añadió-, en su juventud no hubiera retrocedido ante un reto, porque pertenecía a aquella

 

gran época en que existía una verdadera escuela de canto y verdaderos cantantes,

 

cantantes clásicos que nada tenían de común con los chi llones de ahora. Él mismo en

 

persona, Pantaleone Cippatola da Varese, recibió un día en Módena el homenaje de una

 

corona de laurel, y en aquella ocasión hasta soltaron palomas blancas en el teatro; y un

 

príncipe ruso, el príncipe Tarbusski, con quien tuvo en otro tiempo relaciones de íntima

 

amistad, le invitaba siempre después de cenar a que se fuese a Rusia, prometiéndole

 

montañas de oro… ¡montañas! Pero él no había querido abandonar il paese del Dante.

 

Verdad es que más tarde circunstancias desgraciadas… sus propias imprudencias… Aquí

 

se interrumpió el viejo, suspiró profundamente y bajó la cabeza; después empezó otra vez

 

a hablar de la época clásica del canto y sentía una admiración tan honda como desmedida.

 

-¡Qué hombre! Il gran García nunca se rebajó hasta cantar de falsete, como lo hacen

 

los pésimos tenores, los tenoracci de nuestros días. ¡De pecho, nada más que de pecho!

 

¡Voce di petto, si!

 

El viejo, con sus dedillos flacos, se golpeó enérgicamente el buche.

 

-¡Y qué actor, un volcán! ¡Signori miei, un volcán, un Vesubio! ¡Tuve el honor y el

 

gusto de cantar con él en la ópera dell’illustrissimo maestro Rossini, en el Otello! García

 

cantaba el papel de Otelo, yo el de Yago. Y cuando cantó esta frase…

 

Al llegar aquí, Pantaleone tomó una postura trágica y se puso a cantar con voz

 

temblorosa y ronca, pero aún muy expresiva, sin embargo:

 

L’ira d’avverso fato

 

io piú non temerò!

 

“El teatro se venía abajo, signori miei. Pero yo no me quedé cortó, y repliqué después

 

de él:

 

 

 

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L’ira d’avverso fato

 

temer più non doviò.

 

“Y él, después, de pronto, como una rayo, como un tigre:

 

Morrò!… ma vendicato…

 

“Y fijense ustedes, cuando cantaba… cuando cantaba la célebre cavatina de Il

 

matrimonio segreto:

 

Pria che spunti Palba…

 

Entonces él, il gran García, después de estas palabras:

 

I cavalli di galoppo

 

hacía sobre estas palabras:

 

Senza posa caccierá

 

hacía… oigan ustedes qué prodigioso es esto, com ‘é stupendo!… hacía…

 

El viejo salió con una fioritura dificilísima; pero al llegar a la décima nota, se hizo un

 

lío, se puso a toser y se volvió bruscamente, diciendo:

 

-¡Déjenme en paz! ¿Por qué me atormentan ustedes?

 

Gemma saltó de la silla, aplaudiendo; y gritando: “¡Bravo, bra vo! “, corrió hacia el

 

pobre Yago retirado y le plantó bonitamente las dos manos en los hombros.

 

Sólo Emilio se reía hasta desternillarse. “Esa edad no tiene compasión”, dijo la

 

Fontaine.

 

Sanin trató de consolar al pobre cantante, y se puso a charlar con él en italiano. Había

 

adquirido una leve tintura de esta lengua durante su último viaje. Habló de ir paese del

 

Dante, dove il si suona. Esta frase, con el Lasciate ogni speranza, constituía en lengua

 

italiana, todo el bagaje poético del joven viajero.

 

Pero Pantaleone no respondió a esas atenciones. Hundiendo más profundamente que

 

nunca la barba en la corbata y abriendo mucho los ojos con aire mohíno, parecía de

 

nuevo un ave, y hasta un ave encolerizada, un cuervo o un milano. Entonces Emilio, con

 

un leve y repentino rubor, como es costumbre en los niños mimados de quince años, se

 

dirigió a su hermana y le dijo que si quería distraer a su huésped, nada mejor podía

 

encontrar sino leerle una de esas comedias de Maltz que tan bien leía ella. Gemma se

 

echó a reír, dando un golpecito en la mano a Emilio, y exclamó que no había nadie como

 

él para tener semejante ocurrencia. Sin embargo, apresuróse a ir a su cuarto, regresó con

 

un libro en la mano, se sentó delante de la mesa en el diván, alzó el dedo para imponer

 

silencio con un ademán enteramente italiano, y comenzó la lectura.

 

VII Maltz era uno de los literatos franceses-furtenses del período de 1830. Sus sainetes,

 

cortos y ligeramente planeados, escritos en el dialecto local, describían los tipos de la

 

comarca de una manera burlesca y atrevida, aunque el humorismo no fuese muy

 

profundo.

 

Gemma leía de una manera notable, lo mismo que un buen actor. Sostenía

 

perfectamente, con todos sus matices el carácter de cada personaje, y desplegaba

 

 

 

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cualidades de mímica que había heredado con la sangre italiana. Cuando se trataba de

 

representar alguna vieja en la chochez o algún burgomaestre imbécil, hacía las muecas y

 

chillaba, sin piedad ninguna para con su voz delicada y su lindo rostro.

 

Nunca se reía al leer; pero si los oyentes, excepto Pantaleone, que se apresuraba a

 

marcharse con aspecto de mal humor así que se hablaba de quel ferrofutto tedesco; si los

 

oyentes la interrumpían con una carcajada simpática, entonces dejaba caer el libro en las

 

rodillas y reíase también ella a mandíbula batiente, echando atrás la cabeza, mientras que

 

los rizos de sus negros cabellos saltaban sobre su nuca y sus hombros, sacudidos por la

 

hilaridad. Pero en cuanto se había acabado de reír, cogía otra vez el libro, daba nueva

 

expresión conveniente a las facciones y continuaba en serio la lectura.

 

Sanin no podía saciarse de admirarla. Chocábale una cosa, sobre todo: ¿por qué

 

misterio, aquella cara tan idealmente hermosa podía tomar de pronto una expresión

 

cómica y a veces hasta trivial?

 

Gemma era menos hábil en el modo de leer los papeles de muchachas, de “damas

 

jóvenes”. Las escenas de amor, sobre todo, no las hacía bien. Ella misma lo notaba; por

 

eso les daba un leve matiz irónico, como si no creyese en esos pomposos juramentos, en

 

esas frases sublimes, de que el autor, además, absteníase todo lo posible. Pasaban las

 

horas sin advertirlo Sanin, y no se acordó de su viaje hasta que dieron las diez en el reloj.

 

Botó de la silla como si le hubiesen pinchado.

 

-¿Qué tiene usted? -preguntó Frau Lenore.

 

-Tenía que salir hoy para Berlín, y tenía reservado asiento en la diligencia.

 

-¿Cuándo sale la diligencia? A las diez y media.

 

Entonces ya es demasiado tarde dijo Gemma-. Quédese usted y le leeré alguna otra

 

cosa.

 

-¿Había usted pagado el billete entero, o nada más dado señal? preguntó Frau

 

Lenore, con un poco de curiosidad.

 

-¡Todo entero! -gimió Sanin con gesto lastimero.

 

Gemma le miró, entornando los ojos, y se echó a reír.

 

-¡Cómo es eso! -le dijo su madre con tono de represión-. Este joven acaba de perder

 

dinero, ¿y eso te hace reír?

 

-¡Bah! -respondió Gemma-. No se quedará arruinado por eso, y trataremos de

 

consolarle. ¿Quiere usted limonada?

 

Sanin tomó un vaso de limonada, Gemma reanudó la lectura de Maltz, y todo fue de

 

nuevo lo mejor del mundo.

 

Dieron las doce de la noche. Sanin empezó a despedirse. -Debe usted permanecer

 

algunos días en Francfort -le dijo Gemma-. ¿Por qué tanta prisa? Ninguna otra ciudad le

 

parecerá a usted más agradable.

 

Hizo una pausa, y repitió sonriéndose:

 

Ninguna otra, verdaderamente.

 

 

 

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Sanin no respondió nada, y pensó que lo vacío de su bolsa le obligaba a permanecer en

 

Francfort hasta que tuviese contestación de un amigo de Berlín, a quien había resuelto

 

pedir dinero prestado.

 

-Quédese usted, quédese -dijo a su vez Frau Lenore-; le haremos entablar

 

conocimiento con el prometido de Gemma, el señor Karl Klüber. Hoy no ha podido

 

venir, porque está ocupadísimo en sus almacenes. Probablemente habrá visto usted en

 

la Zeile un gran almacén de paños y sedas: pues bien, allí está de dependiente principal.

 

Quedará contentísimo de presentar a usted sus respetos.

 

Sanin, sabe Dios por qué, se sintió un poco contrariado.

 

“¡Feliz prometido!”, pensó, mirando a Gemma. Y creyó advertir en los ojos de la joven

 

una expresión burlona.

 

Saludó de nuevo a aquellas damas.

 

-¡Hasta mañana, hasta mañana! -respondió Sanin.

 

Emilio, Pantaleone y Tartaglia le acompañaron hasta la esquina de la calle. Pantaleone

 

no pudo menos de manifestar su disgusto acerca del modo de leer que había tenido

 

Gemma. -¿Cómo no le daba vergüenza? ¡Qué es eso, hacer muecas, chillar! ¡Una

 

caricatura! Hubiera podido elegir Merope o Clitemnestra, algo grande, trágico; ¡y no que

 

prefería imitar a una bruja alemana cualquiera! “Yo también puedo hacer otro tanto…

 

Mertz, kertz, smertz”, dijo con voz ronca, alargando la cara hacia adelante y

 

esparrancando los dedos. El viejo les volvió bruscamente la espalda.

 

Sanin volvió a la fonda del Cisne Blanco, donde le esperaba su equipaje en un rincón

 

de la gran sala de espera. Hallábase en un estado de espíritu bastante confuso. Aún le

 

zumbaban en los oídos todas aquellas conversaciones ¡talo-franco-tudescas.

 

“¡Prometida! -murmuró, metiéndose en la cama del modesto dormitorio que había

 

pedido-. ¡Y qué hermosa es! Pero, ¿por qué me he quedado?

 

Sin embargo, al siguiente día escribió una carta a su amigo de Berlín.

 

VIII No había acabado de vestirse, cuando un camarero de la fonda le anunció la visita de

 

dos señores. Uno de ellos era Emilio; el otro, un joven buen mozo, con la cara más

 

regular que pudiera verse, era Herr Karl Klüber, el novio de la hermosa Gemma.

 

Todo induce a suponer que por aquel entonces no había en ningún comercio de

 

Francfort un primer dependiente tan cortés, tan bien educado, tan imponente, tan amable

 

como Herr Klüber. Lo intachable de su vestir tenía igual en lo digno de su apostura y en

 

lo elegante de sus maneras, elegancia un poco espetada, según la moda inglesa (había

 

pasado dos años en Inglaterra), pero exquisita, sin embargo. A primera vista se notaba

 

claramente que ese guapo mozo, un poco severo, bien educado y muy relamido, tenía

 

costumbre de obedecer a sus superiores y tratar a baquetazos a sus inferiores, y que detrás

 

del mostrador no podía menos que inspirar respeto hasta a los parroquianos. No podía

 

concebirse la menor duda respecto a su honradez; bastaba ver el abandonado cuello que

 

le sostenía la barba. Y su voz era tal como pudiera apetecerse, llena y grave como la de

 

un hombre que tiene confianza en sí mismo, no demasiado fuerte, sin embargo, y hasta

 

llena de cierta dulzura de timbre. Era una voz excelente para dar órdenes a los

 

 

 

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dependientes inferiores: “¡Enseñe usted aquella pieza de terciopelo de Lyon punzó!” O

 

bien: “¡Ponga usted una silla a la señora! “.

 

El señor Klüber comenzó por presentar sus cumplimientos, y al hacer las reverencias se

 

inclinó tan noblemente, resbaló los pies de un modo tan agradable y entrechocó ambos

 

tacones con tal urbani dad, que no podía vacilarse en decir: “Este es un hombre que tiene

 

ropa blanca y virtudes morales, todo de primera calidad”. En la mano izquierda, calzada

 

con guante de Suecia, tenía un sombrero reluciente como un espejo y en el fondo de él

 

estaba el otro guante; la mano derecha, desnuda, que alargó a Sanin con ademán modesto,

 

pero resuelto, estaba tan bien acabada que superaba a toda idea preconcebida: cada una

 

de las uñas era la perfección misma en su especie. Luego declaró, con los términos más

 

selectos de la lengua alemana, que había deseado presentar sus respetos y la seguridad de

 

su gratitud al señor extranjero que había prestado un señalado servicio a un futuro

 

pariente suyo, al hermano de su prometida esposa. Al decir estas palabras, extendió la

 

mano izquierda, la que sostenía el sombrero, en dirección a Emilio, quien, perdiendo el

 

lino, se volvió hacia la ventana y se metió el dedo índice en la boca. Herr Klüber añadió

 

que se consideraría muy feliz si por su parte pudiera hacer alguna cosa que le fuese grata

 

al señor extranjero.

 

Sanin respondió, también en alemán, pero no sin algunas dificultades, que estaba

 

encantado… que el servicio era de poca importancia, y rogó a sus huéspedes que tomasen

 

asiento. Herr Klüber le dio las gracias, y levantándose en un periquete los faldones de la

 

levita, se sentó en una silla, pero tan ligeramente y de una manera tan poco segura, que

 

era imposible no decirse: “He ahí un hombre que se ha sentado por pura fórmula y que va

 

a levantar el vuelo al instante”.

 

En efecto, levantó el vuelo unos pocos minutos después, y dando discretamente dos

 

pasitos adelante como en la contradanza, explicó con aire modesto que, con gran pesar

 

suyo, no podía permanecer más tiempo porque se iba al almacén -¡los negocios ante

 

todo!-, pero que siendo domingo el día siguiente, con aprobación de Frau Lenore y de

 

Fraülein Gemma, había organizado una gira de recreo a Soden, a la cual tenía el honor de

 

invitar al señor extranjero, y que alimentaba la esperanza de que éste se dignaría

 

“embellecerla” con su presencia. Sanin no rehusó “embellecerla”. Herr Klüber le hizo

 

enseguida unas cortesías y salió, luciendo sus pantalones del matiz más delicado, gris

 

perla; las suelas de las botas, nuevecitas, chillaban no menos agradablemente.

 

IX En cuanto su futuro cuñado hubo salido, Emilio, que aún después de la invitación

 

hecha por Sanin de “tomarse la molestia de sentarse”, no había cesado de mirar por la

 

ventana, dio media vuelta a la izquierda, y ruborizándose, con un mohín de afectación

 

infantil, preguntó a Sanin si podía quedarse aún un poco.

 

-Me siento mucho mejor hoy -añadió-, pero el doctor me ha prohibido trabajar.

 

Quédese, no me estorba usted de ningún modo -exclamó enseguida Sanin, encantado,

 

como todo verdadero ruso, de aceptar la primera proposición que pudiese dispensarle de

 

hacer él mismo alguna cosa.

 

Emilio dio las gracias, y en un instante tomó posesión de Sanin y de su cuarto: examinó

 

los objetos de la pertenencia de su huésped y preguntó acerca de todo lo que veía:

 

 

 

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“¿Dónde lo ha comprado usted? ¿Cuánto le costó esto?” Le ayudó a afeitarse, le dijo que

 

hacía mal en no dejarse el bigote, y, por último, le contó una multitud de particularidades

 

acerca de su madre, de su hermana, de Pantaleone, hasta de Tartaglia, y toda la manera

 

de vivir de ellos. Había desaparecido todo connato de timidez en Emilio, quien sintió

 

súbitamente un afecto extraordinario por Sanin, no a causa de que éste le hubiera salvado

 

la vida el día antes, sino por… “¡era tan simpático!” No tardó en confiarle todos sus

 

secretos, insistiendo en particular sobre un tema. Mamá quería hacerle a toda costa

 

comerciante, y él sabía, sabía sin género ninguno de duda que había nacido artista,

 

músico, cantante, ¡que el teatro era su verdadera vocación! El mismo Pantaleone le

 

animaba; pero Herr Klüber sostenía el parecer de mamá, sobre la cual tenía gran

 

influencia. La idea de convertirle en un “horte ra” era propia de Herr Klüber, en cuyo

 

caletre nada podía compararse con la profesión de mercader. Vender paño y terciopelo,

 

estafar al público, hacerle pagar Narren oder Russen-Preise (precios de imbéciles o de

 

rusos): ¡he aquí su ideal!

 

Pero ya es hora de irnos a casa -exclamó en cuanto Sanin hubo concluido de arreglarse

 

y escrito su carta a Berlín.

 

Aún es muy pronto -dijo Sanin.

 

-Eso no importa -replicó Emilio con zalamería-. Vamos a Correos, y de allí a casa.

 

Genuna se pondrá muy contenta de verle a usted. Almuerce usted con nosotros… Hable

 

usted a mamá de mí, de mi carrera…

 

-Vamos dijo Sanin. Y partieron.

 

X Pareció Gemma, en efecto, contentísima de verle, y Frau Lenore le recibió muy

 

amistosa, Visiblemente, había producido en ella una impresión favorable la víspera.

 

Emilio corrió a ocuparse del almuerzo, no sin haber cuchicheado al oído de Sanin esta

 

recomendación:

 

-¡No lo olvide usted!

 

En ello pienso -respondió Sanin.

 

Frau Lenore no se encontraba del todo bien; tenía jaqueca, y medio tumbada en un

 

sillón, trataba de moverse lo menos posible. Gemma llevaba un peinador amarillo, sujeto

 

a la cintura con un cinturón de cuero; tenía también aspecto fatigado, y una ligera palidez

 

cubría sus mejillas; sus ojos estaban un poco ojerosos, pero su brillo no se había

 

aminorado; y aquella palidez daba algo de misterio y dulzura a las facciones de su rostro,

 

de una pureza y una severidad clásica. Ese día chocóle a Sanin en particular la

 

extraordinaria belleza de su mano… Cuando la levantaba para arreglarse y sujetar los

 

rizos oscuros y lustrosos de sus cabellos, no podía apartar la vista de esos dedos largos y

 

flexibles, separados unos de otros como los de la Fornarina de Rafael.

 

Hacía mucho calor por fuera. Sanin quería irse después de almorzar, pero le hicieron

 

ver que con semejante día lo mejor era quedarse donde estaba. Convino en ello, y se

 

quedó. Un agradable fresco reinaba en la estancia de atrás, donde sus huéspedes y él se

 

habían instalado, y cuyas ventanas daban a un jardincito plantado de acacias. Un ávido

 

enjambre de abejas, avispas y zánganos azacanados zumbaban entre el frondoso follaje

 

 

 

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de las flores de oro. Ese incesante murmullo que penetraba en la habitación por las

 

celosías entreabiertas y las cortinas echadas, hablaba del calor de afuera y hacía parecer

 

aún más suave el fresco de aquella casa cerrada y hospitalaria.

 

Sanin habló mucho, como la víspera, pero ya no de Rusia ni de la vida rusa. Con el fin

 

de complacer a su amiguito, a quien habían mandado a casa de Herr Klüber enseguida

 

del almuerzo, para ejercitarse en la teneduría de libros, llevó la conversación al terreno de

 

las ventajas y los inconvenientes comparativos del arte y del comercio. Esperaba ver a

 

Frau Lenore tomar la defensa de esta última profesión; pero su mayor extrañeza fue el

 

ver que también Gemma participase de tales opiniones.

 

-Si se es artista, sobre todo cantante -insistió con ademán enérgico-, es preciso ocupar

 

el primer puesto. El segundo nada vale. ¿Y quién sabe si ha de llegar a ese primer

 

puesto?

 

Pantaleone, que tomaba parte en la conversación (porque en su calidad de viejo

 

servidor antiguo, tenía el privilegio de sentarse en compañía de los dueños de la casa: los

 

italianos, en general, no son de etiqueta muy severa). Pantaleone, naturalmente, defendía

 

el arte con todas sus fuerzas. A decir verdad, sus argumentos eran harto flojos: repetía de

 

continuo la necesidad de hallarse dotado de “cierto ímpetu de inspiración”, d’un certo

 

estro d’inspirazione. Frau Lenore le objetó que probablemente él mismo había poseído

 

ese estro, y que, sin embargo…

 

-Tuve enemigos -respondió Pantaleone con aire tétrico.

 

-¿Y cómo puedes estar seguro (ya se sabe que los italianos se tutean a menudo),

 

cómo puedes estar seguro de que Emilio, aun suponiendo que estuviese dotado de ese

 

estro, no tendría enemigos?

 

-¡Pues bien, hacedle mercanchifle! -dijo despechado Pantaleone-. ¡Pero Giovanni

 

Battista no se hubiera conducido así, a pesar de ser confitero!

 

-Giovanni Battista, mi marido, era un hombre razonable; y si en su primera juventud

 

pudo dejarse arrastrar…

 

Pero el viejo no escuchaba; alejóse, murmurando con aire hosco:

 

-¡Ah! ¡Giovanni Battista!

 

Gemma exclamó que si Emilio sentía en sí el amor a la patria, y si quería consagrar sus

 

fuerzas a la independencia de Italia, podía ciertamente sacrificar la seguridad de su

 

porvenir por un fin tan noble y elevado, pero no por el teatro. Al decir esto, Frau Lenore,

 

inquieta, suplicó a su hija que, a lo menos, no arrastrase a su hermano fuera del buen

 

camino. ¿No bastaba con que ella misma fuese una republicana furibunda?… Después de

 

haber pronunciado estas palabras, Frau Lenore exhaló un suspiro quejumbroso y dijo que

 

sufría mucho, que su cabeza estaba próxima a estallar. (Frau Lenore, por cortesía para

 

con su huésped, hablaba en francés con su hija.) Gemma se puso enseguida a hacerla

 

carantoñas, soplándole con delicadeza en la frente después de humedecérsela con agua de

 

Colonia; la besó con dulzura en las mejillas, arregló la cabeza encima de la almohada, le

 

prohibió que hablase y la besó de nuevo. Después, dirigiéndose a Sanin, se puso a

 

contarle, medio en broma, medio sentimental, qué admirable madre era la suya y cuán

 

hermosa había sido.

 

 

 

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-¡Pero, ¿qué digo? ¡Aún lo es, y hermosísima! ¡Vea usted, vea usted, vea usted qué

 

ojos!

 

Gemma sacó del bolsillo un pañuelo blanco, lo puso encima de la cara de su madre, y

 

tirando de él hacia abajo poco a poco, descubrió primero la frente, después las cejas y los

 

ojos de Frau Lenore, hizo una pequeña pausa y le dijo que mirase. Obedeció ésta, y

 

Gemma dio un grito de admiración. (Los ojos de Frau Lenore eran en verdad hermosos.)

 

Hizo resbalar rápidamente el pañuelo por la parte inferior de la cara, menos regular que la

 

superior, y volvió a empezar a llenarla de besos. Frau Lenore, sonriéndose, se volvió un

 

poco e hizo como que rechazaba a su hija con esfuerzo. Gemma fingió también luchar

 

con su madre y se puso a acariciarla no con la felina zalamería de las francesas, sino con

 

la gracia italiana, bajo la cual siempre se adivina la fuerza.

 

Por fin dijo Frau Lenore que estaba fatigada. Gemma le aconsejó dormirse un poco en

 

el sillón.

 

Y yo -dijo-, con el caballero ruso, nos estaremos quietos, muy tranquilos, como

 

ratoncitos.

 

Frau Lenore le dirigió una sonrisa por única respuesta, cerró los ojos, respiró

 

hondamente dos o tres veces y se adormeció. Gemma se sentó a escape junto a ella en

 

una banqueta, y sosteniendo la al mohada donde descansaba la cabeza de su madre, se

 

quedó inmóvil, llevando solamente de vez en cuando a sus labios un dedo de la otra

 

mano, para recomendar silencio, y mirando a Sanin con el rabillo del ojo cada vez que se

 

permitía el menor movimiento. Concluyó éste por inmovilizarse también y permaneció

 

como hechizado; dejando a su alma admirar con todas sus fuerzas el cuadro que ante él se

 

ofrecía. Aquella estancia medio a oscuras, donde como puntos luminosos brillaban acá y

 

allá frescas rosas muy abiertas en antiguos vasos de color verde; aquella mujer dormida,

 

con las manos modestamente cruzadas, con su bondadoso rostro rendido y rodeado por la

 

suave blancura de la almohada; aquella joven que la miraba con atención, también tan

 

buena, pura y admirablemente hermosa, con sus ojos negros, profundos, llenos de sombra

 

y, sin embargo, de fulgores… ¿eran un ensueño o un cuento de hadas?… ¿Y cómo estaba

 

él allí?

 

XI Sonó la campanilla de la puerta exterior. Un joven campesino, con chaleco rojo y gorra

 

de piel, entró en la confitería. Era el primer comprador de aquel día.

 

-He aquí cómo va el comercio había dicho Frau Lenore a Sanin, dando un suspiro,

 

durante el almuerzo.

 

Continuaba dormida. No atreviéndose Gemma a sacar la mano de debajo de la

 

almohada, dijo muy quedo a Sanin:

 

-Vaya usted a despachar en lugar mío.

 

Sanin, andando de puntillas, pasó enseguida a la tienda. El joven labriego pidió un

 

cuarterón de pastillas de menta.

 

-¿Qué le cobró? -dijo Sanin a media voz a través de la puerta.

 

-Seis kreutzers -murmuró Gemma.

 

 

 

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Sanin pesó las pastillas, buscó papel, hizo un cucurucho, lo llenó, lo desparramó, lo

 

rehizo, lo desparramó otra vez, concluyó por entregarlo y recibió el dinero… El joven

 

aldeano le miraba estupefacto, dándole vueltas a la gorra contra el pecho, mientras que en

 

la otra habitación Gemma ahogaba la risa apretándose la boca con la mano. Aún no había

 

salido este comprador, cuando entró otro, luego un tercero…

 

Parece que tengo buena mano -dijo para sí Sanin.

 

El segundo parroquiano pidió un vaso de horchata, el tercero media libra de bombones.

 

Sanin les sirvió, armando un barullo de cucharas y platillos, y metiendo animoso los

 

dedos en los cajones y en los botes de cristal de ancha boca. Hecha la cuenta, resultó que

 

había vendido la horchata demasiado barata, y cobrado de más, en los bombones, dos

 

kreutzers. Gemma no cesaba de reírse quedito; en cuanto a Sanin, sentía una animación

 

desusada y una disposición de ánimo verdaderamente feliz. ¡Hubiera vivido así

 

eternidades vendiendo bombones y horchata detrás de aquel mostrador mientras que

 

desde la trastienda le miraba aquella encantadora criatura con ojos amistosamente

 

burlones; mientras que el sol estival, a través del espeso follaje de los castaños que

 

crecían delante de las ventanas, llenaba toda la estancia con el oro verdoso de sus rayos y

 

de sus sombras; y mientras que su corazón se mecía con la dulce languidez de la pereza,

 

del quietismo y de la juventud, de la primera juventud!

 

El cuarto parroquiano pidió una taza de café. Hubo que dirigirse a Pantaleone. Emilio

 

no había vuelto aún del almacén de Herr Klü ber.

 

Sanin volvió a sentarse junto a Gemma. Frau Lenore continuaba dormida, con gran

 

contento de su hija…

 

-Cuando mamá duerme, se le quita la jaqueca hizo observar. Sanin se puso a hablar con

 

ella en voz baja, como antes, por supuesto. Habló de su “comercio”. Se informó muy

 

formal acerca del precio de los diferentes “artículos del ramo de confitería”. Gemma se

 

los indicó con idéntica formalidad; y sin embargo, ambos se reían para sus adentros, de

 

buena fe, como si se confesasen a sí mismos que representaban una divertidísima

 

comedia. De pronto, en la calle se puso a tocar un organillo el aria de Freyschütz:

 

“A través de los campos y llanos…”

 

Los sonidos, gemebundos y temblones, rechinaban en el aire inmóvil. Gemma se

 

estremecía:

 

-¡Va a despertar a mamá!

 

Sanin se apresuró a salir e hizo desaparecer al músico ambulante, poniéndole en la

 

mano algunos kreutzers. A su vuelta, Gemma le dio las gracias con una ligera seña de

 

cabeza; luego con una sonrisa meditabunda, tarareó con voz apenas perceptible la linda

 

melodía en que Max expresa todas las vacilaciones del primer amor. Enseguida preguntó

 

a Sanin si conocía el Freyschütz, si le gustaba Weber; y añadió que, a pesar de su origen

 

italiano, le gustaba esa música más que ninguna. De Weber, la conversación fue

 

insensiblemente a parar a la poesía, al romanticismo, a Hoffman, que todo el mundo leía

 

entonces aún…

 

 

 

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Sin embargo, Frau Lenore seguía durmiendo, y hasta roncaba ligeramente; y los rayos

 

del sol, que pasaban como rayas estrechas a través de los resquicios de las persianas, iban

 

cambiando de sitio y viajaban con un movimiento imperceptible, pero continuo, sobre el

 

piso, sobre los muebles, sobre la falda de Gemma, sobre las hojas y los pétalos de las

 

flores.

 

XII Gemma no gustaba en manera alguna de Hoffman, y hasta lo encontraba… aburrido. El

 

elemento nebuloso y fantástico de esos relatos del Norte no era accesible a su naturaleza

 

meridional y enteramente impregnado de sol. “¡Esos no son sino cuentos de chiquillos!” -

 

afirmaba, no sin desdén. Comprendía vagamente que Hoffman carece de poesía .

 

Sin embargo, le gustaba mucho uno de aquellos cuentos, de cuyo título no podía

 

acordarse. A decir verdad, lo que le gustaba era el principio de dicho cuento, pues se le

 

había olvidado el final o tal vez no lo hubiese leído nunca. Era la historia de un joven que

 

encontraba no sé dónde, acaso en una confitería, una joven griega de asombrosa belleza,

 

acompañada por un viejo de aire extraño, misterioso y cruel. El joven se enamora a

 

primera vista de la señorita; ésta le mira con aire lastimero, como pidiéndole que la

 

liberte. Aléjase él un momento, y al volver enseguida a la confitería, ya no encuentra a la

 

joven ni al viejo. Lánzase en su busca, descubre a cada instante indicios de su presencia,

 

prosigue su persecución, y por más que hace, nunca logra alcanzarlos en ninguna parte.

 

La hermosa desconocida ha desaparecido para siempre, y él no tiene fuerzas para olvidar

 

aquella mirada suplicante; atorméntale la idea de que quizá se le ha escurrido de entre las

 

manos toda la felicidad de la vida…

 

No es seguro que Hoffman termine el relato de este modo; pero Gemma, sin tener

 

conciencia de ello, lo arregló así y lo retuvo en la memoria.

 

-Me parece -dijo-, que encuentros y separaciones de este género son más frecuentes de

 

lo que creemos.

 

Sanin permaneció en silencio algunos instantes; luego habló de Herr Klüber. Era la

 

primera vez que pronunciaba su nombre; hasta aquel momento, ni siquiera había pensado

 

en ese personaje.

 

A su vez, Gemma se salió un instante, mordiéndose, con aire pensativo, la uña del dedo

 

índice; apartó la vista, luego hizo un elogio de su futuro, habló de la gira de recreo

 

proyectada para el día inmediato, y echando una rápida ojeada a Sanin, volvió a quedarse

 

silenciosa.

 

Sanin ya no sabía sobre qué sacar conversación. Emilio entró bruscamente y despertó a

 

Frau Lenore… Sanin se puso contento al verle llegar.

 

Frau Lenore se levantó del sillón. Presentóse Pantaleone, y dijo que la comida estaba

 

servida. El amigo de la casa, ex cantante y sirviente, desempeñaba también las funciones

 

de cocinero.

 

XIII Sanin permaneció aún después de comer. Se habían negado a dejarle partir, so pretexto

 

de que hacía un calor horrible; y cuando hubo caído un poco el calor, le propusieron salir

 

al jardín a tomar el té, a la sombra de las acacias. Sanin aceptó; sentíase completamente

 

 

 

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feliz. Las horas apacibles y de dulce monotonía de la vida guardan exquisitos goces, y se

 

entregaba a ellos con delicia, sin pensar en mañana. ¡Qué encanto sólo la presencia de

 

una joven como Gemma! Iba a separarse de ella muy pronto, y quizá para siempre; pero

 

mientras la misma barquilla, como en los versos de Uh1and, te mece sobre las ondas

 

serenas de la vida, ¡sé feliz, viajero; deléitate! ¡Feliz viajero! Todo le parecía amable y

 

encantador.

 

Frau Lenore le propuso medirse con ella y Pantaleone al juego del tresette; le enseñó

 

este juego italiano poco complicado, ganóle ella algunos kreutzers, y quedó hechizado él.

 

A petición de Emilio, Pantaleone obligó al perro Tartaglia que hiciese todas sus

 

habilidades: Tartaglia saltó por encima de una palo, habló (es decir, ladró), estornudó,

 

cerró la puerta con el hocico, trajo a su amo una zapatilla vieja, y, por último, con un

 

chacó en la cabeza, representó al mariscal Bernadotte y escuchando las sangrientas

 

acusaciones que Napoleón le dirige por su traición. Naturalmente, Pantaleone era quien

 

hacía de Napoleón, ¡y con suma fidelidad, a fe mía! Con los brazos cruzados ante el

 

pecho y un tricornio metido hasta las cejas, hablaba con tono seco y áspero en francés, ¡y

 

en qué francés, santo Dios! Frente a su amo, sentado Tartaglia sobre las patas traseras,

 

encogido y apretando la cola entre las piernas, hacía guiños con aire humilde y confuso

 

bajo la visera del chacó metido de través. De rato en rato, cuando Napoleón alzaba la voz,

 

erguíase sobre las patas de atrás. “¡Fuori traditore!” -exclamó por último Napoleón,

 

olvidando, en el exceso de su cólera, que debía sostener hasta el fin su papel en francés-;

 

y Bernadotte huyó a todo correr debajo del diván, de donde salió casi enseguida ladrando

 

alegre, como para hacer saber a todos que la función había concluido. Los espectadores

 

se rieron mucho, y Sanin más que los demás.

 

Cuando Gemma se reía, mezclaba con las risas unos gemiditos de lo más divertido del

 

mundo… Sanin estaba en sus glorias con esa risa. Acabó por sentir un loco deseo de

 

comérsela a besos por esos gemiditos.

 

Por fin, llegó la noche. ¡Hay que ser razonable! Después de haberse despedido de todos

 

y repetido a cada uno “hasta mañana” (hasta abrazó a Emilio), Sanin regresó a la fonda,

 

llevando en el corazón la imagen de aquella joven, ya risueña, ya pensativa, ya apacible

 

hasta la indiferencia, pero siempre encantadora. Sus hermosos ojos, a veces muy abiertos,

 

brillantes y alegres como el día, otras medio velados por las pestañas, oscuros y

 

profundos como la noche, estaban tenazmente ante su vista, mezclándose con todas las

 

demás imágenes, con todos los otros recuerdos.

 

En lo que no pensó ni una sola vez fue en Herr Klüber, en las razones que le habían

 

retenido en Francfort, en una palabra, en todo lo que le había agitado la víspera.

 

XIV Preciso es que digamos algunas palabras acerca del mismo Sanin. En primer término,

 

no era mal parecido; talle proporcionado y elegante, facciones agradables aunque un poco

 

indecisas, ojos azules claros, de cariñosa expresión, cabellos con reflejos de oro, piel

 

blanca y sonrosada, y, sobre todo, ese aire ingenuamente alegre, confiado, abierto, un

 

poco bobo a primera vista, en el cual reconocíase antaño sin trabajo a los hijos de los

 

nobles de la estepa, los “hijos de familia”, los jóvenes de buena casa, nacidos y

 

engordados al aire libre en las feraces comarcas del Sur; bonito andar, un poco vacilante,

 

leve ceceo al hablar, una sonrisa infantil en cuanto le miraban…, en fin, buen humor,

 

 

 

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salud, molicie, molicie y más molicie: tal era Sanin de cuerpo entero. Además, no estaba

 

desprovisto de talento ni de instrucción. Había conservado su frescura de impresiones, a

 

pesar de su viaje al extranjero; para él eran casi desconocidos los sentimientos

 

tumultuosos que perturbaban a la mejor parte de la juventud de entonces.

 

En nuestros días, después de una minuciosa rebusca de “hombres nuevos”, nuestra

 

literatura se ha puesto a producir tipos jóvenes decididos a guardar su frescura, a

 

conservarse frescos e intactos… cueste lo que cueste, frescos como las ostras que de

 

Flensburgo llevan a Rusia. Sanin no tenía nada de común con ellos: era naturalmente

 

fresco. De compararle con algo, hubiera sido menester hacerlo con un manzano nuevo, de

 

hojas rizadas, recién injerto, de nuevos viveros de tierras negras, o mejor aún, con un

 

potro de tres años, nacido en las antiguas yeguadas de señores, bien cuidado y reluciente,

 

uno de esos potros de piernas mal desbastadas, que apenas empiezan a aprender el trote

 

largo. Los que han encontrado a Sanin más tarde, baqueteado por la vida, perdida de

 

mucho tiempo atrás la “flor” de la juventud, esos han conocido otro hombre.

 

Al día siguiente, aún estaba Sanin en la cama, cuando Emilio, vestido de fiesta,

 

trascendiendo a pomada y con un junquillo en la mano, se metió de rondón en el

 

dormitorio y anunció que Herr Klü ber iba a llegar con el coche, que el día prometía ser

 

magnífico, que todo estaba dispuesto en casa, pero que mamá no iba a ir, porque le había

 

vuelto a dar la jaqueca de la víspera. Se puso a dar prisa a Sanin, asegurándole que no

 

había un minuto que perder. En efecto, Herr Klüber encontró aún a Sanin arreglándose.

 

Llamó a la puerta, entró, inclinó y enderezó su noble talle, declaró hallarse dispuesto a

 

esperar todo cuanto se quisiera y tomó asiento, con el sombrero elegantemente apoyado

 

en una rodilla. El guapo dependiente se había emperejilado hasta lo imposible; cada uno

 

de sus movimientos desprendía fuertes efluvios de los más suaves olores. Había venido

 

en una gran carretela descubierta, un landó enganchado con dos caballos de mala

 

estampa, pero de alzada y fuerza. Un cuarto de hora después, Sanin, Klüber y Emilio

 

deteníanse triunfalmente a la puerta de la confitería. La señora Rosselli se negaba de un

 

modo resuelto a tomar parte en el paseo. Gemma quiso quedarse con su madre, pero esta

 

misma la empujó al coche.

 

No necesito de nadie, dormiré -dijo-. De buena gana hubiera enviado con ustedes a

 

Pantaleone, pero se necesita alguno para despachar a los parroquianos.

 

-¿Podemos llevarnos a Tartaglia?

 

-¿Qué duda tiene?

 

Al punto se lanzó Tartaglia alegremente al pescante, y se instaló allí relamiéndose. Se

 

veía que estaba familiarizado con esa gimnástica.

 

Gemma se había puesto un gran sombrero de paja con cintas pardas, cuyo borde bajaba

 

por delante, resguardándole casi toda la cara contra los rayos del sol. La línea de la

 

sombra terminaba precisamente en la boca, brillaban sus labios con un encarnado suave y

 

fino como los pétalos de la rosa de cien hojas, y sus dientes despedían cándidos reflejos

 

como en los niños. Gemma tomó asiento junto a Sanin; Klüber y Emilio enfrente de ellos.

 

El pálido rostro de Frau Lenore apareció en una ventana; Gemma le hizo una señal de

 

despedida con su pañuelo blanco, y el coche arrancó.

 

 

 

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XV Soden es un pueblecito situado a media hora de Francfort, en un paraje encantador, en

 

las faldas de Taunus. Entre nosotros, los rusos, goza de renombre a causa de sus aguas

 

minerales, eficaces en las enfermedades del pecho, según se asegura. Los francfurtenses

 

nunca van allí sino para giras de recreo, porque Soden posee un magnífico parque y

 

restaurantes donde puede tomarse café y cerveza a la sombra de los tilos y de los arces.

 

El camino de Francfort a Soden, orillado de árboles frutales, costea la margen derecha

 

del Mein. Mientras el coche rodaba tranquilamente por aquel camino magnífico, Sanin

 

observaba a hurtadillas la acción de Gemma respecto a su futuro: Era la primera vez que

 

los veía juntos. La actitud de la joven era serena y sencilla, pero con un poco más de

 

reserva y seriedad que de costumbre; Klüber tenía el porte de un superior indulgente que

 

se permite a sí mismo, y permite a su subordinado, un placer discreto y de buen tono.

 

Sanin no observó en él ninguna particular atención para con Gemma, nada de lo que los

 

franceses llaman empressement (obsequiosidad). Evidentemente, Herr Klüber

 

consideraba el asunto como trato hecho, y no veía ningún motivo para molestarse y hacer

 

el galán; en cambio, su condescendencia no le abandonaba ni un minuto, y hasta en el

 

gran paseo que dieron antes de comer, más allá de Soden, a través de las montañas y de

 

los valles frondosos, mientras saboreaba las bellezas de la Naturaleza, miraba el paisaje

 

con aquel invariable aire de indulgencia a través del cual se traslucía de vez en cuando la

 

severidad natural en un superior. Así, hizo notar que cierto riachuelo corría harto en línea

 

recta, en vez de dar pintorescos rodeos; hasta desaprobó la conducta de un pajarillo que

 

variaba muy poco su canto. Gemma no se aburría, y hasta experimentaba una_ visible

 

satisfacción. Sin embargo, Sanin no encontraba ya en ella la Gemma de la víspera; y no

 

porque la más leve sombra oscureciese su hermosura (nunca había estado más

 

resplandeciente), sino porque su alma parecía haberse escondido en lo más recóndito de

 

su ser. Elegantemente enguantada y con la sombrilla abierta en la mano, andaba con

 

aplomo sin apresurar, como hacen las señoritas bien educadas, y hablaba poco. Emilio

 

tampoco estaba a sus anchas, y Sanin aún menos. Entre otras cosas que contribuían a

 

molestarle, había la de que la conversación se sostuvo todo el tiempo en alemán.

 

Sólo Tartaglia estaba enteramente alegre. Corría dando furiosos ladridos tras de los

 

tordos que levantaba al paso; cruzaba los barrancos, saltaba por encima de los troncos y

 

de las raíces, se tiraba al agua lamiéndola con avidez; se sacudía, gimoteaba, luego salía

 

disparado otra vez como una flecha, dejando colgar su lengua roja hasta encima del

 

hombro. Por su parte, Herr Klüber hacía todo lo que juzgaba necesario para divertir a la

 

sociedad. Invitó a sus compañeros a sentarse a la sombra de un copudo roble, y sacando

 

del bolsillo un librito titulado Knallerbsen, oder du sollst wirst lachen (Petardos, o

 

¡Debes reírte y te vas a reír) se creyó en el caso de leer las anécdotas escogidas de que ese

 

libro estaba lleno. Leyó una docena sin provocar mucha alegría. Sólo Sanin, por

 

urbanidad, enseñaba los dientes. En cuanto a Herr Klüber, después de cada anécdota,

 

dejaba oír una risita de pedagogo, modificada como siempre por un tinte de

 

condescendencia. Hacia mediodía volvieron todos a Soden al mejor restaurante de la

 

comarca.

 

Tratábase de tomar disposiciones para la comida.

 

Herr Klüber propuso realizar este acto en un pabellón cerrado por todas partes, im

 

gartensalon; pero Gemma se sublevó de pronto contra esto, y dijo que no comería sino al

 

 

 

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aire libre, en el jardín, en una de las mesitas puestas delante del restaurante; que le aburría

 

ver siempre las mismas caras, y que deseaba tener otras a la vista. Varios grupos de

 

recién venidos se habían sentado ya alrededor de esas mesitas.

 

Mientras Klüber, sometiéndose con condescendencia “al capricho de su futura”, iba a

 

entenderse con el camarero en jefe, Gemma permaneció de pie, inmóvil, con los ojos

 

bajos y los labios apretados; sentía que Sanin no apartaba de ellas su mirada, casi

 

interrogadora, y hubiérase dicho que eso le causaba enfado. Por fin regresó Klüber,

 

anunciando que la comida estaría dispuesta dentro de media hora, y propuso jugar una

 

partida de bolos para esperar.

 

Eso es muy bueno para abrir el apetito, ¡je, je, je! -añadió. Jugaba a los bolos

 

magistralmente; al arrojar las bolas, tomaba posturas magníficas, hacía valer la

 

musculatura de los brazos y piernas, balanceándose con gracia en un pie. Era un atleta en

 

su género; estaba sólidamente configurado. Y luego, ¡eran tan blancas, tan bellas, sus

 

manos! ¡Y se las enjugaba con tan rico pañuelo de seda de la India, con flores de color

 

amarillo de oro!

 

Llegó la hora de comer, y toda la compañía se puso a la mesa.

 

XVI Sabido es de lo que consta una comida alemana: una sopa de aguachirle con canela y

 

unas bolitas de pasta cubiertas de gibosidades; carne cocida, seca como corcho, rodeada

 

de remolachas fofas, de rábano picado y patatas viscosas, envueltas en una grasa

 

blanquizca; una anguila azulada con salsa de alcaparras en vinagre; un asado con

 

conservas en vinagre, y el imprescindible mehlspeise; especie de pudding rociado con

 

una salsa roja agrilla; en cambio, vino y cerveza muy presentables: Tal era la comida que

 

el fondista de Soden presentó a sus huéspedes.

 

Por lo demás, esa comida pasó muy bien. En verdad, no se hizo notar por una

 

animación particular, aun cuando Herr Klüber brindó: “¡Por lo que nos es querido! (Was

 

wir feben!) Todo se realizó de la manera más decente y digna. Después de la comida

 

sirvióse un café ácido y rojizo, un verdadero café alemán. Herr Klüber, como galante

 

caballero, pedía a Gemma permiso para fumar un cigarro, cuando de pronto ocurrió una

 

cosa imprevista, una cosa verdaderamente desagradable y hasta indigna…

 

Algunos oficiales de la guarnición de Maguncia se habían instalado en una de las

 

mesas próximas. Por sus miradas y cuchicheos, podía adivinarse sin esfuerzo que les

 

había llamado la atención la hermosura de Gemma. Uno de ellos, que probablemente

 

había estado en Francfort, miraba a la joven como se mira a una persona conocida; era

 

claro que sabían quién era. De pronto se levantó vaso en mano -los señores oficiales

 

habían hecho ya numerosas libaciones, y el mantel estaba cubierto de botellas delante de

 

ellos- y acercóse a la mesa donde estaba sentada Gemma. Era un jovenzuelo con cejas y

 

pestañas de un rubio soso, aunque con una fisonomía agradable y hasta simpática, pero

 

sensiblemente alterada por el vino que había bebido. Sus mejillas estaban estiradas e

 

inflamados los ojos que vagaban de acá para allá con una expresión insolente. Sus

 

camaradas, después de intentar contenerle, le dejaron ir. Empezado el melón, era preciso

 

ver en qué paraba aquello.

 

 

 

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El oficial, tambaleándose un poco, se detuvo delante de Gemma, y con voz que querría

 

hacer segura, pero en la cual, a pesar suyo, se revelaba una lucha interior, exclamó:

 

-¡Brindo por la salud de la más hermosa botillera que hay en Francfort y en el mundo

 

entero! (De un sorbo se tragó todo el contenido del vaso). ¡Y en recompensa, tomo esta

 

flor cogida por sus divinos dedos!

 

Y cogió una rosa que había junto al plato de Gemma. Asombrada al pronto y asustada,

 

ésta se puso pálida como una muerta; después, trocándose en ira su espanto, se ruborizó

 

hasta la raíz de sus cabellos. Sus ojos, fijos en el insultante, se oscurecieron de tinieblas y

 

relámpagos de una indignación desbordada…

 

El oficial, turbado al parecer por esa mirada, murmuró algunas palabras incoherentes,

 

saludó y se fue a donde estaban sus amigos, quienes le acogieron con sonrisas y ligeros

 

aplausos.

 

Herr Klüber se levantó bruscamente, se irguió con toda su estatura, y calándose el

 

sombrero, dijo con dignidad, pero no muy alto: -¡Esto es inaudito! ¡Es una insolencia

 

inaudita! (Unerhórt! unerhórt! Frechheit)

 

Enseguida llamó al mozo con voz severa, y no sólo pidió que le trajesen en el acto la

 

cuenta, sino que además ordenó que enganchasen el coche, y añadió que era imposible

 

que personas distinguidas viniesen a este establecimiento, puesto que en él se insultaba.

 

Al oír Gemma estas palabras, inmóvil en su sitio una respiración jadeante sacudía su

 

pecho-, dirigió los ojos a Herr Klüber, y fijó en él la misma mirada que había arrojado al

 

oficial, Emilio temblaba de rabia.

 

Levántese usted, mein Fraülein -profirió Herr Klüber, siempre con idéntica severidad-,

 

no conviene que permanezca usted aquí. Vamos a meternos en el interior del restaurante.

 

Gemma se levantó sin decir nada. Le presentó él su torneado brazo, puso ella el suyo

 

encima, y Herr Klüber se dirigió entonces al restaurante con un andar majestuoso, cada

 

vez más majestuoso y arrogante conforme se alejaba del teatro de los sucesos. El pobre

 

Emilio siguió todo trémulo.

 

Pero mientras que Herr Klüber ajustaba la cuenta con el mozo, a quien no dio ni un

 

kreutzer de propina, para castigarle por lo sucedido, Sanin se había acercado rápidamente

 

a la mesa de los oficiales, y dirigiéndose al que había insultado a Gemma, y que en aquel

 

momento daba a oler su rosa a los demás, uno tras otro, con voz clara, pronunció en

 

francés estas palabras:

 

-¡Caballero, lo que acaba usted de hacer es indigno de un hombre de honor, indigno

 

del uniforme que viste; y vengo a decirle a usted que es un fatuo mal educado!

 

El joven dio un salto; pero otro oficial de más edad le detuvo con un ademán, le hizo

 

sentarse, y dirigiéndose a Sanin le preguntó, en francés también, si era hermano, pariente

 

o novio de aquella joven.

 

Nada tengo que ver con ella -exclamó Sanin-. Soy un viajero ruso, pero no he podido

 

ver a sangre fría tal insolencia. Por lo demás, aquí están mi nombre y mis señas; el

 

caballero oficial sabrá dónde encontrarme.

 

 

 

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Al decir estas palabras, Sanin echó en la mesa su tarjeta de visita y con rápido ademán

 

cogió la rosa de Gemma que uno de los oficiales había dejado caer en un plato. El joven

 

oficialete hizo un nuevo esfuerzo para levantarse de la silla, pero su compañero le retuvo

 

por segunda vez diciéndole:

 

-¡Quieto, Donhof! (Dönhof, sei still!)

 

Luego se levantó él mismo, y llevándose la mano a la visera de la gorra, no sin un

 

matiz de cortesía en la voz y en la actitud, dijo a Sanin que en la mañana siguiente uno de

 

los oficiales de su regimiento tendría el honor de presentánsele. Sanin respondió con un

 

breve saludo y se apresuró a reunirse con sus amigos.

 

Herr Klüber fingió no haber notado la ausencia de Sanin ni sus explicaciones con los

 

oficiales; daba prisa al cochero que enganchaba los caballos, e irritábase en extremo

 

contra su lentitud. Gemma tampoco dijo nada a Sanin; no le miró siquiera. Por sus cejas

 

fruncidas, sus labios pálidos y apretados, su misma inmovilidad, adivinábase lo que

 

sucedía en su alma. Sólo Emilio tenía visibles deseos de hablar con Sanin y de

 

interrogarle: le había visto acercarse a los oficiales, darles una cosa blanca, un pedazo de

 

papel, carta o tarjeta… Palpitábale el corazón al pobre muchacho, le abrasaban las

 

mejillas; estaba pronto a echarse al cuello de Sanin, pronto a llorar, o arrojarse con él para

 

reducir a polvo a todos aquellos abominables oficiales. Sin embargo, se contuvo y se

 

limitó a seguir con atención cada uno de los movimientos de su noble amigo ruso.

 

Por fin, el cochero acabó de enganchar los caballos; subieron los cinco al coche.

 

Emilio, precedido por Tartaglia, trepó al pescante; allí estaba más libre y no le quitaba la

 

vista a Klüber, a quien no podía ver a sangre fría.

 

Durante todo el camino discurseó Herr Klüber… y habló él sólo: nadie le interrumpió

 

ni le hizo ninguna señal de aprobación. Insistió especialmente en lo mal que hicieron en

 

no escucharle cuando propuso comer en un gabinete reservado. ¡De ese modo no hubiera

 

habido ningún disgusto! Enseguida enunció juicios severos y hasta con ribetes de

 

liberalismos acerca de la imperdonable indulgencia del gobierno con los oficiales; les

 

acusó de descuidar el sostenimiento de la disciplina y de no respetar bastante el elemento

 

civil en la sociedad (das bürgerliche element in der societät). Después dijo cómo con el

 

tiempo esto produciría descontento general; que de eso a la revolución no había más que

 

un paso, como lo atestiguaba (aquí exhaló un suspiro compasivo, pero severo) el triste, el

 

tristísimo ejemplo de Francia. Sin embargo, al punto añadió que personalmente se

 

inclinaba ante el poder, y que no sería revolucionario jamás de los jamases; pero que no

 

podía menos de manifestar su desaprobación respecto a tanta licencia. Luego entró en

 

consideraciones generales sobre los principios y la falta de principios, la moralidad, las

 

conveniencias y el sentimiento de la dignidad.

 

Durante el paseo que precedió a la comida, Gemma no había parecido enteramente

 

satisfecha de Herr Klüber, y por eso mismo habíase mantenido un poco apartada de

 

Sanin, como si la presencia de éste la hubiese turbado; pero a la vuelta, mientras

 

escuchaba la fraseología de su futuro, era visible que tenía vergüenza de él. Al final del

 

viaje experimentaba un verdadero sufrimiento, y de pronto dirigió una mirada suplicante

 

a Sanin, con quien no había reanudado la conversación. Por su parte, Sanin

 

experimentaba más compasión hacia ella que descontento contra Klüber; y hasta, sin

 

 

 

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confesárselo del todo, regocijábase en secreto por todo lo acontecido aquel día, aun

 

cuando esperaba un cartel de desafío para la siguiente mañana.

 

Sin embargo, aquella penosa “gira de recreo” concluyó. Al ayudar a Gemma a apearse

 

del coche a la puerta de la confitería, sin de cir una palabra, Sanin le puso en la mano la

 

rosa que había rescatado. Ruborizóse ella, le apretó la mano e inmediatamente ocultó la

 

flor. Aunque apenas era de noche, ni él tuvo ganas de entrar en la casa, ni ella le invitó a

 

que lo hiciese. Además, apareció en el quicio de la puerta Pantaleone y anunció que Frau

 

Lenore estaba durmiendo, Emilio dijo un tímido adiós a Sanin: casi le tenía miedo, ¡tanta

 

era la admiración que le produjo! Klüber acompañó a Sanin en coche hasta la fonda y le

 

dejó haciéndole un saludo afectado. A pesar de toda su suficiencia, ese alemán,

 

organizado en toda regla, sentíase un poco molesto. En fin, que todos ellos, quien más,

 

quien menos, estaban a disgusto.

 

Preciso es decir que ese sentimiento de malestar se disipó en seguida en Sanin y se

 

trocó en un estado de ánimo bastante vago, pero alegre y hasta triunfal. Se puso a silbar

 

paseándose por su cuarto. Estaba contentísimo de sí mismo.

 

XVII Aguardaré las explicaciones del caballero oficial hasta las diez -pensaba al arreglarse

 

por la mañana al día siguiente-, y después que me busque si le da la gana.

 

Pero los alemanes se levantan temprano; antes de que el reloj señalase las nueve, el

 

criado entró a anunciar a Sanin que el señor subteniente (der Her Seconde Lieutenant)

 

von Richter deseaba verle.

 

Sanin se puso a escape un redingot y dijo que le hiciese pasar. En contra de lo que

 

Sanin esperaba, von Richter era un jovenzuelo, casi un niño. Esforzábase en dar aire de

 

importancia a su rostro imberbe, aunque sin conseguirlo, ni siquiera fue capaz de ocultar

 

su emoción, y habiéndosele enredado los pies en el sable, en poco estuvo que no cayera al

 

sentarse. Después de muchas vacilaciones y con gran tartamudeo, declaró a Sanin en muy

 

mal francés, que era portador de un mensaje de parte de su amigo el barón von Dónhof;

 

que su misión consistía en exigir excusas al caballero von Sanin por las expresiones

 

ofensivas empleadas por él la víspera; y que en caso de que el caballero von Sanin se

 

negase a lo pedido, el barón von Dónhof exigía satisfacción.

 

Sanin respondió que no tenía el propósito de presentar excusas y que estaba dispuesto a

 

dar satisfacción.

 

Entonces, el caballero von Richter, siempre tartamudeando, le preguntó con quién,

 

dónde y a qué hora podrían celebrarse las conferencias indispensables.

 

Sanin le respondió que podía volver dentro de un par de horas, y que de allí a entonces

 

trataría Sanin de hallar un testigo.

 

“¿A quién diablos tomaré de testigo?”, pensaba entre tanto.

 

El caballero von Richter se levantó y saludó para despedirse. Pero al llegar a los

 

umbrales de la puerta, se detuvo como presa de un remordimiento de conciencia, y

 

dirigiéndose a Sanin le dijo que su amigo el barón von Dónhof no dejaba de comprender

 

que hasta cierto punto había sido culpa suya los sucesos de la víspera, y que por

 

consiguiente se contentaría con muy poco:

 

 

 

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-Bastarían ligeras excusas (exghises léchères).

 

Sanin contestó a eso que no considerándose culpable de nada, no estaba dispuesto a

 

presentar ninguna clase de excusas, ni ligeras ni pesadas.

 

-En ese caso -replicó el caballero von Richter, poniéndose aún más encarnado-, habrá

 

que cruzar unos pistoletazos amistosos (des goups te bisdolet à l’amiâple).

 

No comprendo ni pizca de lo que usted quiere decir -observó Sanin-. Supongo que no

 

se trata de tirar al aire.

 

-¡Oh, no, no! -tartamudeó el subteniente, desorientado por completo-. Pero suponía

 

que ventilándose el asunto entre hombres distinguidos… (Aquí se interrumpió.) -

 

Hablaré con el testigo de usted… -dijo, y se retiró.

 

En cuanto hubo salido, Sanin se dejó caer en una silla, con los ojos fijos en el suelo,

 

diciéndose:

 

¡Vaya una guasa que es la vida, con sus bruscas vueltas de rueda! Pasado y porvenir,

 

todo desaparece como por arte de birlibirloque; ¡y lo único que saco en limpio es que me

 

voy a batir en Francfort con un desconocido y a propósito de no sé qué!

 

Se acordó que había tenido una anciana tía loca, que bailaba de continuo cantando estas

 

palabras extravagantes:

 

Subteniente rebonito,

 

Pepinito,

 

Cupidito,

 

Báilame, mi pichoncito.

 

Echóse a reír y se puso a cantar también: “Subteniente rebonito, báilame, mi

 

pichoncito”.

 

“Pero no hay tiempo que perder; hay que moverse”, exclamó en voz alta, levantándose.

 

Y vio delante de él a Pantaleone, con una esquela en la mano. He llamado ya varias

 

veces, pero no me ha oído usted. Yo creí que había usted salido -dijo el viejo, dándole la

 

carta-. De parte de la señorita Gemma…

 

Sanin cogió maquinalmente la carta, la abrió y la leyó. Gemma le escribía que estaba

 

muy intranquila con el asunto consabido, y que deseaba verle inmediatamente.

 

-La signorina está inquieta -dijo Pantaleone, que por lo visto conocía el contenido de

 

la esquela-. Me ha dicho que me informe de lo que hace usted, y que lo lleve conmigo

 

junto a ella.

 

Sanin miró al viejo italiano y se puso pensativo: una idea repentina cruzaba por su

 

mente. A primera vista le pareció extraña, imposible… “Sin embargo, ¿por qué no?” -se

 

dijo a sí propio.

 

-Señor Pantaleone -exclamó en voz alta.

 

Estremecióse el viejo, sepultó la barba en la corbata y fijó los ojos en Sanin.

 

 

 

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-¿Sabe usted lo que pasó ayer? -prosiguió éste.

 

Pantaleone sacudió su enorme moño, mordiéndose los labios, y dijo:

 

-Lo sé.

 

Apenas de regreso, Emilio se lo había contado todo.

 

-¡Ah, lo sabe usted! Pues bien; he aquí de qué se trata. Ese insolente de ayer me

 

provoca a duelo. He aceptado, pero no tengo testigo. ¿Quiere usted ser mi testigo?

 

Pantaleone se puso trémulo y levantó tanto las cejas que desaparecieron bajo sus

 

mechones colgantes.

 

-¿Pero no tiene usted más remedio que batirse? -dijo en italiano; hasta entonces había

 

hablado en francés.

 

Es preciso. Negarme a ello sería cubrirme de oprobio para siempre.

 

-¡Hum! Si me niego a servirle a usted de testigo, ¿buscará usted otro?

 

-De seguro.

 

Pantaleone bajó la cabeza.

 

-Pero permítame usted que le pregunte, signor de Zanini, si ese duelo no echará una

 

mancha desfavorable sobre la reputación de cierta persona.

 

-Supongo que no; pero, aunque así fuese, no hay más remedio que resignarse con

 

ello.

 

-¡Hum…! (Pantaleone había desaparecido por completo dentro de su corbata.) Pero

 

ese ferrof uto Kluberio, ¿no interviene en eso? -exclamó de pronto, levantando la nariz

 

al aire.

 

-¿Él? Nada.

 

-¡Che! Pantaleone se encogió de hombros con aire despreciativo, y dijo con voz

 

insegura-: En todo caso, debo dar a usted las gracias, porque en medio de mi actual

 

rebajamiento ha sabido usted reconocer en mí un hombre decente, un galant’ uomo.

 

Con eso demuestra usted mismo ser un galant’ uomo. Pero necesito reflexionar su

 

proposición.

 

No hay tiempo que perder, querido señor Ci… Cippa…

 

…tola -concluyó el viejo-. No le pido a usted más que una hora para reflexionar. Este

 

asunto atañe a los intereses de la hija de mis bienhechores… ¡por eso es un deber, una

 

obligación para mí el reflexionar…! Dentro de una hora, de tres cuartos de hora, conocerá

 

usted mi resolución.

 

-Bueno, esperaré.

 

-Y ahora, ¿qué respuesta llevo a la signorina Gemma? Sanin cogió un pliego de

 

papel y escribió:

 

“No tenga usted miedo, mi querida amiga. Dentro de tres horas iré a verla, y todo se

 

explicará. Le doy a usted las gracias con toda mi alma por el interés que me manifiesta”.

 

 

 

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Y entregó esta esquela a Pantaleone.

 

Éste la puso con cuidado en el bolsillo interior de su paletot, y después de repetir otra

 

vez: “¡Dentro de una hora!”, se dirigió a la puerta; pero bruscamente volvió pies atrás,

 

corrió hacia Sanin, le agarró la mano y estrechándosela contra su buche, con los ojos

 

levantados al cielo, exclamó:

 

-¡Nobil giovinotto, gran cuore! ¡Permita usted a un débil viejo (a un vechiotto)

 

estrecharle su valerosa mano! (la vostra valorosa destra).

 

Dando enseguida algunos pasos de espalda, agitó ambos brazos y salió.

 

Sanin le siguió con la vista… después cogió un periódico y creyóse en el caso de leer.

 

Pero por más que sus ojos se empeñaban en recorrer las líneas, no comprendió nada de lo

 

que leía.

 

XVIII Al cabo de una hora, el mozo entregó a Sanin una tarjeta, vieja, mugrienta, que decía:

 

PANTALEONE CIPPATOLA DE VARESE.

 

Cantante di Camera de S. A. R. il Duca di Modena

 

Y Pantaleone en persona entró siguiendo los pasos del camarero. Habíase cambiado de

 

ropa de pies a cabeza. Llevaba un frac negro con las costuras de color de ala de mosca, y

 

un chaleco de piqué blanco, sobre el cual una cadena dorada hacía eses. Un pesado sello

 

de comerina bajaba hasta sus pantalones ajustados; de antigua moda, “de puente”. Tenía

 

en la mano derecha un sombrero negro de pelo de conejo, y en la mano izquierda un par

 

de grandes guantes de gamuza. La corbata aún era más ancha y más alta que de

 

costumbre, y en su almidonada chorrera brillaba un alfiler adornado con un ojo de gato.

 

El índice de la mano derecha ostentaba un anillo formado por dos manos enlazadas

 

alrededor de un corazón echando llamas. Toda la persona del viejo exhalaba olor a baúl,

 

olor de alcanfor y almizcle; y la preocupación, la solemnidad de su porte, hubiera

 

chocado hasta a un espectador indiferente. Sanin se levantó y salió a su encuentro.

 

-Seré su testigo -dijo Pantaleone en francés, e inclinó todo el cuerpo hacia adelante,

 

después de lo cual puso los pies en la primera posición, como un maestro de baile-.

 

Vengo a tomar sus instrucciones. ¿Desea usted batirse sin cuartel?

 

-¿Por qué sin cuartel, mi querido Pantaleone? ¡Por nada del mundo retiraría las

 

expresiones que ayer proferí, pero no soy un bebedor de sangre!

 

“Por lo demás, aguarde usted; pronto va a venir el testigo de mi adversario, y se

 

entenderá usted con él. Quede usted convencido de que nunca olvidaré este servicio, por

 

el cual le doy las gracias con todo mi corazón.

 

-¡El honor ante todo! -respondió Pantaleone, y se arrellanó en una butaca sin esperar

 

a que Sanin le rogara que se sentase-. ¡Si ese ferrofluto spiccebubbio, ese hortera de

 

Klüber no sabe compren

 

der el primero de sus deberes, o si tiene miedo, tanto peor para él…! ¡Alma vil!, eso es

 

todo. En cuanto a las condiciones del duelo, soy testigo de usted y sus intereses son

 

sagrados para mí. Cuando vivía yo en Padua, había allí un regimiento de dragones

 

blancos y estaba relacionado con varios oficiales… Todo su código me es familiar; y a

 

 

 

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menudo he hablado de estos asuntos con el compatriota de usted, el príncipe Tarbusski…

 

¿Vendrá pronto ese testigo?

 

-Le espero de un momento a otro… y aquí viene ya -añadió, mirando por la ventana.

 

Pantaleone se levantó, miró la hora que era en su reloj, se arregló las melenas, y se dio

 

prisa a meterse dentro del zapato una cinta que le salía por abajo del pantalón. Entró el

 

subteniente, siempre tan encendido y tan turbado.

 

Sanin presentó uno a otro los testigos:

 

Von Richter, subteniente… El señor Cippatola, artista…

 

El subteniente experimentó alguna sorpresa al ver al viejo…. ¡Qué hubiera dicho si

 

alguien le hubiese cuchicheado al oído que “el artista” en cuestión practicaba también el

 

arte culinario…! Pero Pantaleone tenía tal aire de prosopopeya, que un duelo parecía ser

 

para él una cosa habitual y corriente. En aquella circunstancia, los recuerdos de carrera

 

teatral vinieron probablemente en su auxilio, y representó el papel de testigo

 

precisamente como un papel. El subteniente y él guardaron silencio un instante.

 

-¡Vamos, empecemos! dijo a la postre Pantaleone, jugando al descuido con su sello

 

de comerina.

 

-¡Comencemos! -respondió el subteniente-. Pero… la presencia de uno de los

 

adversarios…

 

-Señores, dejo a ustedes -exclamó Sanin, saludándoles, entró en su dormitorio y cerró

 

la puerta.

 

Echóse en la cama y se puso a pensar en Gemma… Pero la conversación de los testigos,

 

a pesar de estar cerrada la puerta, llegaba a sus oídos. Empleaban el idioma francés,

 

destrozándolo ambos sin compasión, cada cual a su antojo. Pantaleone hablaba de los

 

dragones de Padua y de il principe Tarbusski; el subteniente había vuelto a lo de las

 

exghises léchéres (ligeras excusas) y los goups te bisdolet á l’amiáple (pistoletazos de

 

amigo). Pero el viejo no quiso oír hablar de ningún género de exghises. Con gran espanto

 

de Sanin, se puso de pronto a hablar de una joven señorita… oune zeune damigella

 

innoncenta qu’ella sola dans soun peti doa vale pinque toutt le zouffüssié del mondo. Y

 

varias veces repitió con animación: ¡E ouna onta, ouna onta! (es una vergüenza). Al

 

principio, el subteniente no prestó a ello ninguna atención; pero después oyóse la voz del

 

joven, haciendo observar, temblando de cólera, que no había venido a oír sentencias

 

morales…

 

A la edad de usted siempre es útil oír cosas justas -exclamó Pantaleone.

 

La discusión se hizo tempestuosa varias veces entre los señores testigos. Al cabo de

 

una hora de disputas, convinieron en las condiciones siguientes: el barón von Dónhof y el

 

señor Sanin se encontrarían al día siguiente, a las diez de la mañana, en un bosquecillo

 

cerca de Hanau; tirarían a veinte pasos, teniendo cada uno derecho a hacer dos disparos, a

 

una señal dada por los testigos. Serviríanse de pistolas ordinarias.

 

Von Richter se retiró . Pantaleone abrió la puerta del dormitorio y comunicó a Sanin el

 

resultado de la entrevista, exclamando:

 

-¡Bravo ruso, bravo giovinotto, serás vencedor!

 

 

 

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Pocos instantes después se encaminaban a la confitería Roselli.

 

Sanin tuvo la precaución de exigir a Pantaleone el más profundo secreto acerca del

 

duelo. Como respuesta, el viejo alzó un dedo y repitió dos veces guiñando los ojos:

 

-Segretezza!

 

Se había rejuvenecido visiblemente y andaba con paso más firme. Todos aquellos

 

sucesos extraordinarios, aunque poco agradables, le recordaban con viveza la época en

 

que enviaba y recibía él mismo carteles de desaEo, verdad es que en escena. Sabido es

 

que los barítonos, en su papel, a menudo tienen ocasiones de hacer el gallito.

 

XIX Emilio salió al encuentro de Sanin -le estaba acechando hacía más de una hora- y le

 

dijo a escape, al oído, que su madre ignoraba todos los disgustos de la víspera y que era

 

preciso no hablar de ellos; que a él le mandaban al almacén, pero que en vez de ir allá se

 

escondería no importa dónde. Después de haber dado estas noticias en pocos segundos, se

 

arrojó bruscamente al cuello de Sanin; le abrazó con entusiasmo y desapareció corriendo.

 

Sanin encontró a Gemma en la tienda. Quería decirle ella alguna cosa, pero no pudo

 

hablar. Temblábanle los labios ligeramente, y sus párpados oscilaban sobre los inciertos

 

ojos. Para tranquilizarla, apresuróse él a asegurar que todo había terminado, que aquel

 

asunto no era más que una chiquillada.

 

-¿No ha ido a verle a usted hoy nadie? preguntó ella. Estuvo un caballero, nos

 

explicamos, y… hemos llegado al acuerdo más satisfactorio.

 

Gemma se volvió a ir detrás del mostrador.

 

“No me cree”, pensó Sanin… Sin embargo, pasó al aposento inmediato, donde encontró

 

a Frau Lenore.

 

Ésta ya no tenía jaqueca, pero se encontraba en una melancólica disposición de ánimo.

 

Sonriéndole con cordialidad, le previno que se aburriría aquel día, pues no se hallaba

 

capaz para ocuparse de él. Al sentarse junto a ella, notó que tenía rojos e hinchados los

 

párpados.

 

-¿Qué tiene usted. Frau Lenore? ¿Ha llorado usted?

 

-¡Chito! -dijo, indicando por señas con la cabeza la estancia ‘donde se encontraba su

 

hija-. ¡No diga usted eso… en voz alta!

 

-Pero, ¿por qué ha llegado usted?

 

-¡Ah, señor Sanin, yo misma no lo sé!

 

-¿No le ha dado a usted nadie ningún disgusto?

 

-¡ Oh, no…! Me he sentido triste de pronto… He pensado en Giovanne Battista… ¡en

 

mi juventud! ¡Qué pronto pasó todo eso! Me hago vieja, amigo mío, y no puedo

 

acostumbrarme a esta idea. Me parece que soy siempre la misma de antes… y llega la

 

vejez… ¡ya la tengo encima! Brotaron las lágrimas en los ojos de Frau Lenore-. Me

 

mira usted con extrañeza-, lo veo… ¡También usted se hará viejo, amigo mío, y verá

 

cuán amargo es eso!

 

 

 

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Sanin se esforzó por consolarla hablándole de sus hijos, en los cuales veía revivir su

 

juventud. Hasta trató de embromarla, diciendo que buscaba el medio de obligar a que le

 

echasen piropos. Pero ella le impuso silencio con tono serio; y por primera vez adquirió

 

él el convencimiento de que nada puede consolar ni distraer de la pena causada por la

 

proximidad de la vejez; hay que esperar a que esa pena se calme por sí misma. Sanin

 

propuso a Frau Lenore jugar al tresette; no hubiera podido imaginar nada mejor.

 

Consintió al punto y pareció aclararse su negro humor.

 

Sanin jugó con ella antes y después de la comida. También Pantaleone tomó parte en el

 

juego. ¡Nunca le había caído tan abajo el copete sobre la frente, nunca se le había

 

hundido tan adentro de la corbata la barbilla! Todos sus movimientos indicaban una

 

importancia tan reconcentrada, que al mirarle preguntábase cualquiera:

 

“¿Qué secreto podrá ser el que con tanta firmeza guarda ese hombre?”

 

Pero segretezza, segretezza.

 

Durante todo el transcurso de aquel día se esforzó por manifestar a Sanin la más

 

extremosa consideración; en la mesa le servía el primero, antes que a las damas, con aire

 

solemne y resuelto; durante la partida de naipes, le cedió su vez y no se permitió obligarle

 

a plantarse; por último, declaró en redondo, sin venir a pelo, que la nación rusa era la más

 

magnánima, la más brava y la más atrevida del mundo. “¡Anda, viejo cómido! “, dijo

 

Sanin para sus adentros.

 

Si la disposición de ánimo de la señora Roselli le asombraba, no menos le sorprendía el

 

modo de conducirse Gemma con él. Y no porque le evitase… antes por el contrario, nunca

 

se sentaba muy lejos de él, y le oía hablar mirándole; sino que, decididamente, no quiso

 

entablar con él conversación, y en cuanto Sanin le dirigía la palabra, levantábase ella con

 

dulzura y se alejaba algunos instantes; volvía después y se colocaba en algún rincón,

 

donde permanecía inmóvil como quien medita o, más bien, como quien duda. Por fin, la

 

misma Frau Lenore notó lo extraño de sus maneras y le preguntó en dos ocasiones qué

 

tenía.

 

No es nada -respondió Gemma-. Ya sabes que algunas veces soy así.

 

-Es verdad -dijo la madre.

 

De ese modo transcurrió aquel día, ni animado, ni lánguidamente, ni alegre, ni triste. Si

 

Gemma se hubiese conducido de otro modo, ¿quién puede asegurar que Sanin no hubiese

 

cedido a la tentación de fachendear un poco? Quizá se hubiera abandonado sencillamente

 

a la tristeza, en el momento de una separación que podía ser eterna… Pero falto de

 

posibilidad para hablar con Gemma, tuvo que limitarse antes de tomar café por la noche,

 

a tocar acordes, en tono menor, durante un cuarto de hora, en el piano.

 

Emilio volvió tarde, y para evitar toda pregunta relativa a Herr Klüber se acostó en

 

seguida. Llegó el momento de irse Sanin.

 

Al decir adiós a Gemma, acordóse de la separación de Lensky y Olga, en Eugenio

 

Oneguín. Le apretó con mucha fuerza la mano y trató de verle de frente la cara: pero ella

 

se volvió un poco y retiró los dedos.

 

 

 

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XX El cielo estaba del todo estrellado cuando salió Sanin. ¡Y qué de estrellas por todas

 

partes, grandes, pequeñas, amarillas, azules, rojas, blancas, que centelleaban e irradiaban

 

cruzando sus resplandores intermitentes! No había luna en el cielo; pero no por eso se

 

veían menos bien los objetos en aquella semioscuridad transparente y sin sombras. Sanin

 

llegó al cabo de la calle… No tenía gana de volverse tan temprano a la fonda, sentía la

 

necesidad de tomar el aire. Volvió pies atrás, y antes de llegar a la casa donde estaba la

 

confitería de Roselli, se abrió bruscamente una de las ventanas de la planta baja que daba

 

a la calle. En el rectángulo oscuro que dibujaba (no había luz en el cuarto) apareció una

 

forma femenina, y oyó que le llamaban:

 

-¡Señor Demetrio!

 

Precipitóse hacia la ventana… Era Gemma, puesta de codos en el alféizar e inclinada

 

adelante.

 

-Señor Demetrio dijo en voz baja-, durante todo el día he querido darle a usted una

 

cosa…; pero no me he atrevido. Ahora, al verle a usted de una manera tan inesperada, he

 

dicho para mí que probablemente estaba escrito…

 

Sin que su voluntad interviniese para nada en ello, Gemma se detuvo en esta palabra.

 

Le impidió proseguir una cosa extraordinaria que ocurrió en aquel momento.

 

En medio de una tranquilidad profunda y bajo un cielo completamente sin nubes,

 

alzóse de pronto un ventarrón tan fuerte que la misma tierra tembló bajo sus pies; la tenue

 

claridad de las estrellas estremecióse y onduló, la atmósfera pareció rodar sobre sí

 

mismo. Un torbellino, no frío, sino cálido y casi ardiente descargó sobre los árboles y el

 

tejado de la casa, chocó contra las fachadas de toda la calle, se llevó con rapidez el

 

sombrero de Sanin, retorció y enmarañó los negros rizos del cabello de Gemma. Sanin

 

tenía la cabeza al nivel de la repisa de la ventana; involuntariamente se encaramó a ella, y

 

Gemma, cogiéndole con ambas manos por los hombros, cayó de pecho sobre el rostro de

 

él. Todo aquel desorden, aquella batahola y aquel estruendo duraron apenas un minuto…

 

Luego huyó tumultuosamente aquel torbellino, cual una bandada de enormes aves… y

 

restablecióse la más profunda tranquilidad.

 

Sanin levantó la cabeza y vio encima de sí unos grandes ojos, tan magníficos y

 

terribles, una cara tan pasmosamente hermosa con su expresión de turbación y de

 

espanto, que sintió desmayársele el alma: oprimió contra los labios un fino rizo de

 

cabellos que se había soltado hasta el pecho de ella, y no pudo decir más que dos

 

palabras: -¡Oh, Gemma!

 

-¿Qué ha sucedido? ¿Un relámpago? –preguntó ésta, abriendo muchísimo los ojos y

 

sin retirar los desnudos brazos de encima de los hombros de Sanin.

 

-¡Gemma! -repitió él.

 

Estremecióse ella, miró tras de sí a la estancia, y con rápido ademán, sacándose del

 

corsé una rosa marchita, se la echó a Sanin. -Querría darle a usted esa flor… Sanin

 

reconoció la rosa que había reconquistado la víspera… Pero la ventana se había cerrado

 

ya, y no había ninguna forma blanca visible detrás de las vidrieras oscuras.

 

Sanin regresó a la fonda sin sombrero; ni siquiera notaba que se le había perdido.

 

 

 

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XXI No se durmió hasta el alba. Nada tiene esto de particular: con la racha de aquel cálido

 

torbellino que tan repentinamente había pasado sobre ellos, había sentido también de

 

repente, no que Gemma era hermosa y que la admiraba él, porque esto ya lo sabía, sino

 

que estaba casi… que estaba, sin casi, enamorado. Aquel amor le había envuelto de

 

pronto, como el torbellino de la víspera. ¡Y ahora ese duelo estúpido! Fúnebres

 

presentimientos le asaltaron. Aun suponiendo que no quedase muerto, ¿qué podía ser de

 

su amor hacia aquella joven prometida esposa de otro? Ese “otro” era poco de temer:

 

conformes. Gemma podía amar a Sanin y quizá le amase ya… Pero, aun así, ¿qué podía

 

resultar de todo aquello? ¡Qué importa! Cuando se trata de una hermosura semejante…

 

Dio algunas vueltas por el cuarto, se sentó delante de la mesa, cogió un pliego de papel,

 

escribió algunas líneas y las borró enseguida. Parecíale que volvía a ver en aquella

 

ventana a oscuras, bajo la claridad de las estrellas, la figura de Gemma, ondulante entre

 

aquel cálido torbellino, que volvía a ver sus marmóreos brazos parecidos a los de las

 

diosas del Olimpo; sentía su peso vivo encima de sus hombros… Enseguida cogió la rosa

 

que ella le había echado y se figuró que sus pétalos, medio marchitos, exhalaban un

 

aroma más sutil que el de las otras rosas.

 

¿Y si fuese a quedar muerto o estropeado?

 

No volvió a la cama, sino que se durmió vestido sobre el diván. Alguien le tocó en el

 

hombro.

 

Abrió los ojos y vio a Pantaleone.

 

-¡Duerme como Alejandro de Macedonia la víspera del combate de Babilonia! -

 

exclamó el viejo pobre hombre.

 

-¿Qué hora es? preguntó Sanin.

 

-Las siete menos cuarto… Desde aquí hay dos horas de carruaje hasta Hanau, y es

 

preciso que lleguemos ahí los primeros: los rusos se anticipan siempre a sus enemigos.

 

He alquilado el mejor coche de Francfort.

 

Sanin comenzó a arreglarse, y dijo: -¿Y las pistolas?

 

Ese ferrofuto tedesco las llevará, como también un cirujano. Pantaleone se las echaba

 

de plantacheta, como la víspera. Pero cuando se hubo sentado en el coche con Sanin,

 

cuando el cochero hizo restallar la fusta y los caballos partieron a galope, prodújose un

 

cambio repentino en el ex cantante amigo de los dragones de Padua. Sintióse turbado, le

 

entró miedo: diríase que algo se derrumbaba dentro de él, como un muro mal construido.

 

-Pero qué hacemos, gran Dios, Santísima Madonna! -exclamó de pronto con voz

 

lacrimosa, tirándose de los pelos-. ¡Qué hago yo, viejo imbécil, viejo loco, frenético!

 

Sanin, asombrado al principio, eehóse a reír; y cogiendo ligeramente por la cintura a

 

Pantaleone, le recordó el proverbio: Cuando se ha echado el vino, hay que beberlo.

 

-Sí, sí -respondió el viejo-, participemos del cáliz, pero eso no impide que sea yo un

 

insensato. ¡Sí, un insensato! Todo estaba tan tranquilo, tan agradable, y de pronto

 

¡patatrás, tralará!

 

 

 

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-Como en un tullí de orquesta -añadió Sanin, con una risa forzada-. Pero usted no

 

tiene la culpa.

 

-¡Ya lo sé que no tengo la culpa! ¡Pues no faltaba más! Sino que… aquel proceder

 

incalificable… ¡Diavolo, diavolo! repitió suspirando y sacudiendo las melenas.

 

Y el coche rodaba, rodaba sin parar.

 

Hacía una magnífica mañana. Las calles de Francfort, que empezaban a animarse

 

apenas, tenían un aspecto limpio y hospitalario; las ventanas de las casas brillaban y

 

relucían como papel dorado; y no bien hubo salido el coche a las afueras, cuando del

 

cielo, pálido aún, bajaron los trinos sonoros de las alondras. De pronto, por un recodo del

 

camino apareció tras de un gran álamo blanco una forma humana, dio unos pasos

 

adelante y se detuvo. Miró Sanin… ¡Santo Dios, era Emilio!

 

-¿Sabía, pues, alguna cosa? preguntó Sanin a Pantaleone. -¡Cuándo le decía a usted

 

que soy un loco! -exclamó desesperadamente y casi con un grito de dolor el infeliz

 

italiano-. ¡Ese malhadado muchacho me dio tormento toda la noche; y, a la postre, esta

 

mañana se lo he dicho todo!

 

-¡Vaya con su segretezza! pensó Sanin.

 

El carruaje había alcanzado a Emilio, pálido, tan pálido como el día de su desmayo, se

 

acercó con paso incierto. Apenas podía tenerse de pie.

 

-¿Qué hace usted aquí? -le preguntó con severidad Sanin-. ¿Por qué no está usted en

 

casa?

 

-Permítame… permítame que vaya con usted tartamudeó Emilio con voz trémula,

 

juntando las manos y castañeteándole los dientes como en un acceso de calentura-. ¡No

 

estorbaré! Pero ¡lléveme! ¡Oh, lléveme usted consigo!

 

-Si me tiene usted el menor aprecio, el menor cariño -respondió Sanin-, vuélvase

 

enseguida a su casa o al almacén de Klüber, no diga nada a nadie, y espere usted mi

 

regreso.

 

-¡Su regreso! -dijo Emilio con voz parecida a un gemido-. Pero, ¿y si usted…?

 

-Emilio -interrumpió Sanin, señalándole el cochero con la vista-; ¡tenga usted

 

cuidado! Emilio, se lo suplico, váyase a casa. Óigame, amigo mío. Dice usted que me

 

quiere; pues bien, váyase, se lo ruego.

 

Y le alargó la mano. Precipitóse Emilio hacia él sollozando, apretó aquella mano contra

 

sus labios, y apartándose del camino, huyó a campo traviesa en dirección a Francfort.

 

-¡Noble corazón también! murmuró Pantaleone.

 

Pero Sanin le miró con aire de reconvención. El viejo se arrinconó en el ángulo del

 

coche, comprendiendo su falta. Además, su asombro iba creciendo por minutos: ¿era

 

verdaderamente él quien iba a ser testigo de un duelo, quien había encargado los caballos,

 

tomado todas las disposiciones y abandonado su apacible morada antes de las seis de la

 

mañana? A la vez, empezaban a dolerle los gotosos pies.

 

Sanin se creyó en el deber de consolarle, halló precisamente lo que convenía decirle.

 

-¿Dónde está su antiguo valor respetable signor Cippatola? ¿L’antico valor?

 

 

 

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Irguióse il signor Cippatola y sacudió las melenas.

 

-¿L’antico valor? -dijo con voz de bajo-. ¡Non é ancora spento, l’antico valor! (Aún

 

no se ha extinguido el antiguo valor.)

 

Tomó un aire digno, habló de su carrera, de la Ópera, de García, y llegó a Hanau con

 

guapeza. ¡Lo que somos…! No hay nada en la tierra tan fuerte… ni tan débil como la

 

palabra.

 

XXII El bosquecillo que debía ser teatro del duelo se encontraba a un cuarto de milla de

 

Hanau. Sánin y Pantaleone llegaron los primeros, como había dicho éste: dejaron el

 

carruaje en un lindero del bosque y se dirigieron más allá, bajo la sombra de una espesura

 

frondosa. Aguardaron como una hora…

 

Aquella espera no tuvo nada de penosa para Sanin; paseábamos de arriba abajo por el

 

sendero, escuchando el canto de las aves, siguiendo con la vista el vuelo de las libélulas:

 

y, como la mayoría los rusos en semejante circunstancia se esforzaba por no pensar

 

absolutamente en nada. Sólo una vez hízose una triste reflexión al ver en su camino un

 

tilo joven, roto acaso por la borrasca de la víspera. El árbol estaba muriéndose; todas sus

 

hojas colgaban, marchitas ya… “¿Qué significa esto? ¿Un presagio?”. Esta idea cruzó por

 

su mente como un relámpago fugaz; pero se puso a silbar una piececilla, y saltando por

 

encima del mismo tilo, prosiguió su marcha. Pantaleone rezongaba, gañía, maldecía de

 

los alemanes y se frotaba, cuándo las espaldas, cuándo las rodillas. Hasta bostezaba de

 

agitación nerviosa, lo cual daba a su carita avellanada la expresión más graciosa del

 

mundo. Al mirarle, costábale a Sanin no poco trabajo no soltar la carcajada.

 

Oyóse al fin un ruido de ruedas por el arenoso camino.

 

-¡Ya están aquí! -dijo Pantaleone, quien se enderezó, no sin un rápido temblor nervioso

 

que se apresuró a disimular, diciendo: -¡Birr, vaya una mañanita fresca que hace!

 

Abundante rocío bañaba aún las hierbas y las hojas, pero penetraba ya el calor en el

 

bosque.

 

Bien pronto aparecieron los dos oficiales, acompañados por un hombrecillo regordete,

 

de rostro flemático, casi dormido; era un cirujano del ejército. Llevaba en la mano una

 

jarra de barro llena de agua, para todo evento; de su hombro derecho colgaba una cartera

 

llena de instrumentos quirúrgicos y de vendajes. Veíasele fácilmente que tenía la mayor

 

costumbre de esas excursiones, que formulaba uno de los orígenes de sus ingresos; cada

 

duelo le producía ocho ducados, que los combatientes pagaban a medias. El caballero von

 

Richter llevaba la caja de pistolas; el caballero von Dónhorf hacía molinetes con un

 

junquillo entre los dedos, sin duda para más chic.

 

-Pantaleone -dijo quedo Sanin al viejo-, sí… si soy muerto, que todo es posible; coja

 

usted un papel que hay en el bolsillo izquierdo. Ese papel contiene una flor. Désele usted

 

a la signora Gemma. ¿Oye usted? ¿Me lo promete usted?

 

El viejo le miró con tristeza, e hizo con la cabeza una señal afirmativa. Pero sabe Dios

 

si había comprendido lo que le dijo Sanin. Los adversarios y sus testigos cruzaron el

 

saludo de costumbre. El doctor no pestañeó, y sentóse en el césped bostezando, como si

 

se dijese: “¿Qué necesidad tengo de desplegar una cortesía caballeresca?” El caballero

 

 

 

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von Richter propuso al caballero Tschibadola que eligiera sitio. El señor Tschibadola, a

 

quien costaba trabajo menear la lengua, respondió: “Caballero, hágalo usted, que yo lo

 

examinaré… “. Hubiérase dicho que “el muro” volvía a empezar a derrumbarse dentro de

 

él.

 

Von Richter puso manos a la obra. Encontró en el bosque una linda praderita salpicada

 

de flores; contó los pasos, indicó los dos puntos extremos con dos varitas cortadas a

 

escape, sacó del estuche las armas, se agachó para meter las balas; en una palabra, trabajó

 

con todas sus fuerzas, enjugándose sin cesar con un pañuelito blanco el rostro bañado en

 

sudor. Pantaleone, que no le abandonaba, tenía por el contrario aspecto de tiritar. Durante

 

el curso de esos preparativos, los dos adversarios se mantenían apartados como dos

 

colegiales en penitencia, que están de hocico con el profesor de estudios.

 

Llegó el momento decisivo… Como dice el poeta ruso:

 

Cada cual empuñó su pistola…

 

Pero, al llegar aquí, el caballero von Richter hizo notar a Pantaleone que, según las

 

reglas del duelo, antes de pronunciar el fatal “Uno, dos, tres”, correspondíale a él, como

 

testigo de más edad, dirigir a los combatientes la ostrera exhortación para tratar de

 

reconciliarlos; aunque esta proposición nunca surte ningún efecto, ni tiene más

 

importancia que la de una simple formalidad, sin embargo, al cumplir con ella el

 

caballero Cippatola se descargaría de cierta responsabilidad. Por lo demás -añadió-,

 

pronunciar esa perorata era deber de un testigo desinteresado (un partheüscher zenge);

 

pero, como no habían tenido tiempo de proporcionarse uno, él, el caballero von Richter,

 

cedía con sumo gusto ese privilegio a su “honorable colega”. Pantaleone, que había

 

conseguido ya ocultarse detrás de unas matas para no ver al oficial causante de todo el

 

daño; comenzó por no entender ni una palabra del discurso del caballero von Richter,

 

tanto más cuanto que éste hablaba con las narices; luego se estremeció de pronto, dio con

 

rapidez dos pasos adelante, y dándose convulso un puñetazo en el pecho, gañó con voz

 

ahogada, en su lenguaje altisonante:

 

-A la la la… ¡Che bestialitá! ¿Deux zeum’hommes comme ca que si battono perche?

 

¿Che diabolo? ¡Andate a casa!

 

No consiento en ninguna reconciliación -se apresuró a decir Sanin.

 

-Y yo tampoco -añadió su adversario.

 

Entonces, grite usted… ¡una, dos, tres! -dijo von Richter al trastornado Pantaleone.

 

Éste se zambulló precipitadamente detrás de los jarales; y desde el fondo de ese

 

refugio, con la cara contraída, los ojos cerrados y volviendo la cabeza, gritó de lejos hasta

 

desgañitarse:

 

-¡ Una… due… e tre!

 

Sanin tiró el primero y erró el tiro; oyóse el choque de su bala contra un árbol. El barón

 

von Dónhorf disparó inmediatamente después, pero al aire y con deliberado propósito.

 

Hubo un penoso momento de silencio. Nadie se movía. Pantaleone exhaló un débil

 

gemido.

 

-¿Hay que continuar? –dijo por fin Dónhorf.

 

 

 

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-¿Por qué ha disparado usted al aire? -preguntó Sanin.

 

-Eso es asunto mío.

 

-¿Tirará usted al aire la segunda vez?

 

-Acaso, pero no sé nada.

 

-Permitan, permitan ustedes, caballeros -dijo von Richter-. Los combatientes no

 

tienen derecho a hablar entre sí; eso es de todo punto contrario a las reglas.

 

-Renuncio a mi segundo disparo -dijo Sanin, tirando la pistola a tierra.

 

No quiero continuar ya el duelo -exclamó Dónhorf, arrojando también su arma-. Y

 

ahora, concluido el lance, estoy pronto a confesar que obré mal anteayer.

 

Hizo un movimiento y alargó vacilante la mano a Sanin, quien se acercó con presteza y

 

se la estrechó. Ambos jóvenes se miraron, sonriéndose y se pusieron encarnados.

 

-¡Bravi bravi! -exclamó de repente Pantaleone; y palmoteando como un loco salió de

 

detrás de las malezas como un huracán.

 

El doctor, que estaba sentado sobre un tronco de árbol caído, se levantó en seguida,

 

derramó el jarro de agua sobre el césped, y se dirigió con perezoso andar al lindero del

 

bosque.

 

-El honor queda satisfecho; el duelo está terminado pomposamente von Richter.

 

-¡Fuori! vociferó Pantaleone, por un recuerdo de su antiguo oficio.

 

Al sentarse en su coche Sanin, después de cruzar un saludo de despedida con los

 

caballeros oficiales preciso es confesar que sintió en todo su ser, ya que no satisfacción, a

 

lo menos una vaga impresión de alivio consecutiva a una operación bien soportada. Pero

 

otro sentimiento se mezclaba con éste: un sentimiento análogo a la vergüenza… El duelo

 

en el cual acababa de representar un papel, prodújole el efecto de una farsa estudiantil, de

 

una broma de guarnición, amañada de antemano. Sanin se acordó del flemático doctor y

 

del modo que tuvo de sonreírse, o por lo menos de fruncir la nariz, al ver a los

 

adversarios salir del bosque casi de bracero. ¡Y más tarde, cuando Pantaleone había

 

pagado los cuatro ducados a aquel doctor…! Decididamente, más valía no pensar en ello.

 

Sí, Sanin estaba un poco confuso, un poco avergonzado… Por otra parte, ¿qué hubiera

 

podido hacer? No podía dejar impune la impertinencia de aquel oficialete, hubiera sido

 

rebajarse al nivel de Herr Klüber. Había protegido a Genuna, la había defendido… Sea;

 

pero, a pesar de todo, no estaba satisfecho, sentíase confuso y hasta avergonzado.

 

Pantaleone, en cambio, iba en triunfo. Un inmenso orgullo le había invadido de

 

repente. ¡Jamás general victorioso, al regreso de una batalla ganada, paseó en torno suyo

 

miradas más altivas y más satisfechas! La conducta de Sanin durante el duelo le había

 

llenado de entusiasmo. Hacía de él un héroe, sin querer oír sus amonestaciones ni aun sus

 

ruegos. ¡Le comparaba con un monumento de mármol o de bronce, con la estatua del

 

comendador en el Don Juan! En cuanto a sí mismo, confesaba haber sentido alguna

 

turbación.

 

-Pero yo soy un artista, una naturaleza nerviosa -decía-, al paso que usted… ¡Usted es

 

hijo de las nieves y de los peñascos de granito!

 

 

 

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Sanin ya no sabía cómo calmar la excitación del artista.

 

Casi en el mismo sitio del camino donde dos horas antes habían encontrado a Emilio,

 

nuestros viajeros le vieron salir de un salto de detrás de un árbol, gritando y triscando de

 

gozo, agitando la gorra por encima de la cabeza. Corrió hacia el coche, y a pique de

 

caerse debajo de las ruedas, sin aguardar a que parasen los caballos, saltó por encima de

 

la portezuela, cayó sobre Sanin y se agarró a él exclamando:

 

-¿Está usted vivo? ¿No está usted herido? Perdóneme que no le obedeciera y que no

 

haya vuelto a Francfort… ¡No podía! Le he esperado aquí. ¡Cuénteme usted lo

 

sucedido! ¿Le ha muerto usted?

 

Pantaleone, radiante de satisfacción, le refirió con un flujo de palabras todos los

 

detalles del duelo, y no perdió la ocasión de hablar del monumento de bronce y de la

 

estatua del comendador. Hasta se levantó y separando las piernas para conservar el

 

equilibrio, se cruzó de brazos, sacando el pecho y mirando desdeñosamente por encima

 

del hombro, para representar con exactitud “el comendador Sanin”.

 

Emilio escuchaba arrobado, ya interrumpiendo el relato con una exclamación, ya

 

levantándose de un modo brusco y arrojándose al cuello de su heroico amigo para

 

abrazarle.

 

Las ruedas del carruaje resonaron en el empedrado de Francfort y concluyeron por

 

detenerse delante de la fonda donde vivía Sanin. Seguido de sus dos compañeros de

 

camino, había llegado al primer tramo de la escalera, cuando vio a una mujer cubierta con

 

un velo salir con rapidez de un pequeño corredor oscuro; detúvose delante de él, pareció

 

vacilar un instante, exhaló un largo suspiro, bajó corriendo la escalera y desapareció en la

 

calle, con gran asombro del camarero, quien aseguró que “aquella dama esperaba desde

 

hacía más de una hora la vuelta del señor extranjero”.

 

Por corta que fuese la aparición, Sanin tuvo tiempo de reconocer a Gemma: había

 

conocido sus ojos bajo el tupido velo de gasa negra.

 

-¡Conque lo sabía Fraülein Gemma! dijo, en alemán y con voz enojada, a Emilio y a

 

Pantaleone, que le seguían paso a paso. Emilio se puso encarnado y se turbó

 

-Me vi en el caso de decírselo todo por fuerza tartamudeó-: ella lo había adivinado, y

 

yo no pude… Pero, ahora ya no importa - añadió con viveza-; todo ha concluido lo

 

mejor posible, y ella le ha visto a usted sano y salvo.

 

Sanin se volvió a un lado.

 

-¡Qué parlanchines son ustedes! -dijo con mal humor, entrando en su cuarto y

 

sentándose.

 

No se enfade usted, se lo ruego -dijo Emilio con voz suplicante.

 

-Pues bien, ¡pase! no me enfadaré. -(Sanin no tenía verdaderas ganas de incomodarse;

 

y en último término, ¿podía desear con sinceridad que Gemma no supiese

 

absolutamente nada?)-. Bueno, concluyan ustedes de abrazarme. Ahora, váyanse

 

ustedes. Quiero quedarme sólo. Me voy a dormir: estoy fatigado.

 

-¡Excelente idea! -exclamó Pantaleone-. Necesita usted descanso. ¡Bien se lo merece

 

usted, nobile signore! Vámonos de puntillas. Emilio, quedito, ¡Chiss…!

 

 

 

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Al decir Sanin que tenía ganas de dormir, deseaba sencillamente desembarazarse de sus

 

compañeros. Pero cuando se quedó solo, sintió realmente gran cansancio en todos los

 

miembros; apenas había cerrado los ojos la noche anterior: Por eso, en cuanto se hubo

 

echado en la cama, se durmió con un sueño profundo.

 

XXIII Durmió varias horas seguidas sin despertarse. Luego se puso a soñar que se batía otra

 

vez en duelo, pero ahora con Herr Klüber por adversario, y que Pantaleone,

 

empingorotado encima de un pinabete y en forma de guacamayo, repetía haciendo

 

chascar su pico: Una… due… e tre. ¡Una… due… e tre!

 

¡Uno, dos, tres! oyó aún, pero tan claramente, que abrió los ojos y levantó la cabeza…

 

Llamaban a la puerta.

 

-¡Adelante!

 

Era el camarero, quien le anunció que una dama deseaba con vivas instancias verle al

 

momento.

 

“¡Gemma! “, pensó con prontitud.

 

Pero la dama no resultó ser Gemma, sino su madre, Frau Lenore. Apenas hubo entrado,

 

se dejó caer en una silla y se puso a llorar.

 

-¿Qué tiene usted, mi buena y querida señora Roselli? -dijo Sanin sentándose a su

 

lado y acariciándole con dulzura las manos-. ¿Qué hay? Sosiéguese usted, se lo suplico.

 

-¡Ah, Herr Demetrio, soy muy desgraciada, desgraciadísima!

 

-¿Desgraciada usted?

 

-¡Ah, sí! ¿Cómo había de figurármelo? De repente, como el trueno en un cielo

 

sereno…

 

Apenas podía respirar.

 

Pero ¿qué pasa? ¡Explíquese usted! ¿Quiere usted un vaso de agua?

 

No, gracias.

 

Frau Lenore se enjugó los ojos con el pañuelo y se puso a llorar más fuerte que nunca.

 

Lo sé todo… ¡todo! Es decir… ¿cómo todo?

 

-¡Todo lo que hoy ha sucedido! Y la causa… ¡la conozco también! Se ha conducido

 

usted como un hombre de honor… pero ¡qué desdichado concurso de circunstancias!

 

¡Razón tenía yo para no ver con buenos ojos ese paseo a Soden… sobrada razón! -(Fray

 

Lenore no había manifestado nada semejante el día del paseo, pero ahora le parecía en

 

realidad que “todo” lo había presentido)-. He venido en su busca porque es usted un

 

hombre de honor, un amigo; aun cuando sólo hace cinco días que le vi por primera

 

vez… Pero ¡estoy sola, sola en el mundo! Mi hija…

 

Las lágrimas ahogaron la voz de Frau Lenore. Sanin no sabía qué pensar.

 

-¿Su hija de usted? -repitió.

 

 

 

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-Mi hija Genuna… -(Estas palabras salieron como un gemido por debajo del pañuelo

 

empapado en lágrimas)- Genuna me ha declarado hoy que no quiere casarse con M.

 

Klüber, y que es preciso que yo se lo participe a él.

 

Sanin tuvo un ligero sobresalto: no se esperaba eso.

 

-No hablo de la vergüenza—continuó Frau Lenora-, porque eso de que una prometida

 

rehuse casarse con su futuro es una cosa que no se ha visto jamás; pero para nosotros ¡es

 

la ruina, Herr Demetrio!

 

Frau Lenore convirtió cuidadosamente su pañuelo en un pequeño, pequeñísimo tapón

 

muy duro, como si quisiera encerrar en él todo su dolor.

 

-¿No podemos vivir de lo que nos produce la tienda, Herr Demetrio? Klüber es muy

 

rico y se enriquecerá aún más. ¿Y por qué romper con él? ¿Porque no ha defendido a su

 

novia? Admitamos que eso no esté bien hecho por su parte; pero, después de todo, es un

 

paisano, no ha hecho estudios en la Universidad, y en su calidad de comerciante serio

 

debía menospreciar esa calaverada tonta de un oficialillo desconocido. ¿Y qué ofensa

 

ve usted en eso, Herr Demetrio?

 

-Dispense usted, Frau Lenore, pero a quien condena usted es a mí…

 

A usted no le condeno, no le condeno de ningún modo. ¡En usted eso es otro asunto!

 

Usted es ruso, usted es un militar… Dispense usted, pero no lo soy, ni por asomos…

 

Es usted un extranjero, un viajero, y le estoy muy agradecida -continuó Frau Lenore

 

sin escuchar a Sanin.

 

Estaba jadeante, abría y cerraba las manos; luego desplegó el pañuelo y se sonó; nada

 

más que por la manera de expresar su dolor podía verse que no había nacido bajo el cielo

 

del Norte. Y continuó:

 

-¿Cómo realizaría Herr Klüber sus negocios en la tienda si se batiese con los

 

compradores? ¡Eso no puede imaginarse! ¿Y ahora es preciso que yo le despida? Pero,

 

¿de qué viviremos? En otro tiempo sólo nosotros hacíamos pasta de malvavisco y

 

almendrado de alfónsigos, y venían a comprarnos mucho a casa; pero ahora, ¡todo el

 

mundo hace pasta de malvavisco en la suya! Píenselo usted; se hablará bastante de su

 

duelo en la ciudad… ¿Pueden ocultarse esas cosas? ¡Y ahí tiene usted roto el

 

matrimonio! ¡Eso es un chasco, una verdadera campanada, un escándalo! Gemma es

 

una excelente hija, me quiere mucho; pero es una terca, una republicana; desafía a la

 

opinión de los demás. ¡Sólo usted puede persuadirla!

 

El asombro de Sanin aumentó.

 

-¿Yo, Frau Lenore?

 

-Sí; sólo usted… Usted sólo. Por eso he venido a verle: no se me ha podido ocurrir

 

nada mejor. ¡Es usted tan sabio, es usted un joven tan bueno! Ha tomado usted su

 

defensa; creerá lo que usted le diga. “Debe” creerlo; porque usted ha arriesgado su vida

 

por ella. ¡Persuádala usted, yo no puedo más! ¡Pruébele usted que sería la causa de la

 

perdición de todos nosotros y de ella misma! ¡Y ha salvado usted a mi hijo; sálveme

 

también a mi hija! Dios le ha enviado a usted aquí. Estoy dispuesta a pedírselo a usted

 

de rodillas…

 

 

 

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Frau Lenore estaba ya media levantada del asiento para caer a los pies de Sanin. Éste

 

la contuvo.

 

-¡Frau Lenore! En nombre del cielo, ¿qué hace usted? Ella le agarró

 

convulsivamente las manos, diciendo:

 

-¿Me lo promete usted?

 

Frau Lenore, fíjese usted: ¿a asunto de qué iría yo…?

 

-¿Me lo promete usted? ¿No quiere usted que me caiga muerta ante sus ojos, aquí

 

mismo?

 

Sanin ya no sabía lo que le pasaba. Era la primera vez en su vida que tenía que

 

habérselas con un carácter italiano sobreexcitado.

 

-¡Haré todo lo que usted quiera! -exclamó-. Hablaré a Fraülein Genuna…

 

Frau Lenore dio un grito de alegría.

 

Pero, verdaderamente prosiguió Sanin-, no sé de ningún modo qué resultado…

 

-¡Ah, no se niegue usted, no se niegue usted! -dijo Frau Lenore con voz suplicante-.

 

¡Ya me lo ha prometido usted! De seguro que resultará una cosa excelente. En todo

 

caso, ¡yo no puedo hacer ya nada más! ¡No me obedece!

 

-¿Le ha declarado a usted de una manera positiva que se niega a casarse con Herr

 

Klüber? preguntó Sanin después de un breve silencio.

 

-¡Oh, ha cortado la cuestión como con un cuchillo! ¡Es el vivo retrato de su padre!

 

¡No se anda con paños calientes!

 

-¿Ella? preguntó Sanin.

 

-Sí… sí… Pero, aparte de eso, es un ángel. Le atenderá a usted, hará lo que usted le

 

diga. ¿Va usted a venir? ¿Ahora mismo? ¡Oh mi querido amigo ruso! –(Frau Lenore se

 

levantó bruscamente de la silla y agarró no menos bruscamente la cabeza de Sanin,

 

sentado, delante de ella)-. ¡Reciba usted la bendición de una madre!… y deme usted un

 

poco de agua.

 

Sanin presentó un vaso de agua a la señora Roselli, y le prometió por su honor ir

 

enseguida. La acompañó hasta la calle, y de regreso en su cuarto juntó las manos y abrió

 

cuanto pudo los ojos.

 

“¡Bueno! pensó-. ¡Ahora ha dado otra vuelta la rueda de mi vida! Gira tan veloz, que

 

me da vértigos”.

 

No trató de leer dentro de sí mismo para darse cuenta de lo que pasaba. Era insensato,

 

eso es todo.

 

-¡Qué día! murmuraban involuntariamente sus labios-. No se anda con paños

 

calientes, dice su madre. ¿Y es preciso que yo le dé consejos a ella? ¿Aconsejarle el

 

qué?

 

Dábale vueltas la cabeza, en efecto. Pero, por encima de ese torbellino de impresiones

 

diversas, de sentimientos y de ideas sin concluir, flotaba la imagen de Gemma, esa

 

 

 

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imagen que se había grabado indeleble en su memoria durante esa cálida noche, cargada

 

de electricidad en esa ventana oscura, bajo los fulgores de innumerables estrellas.

 

XXIV Sanin se aproximó con irresoluto paso a la casa de la señora Roselli. Le palpitaba con

 

fuerza el corazón, lo sentía fácilmente golpear contra sus costillas. ¿Qué iba a decir a

 

Gemma? ¿De qué modo iba a hablarle? Entró en la casa, no por la tienda, sino por la

 

puerta secreta. Encontró a Frau Lenore en la primera piececita púsose ella muy contenta

 

al verlo y a la vez un poco intranquila.

 

-Le esperaba ya -dijo en voz baja, apretándole una tras otra ambas manos entre las

 

suyas-. Ésta en el jardín, vaya usted. Cuidadito, que con usted cuento.

 

Sanin se fue al jardín.

 

Gemma estaba sentada en un banco, al borde de un paseo de árboles, y elegía en un

 

cestito las cerezas más maduras apartándolas en un plato. El sol estaba bajo, sobre el

 

horizonte: eran cerca de las siete de la tarde, y en los anchos rayos oblicuos con que

 

inundaban de luz el jardincito de la señora Roselli había más púrpura que oro. De vez en

 

cuando se oía el cuchicheo, apenas perceptible y como perezoso, de las hojas entre sí, el

 

breve zumbido de las abejas retrasadas arrastránse de flor en flor, y el arrullo monótono e

 

infatigable de alguna tórtola lejana.

 

Gemma llevaba puesto en la cabeza el mismo sombrero que el día del paseo a Soden.

 

Miró a Sanin por debajo del ala inclinada del sombrero y se dobló de nuevo hacia el

 

cestito.

 

Sanin se aproximó a ella, acortando involuntariamente el paso… y no se le ocurrió nada

 

mejor que decir, sino esto:

 

-¿Por qué elige usted esas cerezas? Gemma no se dio prisa a contestarle.

 

Éstas, las más maduras -dijo por fin-, se pondrán confitadas; y con esas otras se harán

 

pastelillos, ¿sabe usted?, de esos pastelillos redondos que vendemos.

 

Mientras decía estas palabras, Gemma dobló la cabeza aún más baja; y su mano

 

derecha, que tenía dos cerezas entre los dedos, detúvose en el aire, entre el canastillo y el

 

plato.

 

-¿Puedo sentarme junto a usted? preguntó Sanin.

 

-Sí.

 

Gemma se hizo un poco a un lado, para dejarle sitio en el banco. Sanin se sentó junto a

 

ella.

 

“¿Por qué comenzaré?” -pensaba-. Pero Gemma le sacó de apuros.

 

-¿Conque hoy se ha batido usted en duelo? -dijo ella con vivacidad, volviendo hacia

 

él su hermoso rostro, encendido todo él de rubor. (¡Y qué profunda gratitud brillaba en

 

sus ojos!)-. ¿Y se halla usted tan tranquilo? ¿De modo que para usted no existe el

 

peligro?

 

Dispense usted… No he recorrido ningún peligro. Todo ha pasado de la manera más

 

feliz e inofensiva por completo.

 

 

 

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Gemma movió el dedo índice a derecha e izquierda delante de la cara. Esté es otro

 

ademán italiano.

 

No, no diga usted eso. ¡No me engaña usted! Pantaleone me lo ha contado todo.

 

-¡Vaya un testigo digno de confianza!. ¿Me ha comparado a la estatua del

 

Comentador?

 

Las expresiones que emplea pueden ser cómicas, pero no sus sentimientos, no lo que

 

usted ha hecho hoy. Y todo eso a propósito de mí… por mí… No lo olvidaré jamás.

 

Le aseguro a usted, Fraülein Gemma…

 

No lo olvidaré -repitió después de un pequeño intervalo, mirándole fijamente; luego se

 

volvió de lado.

 

Sanin podía ver en aquel momento su perfil fino y puro, y díjose que nunca había

 

contemplado nada semejante, ni sentido impresión comparable a la que sentía entonces.

 

Iba a hablar…

 

Un relámpago cruzó por su mente: “¿Y mi promesa?”.

 

- Fraülein Gemma… dijo, después de breve vacilación.

 

-¿Qué?

 

En lugar de volverse hacia él, continuó escogiendo las cerezas, quitando las hojas y

 

cogiendo delicadamente las frutas por los rabillos… ¡Pero qué afectuosa confianza

 

respiraba esa sola palabra: “¿Qué?”

 

-¿No le ha dicho a usted nada su madre… a propósito de…

 

-¿A propósito de quién?

 

De mí.

 

Gemma volvió a echar bruscamente en el canastillo la cereza que tenía en la mano.

 

-¿Ha hablado con usted? -preguntó ella a su vez.

 

-Sí.

 

-¿Qué le ha dicho?

 

-Me ha dicho que usted… que usted ha resuelto de pronto cambiar sus primeras

 

intenciones.

 

La cabeza de Gemma se inclinó de nuevo y desapareció del todo bajo su sombrero;

 

sólo se veía su cuello flexible como el tallo de una gran flor.

 

-¿Mis intenciones? ¿Cuáles?

 

-Sus intenciones… respecto al futuro arreglo de su vida.

 

-Es decir… ¿habla usted de Herr Klüber?

 

-Sí.

 

¿Le ha dicho a usted mamá que no quiero casarme con Herr Klüber?

 

-Sí.

 

 

 

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Gemma hizo un movimiento en su banco. Deslizóse el canastillo, cayó al suelo y

 

algunas cerezas rodaron por el sendero. Pasó un minuto, después otro…

 

-¿Por qué le ha hablado a usted de eso? -dijo al cabo.

 

Como un momento antes, ya no veía Sanin más que su cuello. El pecho de Gemma

 

subía y bajaba más de prisa.

 

-¿Por qué…? Como en tan poco tiempo hemos llegado a ser, puede decirse, amigos,

 

como ha demostrado usted confianza en mí, su madre ha pensado que pudiera yo darle

 

a usted algún consejo útil y que pudiera usted seguirlo.

 

Las manos de Gemma se deslizaron lentamente para sus rodillas… Se puso a arreglar

 

los pliegues de la falda.

 

-¡Qué consejo me da usted, señor Demetrio? -preguntó después de un corto silencio.

 

Sanin veía temblar los dedos de Gemma sobre sus rodillas… No arreglaba los pliegues

 

de la falda sino para disimular aquella agitación. Puso él con dulzura la mano sobre esos

 

dedos temblorosos, y dijo:

 

-Gemma, ¿por qué no me mira usted?

 

Echóse vivamente atrás el sombrero y fijó en él sus ojos, llenos de gratitud y de

 

confianza como antes.

 

Esperaba la respuesta de Sanin, pero éste se quedó trastornado, o, más bien, al pie de la

 

letra, deslumbrado con el aspecto de sus facciones: la cálida luz del sol poniente

 

iluminaba aquel rostro juvenil, cuya expresión era aún más luminosa y más

 

resplandeciente que aquella claridad.

 

-Le escucho a usted, señor Dimitri -dijo con una sonrisa insegura y un poco

 

levantadas las cejas-. ¿Qué consejo va usted a darme?

 

-¿Qué consejo? -repitió Sanin-. Mire usted, su madre piensa que rehusar a Herr

 

Klüber únicamente porque anteayer no dio muestras de un gran valor…

 

-¿Únicamente por eso? -interrumpió Gemma… Bajóse, levantó el canastillo y lo

 

puso en el banco junto a ella.

 

No, desde todos los puntos de vista… en general… rechazarlo sería por parte de usted

 

una cosa poco razonable. Su madre añade que ese es un paso cuyas consecuencias deben

 

pensarse con esmero; en fin, que el mismo estado de los negocios de ustedes impone

 

ciertas obligaciones a cada uno de los miembros de su familia. Todas esas son las ideas

 

de mamá… -interrumpió de nuevo Gemma-; son sus propias palabras. Todo eso ya lo sé.

 

Pero, ¿cuál es el parecer de usted?

 

-¿El mío?

 

Sanin se calló un momento. Sentía en la garganta algo que le cortaba la respiración.

 

Yo también pienso… dijo con esfuerzo.

 

Gemma se levantó.

 

-¡Usted…! ¿También usted?

 

 

 

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-Sí… es decir…

 

Positivamente, Sanin no podía pronunciar una palabra más.

 

-Bien -dijo Gemma-. Si usted, como amigo, me aconseja que renuncie a lo que tenía

 

resuelto, es decir, que no modifique mi primera decisión… lo pensaré.

 

Sin advertirlo, volvía a poner en el canastillo las cerezas que se encontraban en el plato.

 

-Mamá -continuó- espera que seguiré los consejos de usted… ¿Por qué no? Posible es

 

que los siga.

 

-Permítame usted, Fraülein Gemma, quisiera saber en primer término las razones

 

que le han inducido…

 

-Seguiré sus consejos, le obedeceré -repitió Gemma, con las cejas fruncidas, pálidas

 

las mejillas y mordiéndose el labio inferior-. Ha hecho usted tanto por mí, que me veo

 

obligada a hacer lo que usted quiera, obligada a doblegarme a sus deseos. Diré a

 

mamá… lo pensaré. Pero, precisamente, aquí viene.

 

En efecto, apareció Frau Lenore en el quicio de la puerta que daba al jardín. Llena de

 

impaciencia, no pudo permanecer en su sitio. Según sus cálculos, Sanin debía haber

 

concluido largo tiempo antes su conversación con Gemma, aun cuando sólo duraba un

 

cuarto de hora.

 

-¡No, no, no! -exclamó Sanin precipitado y casi con temor-. ¡Por el amor de Dios, no

 

le diga usted nada todavía! Espere usted; yo diré a usted… yo le escribiré… Hasta

 

entonces, no tome usted ninguna resolución… ¡Espere usted!

 

Apretó la mano a Gemma, se levantó del banco, y con suma sorpresa de Frau Lenore

 

se cruzó con ella sin detenerse; limitándose a saludarla con el sombrero, tartamudeó

 

algunas palabras ininteligibles y se fue.

 

Frau Lenore se aproximó a su hija, diciendo: -Gemma, dime, te lo suplico…

 

Ésta se levantó bruscamente, y cogiéndola en sus brazos, exclamó:

 

-Mi querida mamá, ¿puede usted esperar un poco… un poquito… hasta mañana? ¿Sí?

 

¿Y no decirme hasta mañana ni una palabra acerca de esto?… ¡Ah!…

 

De pronto, sin que ella misma se lo esperase, brotaron de sus ojos lágrimas tan ligeras

 

como gotas de rocío. Frau Lenore se extrañó tanto más cuanto que el rostro de la joven,

 

muy lejos de parecer triste, radiaba de júbilo.

 

-¿Qué te sucede? -le dijo-. Tú que nunca lloras, nunca, ahora de pronto…

 

-Esto no es nada, mamá, no es nada. Sólo que espere usted. Las dos tenemos que

 

esperar. No me pregunte usted hasta mañana, y mientras no se oculte el sol, escojamos

 

las cerezas.

 

-Pero ¿serás razonable?

 

-¡Oh, sí, muy razonable! -dijo Gemma, moviendo la cabeza con ademán significativo.

 

Se puso de nuevo a hacer ramitos de cerezas, que levantaba a la altura de su cara

 

enrojecida. No se enjugó las lágrimas… secáronse ellas solas.

 

 

 

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XXV Casi a la carrera Sanin regresó a la fonda. Comprendía perfectamente que a menos de

 

hallarse a solas, no podría desentrañar el caos que dentro de él se agitaba. En efecto,

 

apenas hubo entrado en su cuarto, sentóse detrás del escritorio, se puso de codos en él,

 

escondiendo la cara entre las manos, y exclamó con voz sorda y dolorosa:

 

-¡La amo! ¡La amo locamente!

 

Y todo su ser interior se abrasó como un carbón hecho ascua, cuya envoltura de

 

muertas cenizas dispersa un rápido soplo.

 

Transcurrido un instante, no comprendía ya cómo pudo permanecer sentado junto a

 

ella, ¡junto a ella! y hablarle, y no sentir que adoraba hasta la cenefa de su vestido, que

 

estaba dispuesto “a morir a sus pies” como dicen los jovenzuelos. Aquella última

 

entrevista en el jardín lo decidió todo. Desde entonces, al pensar en ella, no se la

 

representaba ya con los rizos sueltos, a la serena claridad de las estrellas, sino que la veía

 

sentada en el banco, echarse atrás el sombrero con rápido ademán y mirarle con sus

 

hermosos ojos confiados… Aquella imagen hacía correr por sus venas el hervor, la sed de

 

la pasión. Acordóse de la rosa que había conservado en el bolsillo desde la antevíspera: la

 

cogió y llevósela a los labios con una fuerza tan febril, que involuntariamente hizo un

 

gesto de dolor. ¡Para pensar y reflexionar, para calcular y prever estaba entonces!

 

Desprendiéndose del pasado entero, lanzábase de lleno al porvenir. Desde la ribera triste

 

y solitaria de su vida de joven zambullíase en ese torrente espumoso y alegre y rápido, sin

 

inquietarse de saber a dónde le llevaría y si no le estrellaría contra algún peñasco. No

 

eran ya las apacibles ondas de la poesía de Uhland, sobre las cuales mecíase en otro

 

tiempo… ¡Eran olas no domadas, irresistibles, que se precipitaban saltando hacia delante

 

y le arrastraban con ellas!

 

Cogió un pliego de papel, y, sin enmienda, casi de una plumada, escribió:

 

“Querida Gemma:

 

“Sabe usted qué consejo había adquirido la responsabilidad de darle; sabe usted lo que

 

desea su madre y lo que me había pedido; pero lo que usted no sabe, lo que ahora le digo,

 

es que amo a usted, que la amo con toda la pasión de un alma que ama por vez primera.

 

¡Este fuego me ha abrasado de pronto, pero con tal fuerza, que no hallo palabras con qué

 

decirlo! Cuando su madre vino a pedirme que hablase a usted, aún estaba envuelto entre

 

ceniza, sin lo cual, como hombre honrado, no hubiese admitido esa comisión. La

 

declaración que ahora hago a usted, también es la de un hombre honrado. Es preciso que

 

sepa usted con quién trata; entre nosotros no deben existir errores. Ya ve usted que no

 

puedo darle ningún consejo. ¡La amo, la amo!, y no tengo más que esto en la cabeza y en

 

el corazón.

 

Dm. Sanin”.

 

Después de doblar y cerrar esta esquela, Sanin se dispuso a llamar al mozo y enviarle a

 

llevarla… ¡No, eso no podía ser!… ¿Por conducto de Emilio?… Pero tampoco era posible

 

ir a buscarle a su tienda, entre los demás dependientes. Además, había llegado la noche, y

 

tal vez hubiera salido ya del comercio. Al hacer estas reflexiones, púsose Sanin el

 

sombrero y salió. Dio vueltas a una esquina, después a otra; y ¡gozo indecible!, vio a

 

 

 

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Emilio delante de sí. Con la cartera debajo del brazo y un rollo de papeles en la mano, el

 

joven entusiasta regresaba con rápido paso a su domicilio.

 

-¡Razón hay para decir que cada enamorado tiene su estrella! -dijo Sanin para sus

 

adentros, y llamó a Emilio, quien se volvió e inmediatamente le echó los brazos al

 

cuello.

 

Sin darle Sanin tiempo de regocijarse, le dio la carta y le explicó a quién cómo tenía

 

que entregársela… Emilio le escuchaba con atención.

 

-¿Es preciso que nadie la vea? -preguntó, dando a su rostro una expresión misteriosa

 

y significativa, como si dijese: “¡Comprendo la cosa!”

 

-Sí, mi querido amigo respondió Sanin, un poco confuso, dándole un golpecito

 

cariñoso en la mejilla…- Y si hay respuesta… me la traerá usted, ¿no es así? Me quedo en

 

casa.

 

-No se inquiete usted por eso -murmuró Emilio con aire alegre, saliendo a la carrera; y

 

mientras corría, le hizo otra seña con la cabeza.

 

Sanin volvióse a la fonda, y, sin encender la luz, se echó en el diván, cruzó las ruanos

 

detrás de la cabeza y se abandonó a esas impresiones del amor recién revelado,

 

impresiones que es inútil describir: quien las ha sentido, conoce sus ansias y dulzuras;

 

quien no las ha experimentado no las comprendería.

 

Abrióse la puerta, y apareció la cabeza de Emilio…

 

-¡La traigo! -dijo en voz baja-. ¡Aquí está la respuesta! Enseñaba y movía por encima

 

de la cabeza un papelito doblado. Sanin saltó del diván y se lo arrancó de la mano. La

 

pasión hablaba muy alto en él; no pensaba en la discreción, ni en las conveniencias, ni

 

siquiera ante aquel niño, hermano de ella. Hubiera querido contenerse, tener vergüenza

 

de conducirse así delante de él; pero no podía.

 

Aproximóse a la ventana, y a la luz de un farol que había en la calle delante de la casa,

 

leyó las líneas siguientes:

 

“Le ruego, le suplico que no venga a casa, que no se presente en todo el día de

 

mañana. Es preciso, absolutamente preciso, y entonces todo se resolverá. Sé que no me

 

negará esto, porque…

 

Gemma”

 

Sanin leyó dos veces aquella carta. ¡Cuán bonita y atractiva le pareció su letra! Meditó

 

un poco, dirigióse a Emilio (quien, para probar que era un joven reservado, estaba de cara

 

a la pared, raspándola con las uñas) y le llamó en voz alta.

 

Emilio acudió al instante junto a Sanin, diciendo:

 

-¿Qué quiere usted?

 

-Escuche, mi querido amigo…

 

-Señor Demetrio -interrumpió con voz plañidera-, ¿por qué no me llama usted de tú?

 

Sanin se echó a reír.

 

 

 

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-Bueno, conforme. Oye, mi querido amigo… (Emilio dio un brinquito de alegría);

 

oye, allá abajo, ¿comprendes?, dirás allá aba jo que todo se cumplirá

 

escrupulosamente. –(Emilio se mordió los labios y meneó la cabeza con aire un

 

poquillo grave.)- Y tú… ¿qué haces mañana?

 

-¿Qué hago yo? ¿Qué desea usted que haga?

 

-Si puedes, ven mañana por la mañana temprano, y nos iremos de paseo por los

 

alrededores de Francfort, hasta la noche. ¿Quieres? Emilio dio otro brinco.

 

-¡Que si quiero! ¿Hay nada más agradable en el mundo? Pasearme con usted… ¡eso es

 

encantador! Vendré, con seguridad.

 

-¿Y si no te lo permiten?

 

-Me lo permitirán.

 

-Oye… no digas allá abajo que te he rogado que vengas por todo el día.

 

-¿Por qué decirlo? Me iré sin permiso. ¡Valiente apuro!

 

Emilio abrazó a Sanin con todas sus fuerzas y se marchó corriendo.

 

Sanin se paseó mucho tiempo por el cuarto y se acostó tarde. Abandonábase a esas

 

impresiones penosas y dulces, a esa ansiedad regocijada que precede a una era nueva.

 

Además, Sanin estaba satisfechísimo de su idea de haber invitado a Emilio a pasear con

 

él el día inmediato se parecía mucho a su hermana.

 

“Emilio me recordará a Gemma” -dijo para sí.

 

Pero lo que más le asombraba era pensar que la víspera no era el mismo que ese día.

 

Parecíale haber amado siempre a Gemma, y haberla amado precisamente como aquel día

 

la amaba.

 

XXVI Al día siguiente, llevando a Tartaglia en traílla, dirigióse Emilio a casa de Sanin. Si

 

hubiese sido de pura raza alemana, no hubiera estado más puntual. En casa había armado

 

un embolismo, diciendo que iría a pasear con Sanin hasta la hora de almorzar, y que

 

después se presentaría en el almacén.

 

Mientras que Sanin se vestía, Emilio, no sin vacilar mucho, intentó sacar conversación

 

acerca de Gemma y de su ruptura con Herr Klüber. Pero Sanin, por única respuesta, se

 

limitó a guardar un silencio austero; y queriendo Emilio demostrar que comprendía por

 

qué no debiera ni mentarse ese grave asunto, no hizo la menor alusión a él, tomando de

 

rato en rato un aire reconcentrado y hasta serio.

 

Después de tomar el café, ambos amigos naturalmente, a pie- se dirigieron hacia

 

Hausen, aldehuela poco lejana de Francfort y rodeada de bosques. Toda la cordillera de

 

Taumus veíase desde allí cual si hubiese estado al alcance de la mano. El tiempo era

 

magnífico: brillaba el sol y difundía su calor, pero sin quemar; un viento fresco

 

rumoreaba alegre entre el verde follaje; las sombras de algunas nubecillas que se cernían

 

en lo alto del cielo corrían sobre la tierra como manchitas redondas, con un movimiento

 

uniforme y rápido. Bien pronto halláronse los jóvenes fuera de la ciudad, y anduvieron

 

con paso firme y alegre por la carretera esmeradamente barrida. Al entrar en el bosque,

 

 

 

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dieron mil vueltas por él; después almorzaron fuerte en una posada de aldea. Enseguida

 

subieron por la montaña, admirando el paisaje; echaron a rodar pedruscos por la

 

pendiente, haciendo palmas al verlos rebotar como conejos, con saltos extravagantes y

 

cómicos, hasta que un transeúnte, invisible para ellos, les dirigía desde el camino de

 

abajo denuestos con voz fuerte y sonora. Tumbáronse encima de un musgo corto y seco,

 

de un color amarillo violáceo; bebieron cerveza en otro figón, después, corrieron y

 

saltaron a cual más. Descubrieron un eco y le dieron conversación; cantaron, gritaron,

 

lucharon, rompieron ramas de árboles, adornaron los sombreros con guirnaldas de

 

helecho, y hasta acabaron por bailar.

 

Tartaglia tomaba parte en todas esas diversiones en cuanto cabía en su poder y en su

 

inteligencia. Verdad es que no tiró piedras, pero se precipitaba dando volteretas en pos de

 

las que lanzaban los jóvenes; aulló mientras éstos cantaban, y hasta bebió cerveza,

 

aunque con una repugnancia visible. Esta última ciencia le había sido inculcada por un

 

estudiante que con anterioridad había sido su dueño. Por lo demás, no obedecía a Emilio -

 

éste no era su amo Pantaleone-; y cuando el mocito le decía que “hablase” o que

 

“estornudase”, limitábase a menear el rabo y hacer un cucurucho de su lengua.

 

También hablaron entre sí los jóvenes. Al comienzo del paseo, Sanin, en calidad de

 

mayor y, por consiguiente, más apto para razonar, había comenzado un discurso acerca

 

del fatum, acerca del destino del hombre y de lo que lo constituye; pero bien pronto la

 

conversación tomó un giro menos serio. Emilio se puso a interrogar a su amigo y

 

protector sobre los destinos de Rusia; le preguntó cómo se batían en duelo en ese país, si

 

eran guapas las mujeres, cuánto tiempo sería preciso para aprender el idioma ruso, qué

 

impresiones había sentido cuando el oficial le apuntó. A su vez. Sanin interrogó a Emilio

 

respecto a su padre, a su madre, a los asuntos de su familia, librándose bien siempre de

 

pronunciar el nombre de Gemma y no pensando más que en ella. Propiamente hablando

 

no era en ella en lo que pensaba sino en el día siguiente, en aquel mañana misterioso que

 

debía traerle una ventura indecible, inaudita. Parecíale ver flotar ante su vista un cortinaje

 

fino y ligero, y detrás de esa cortina sentía la presencia de un rostro juvenil, inmóvil,

 

divino rostro de labios tiernamente risueños y párpados severamente caídos -severidad

 

fingida-. ¡Ese rostro no era el de Genuna, sino el de la misma felicidad! Pero al fin ha

 

llegado su hora; córrese la cortina, se entreabren los labios, los párpados se levantan; la

 

divinidad le ha visto, ¡y llega un deslumbramiento y una claridad semejante a las del sol,

 

una embriaguez y una dicha sin límites y sin fin! Pensaba en ese mañana y su alma se

 

moría de gozo, en medio de la creciente angustia de la espera.

 

Esa espera, esa impaciencia, no eran penosas para él; acompañaban todos sus

 

movimientos, pero sin estorbarlos; no le impidieron comer perfectamente con Emilio en

 

su tercer mesón. Sólo de vez en cuando, como fugaz relámpago, cruzaba esa idea por su

 

mente: ¡si alguien lo supiese! Esto no le impidió jugar al paso con Emilio, después de

 

comer, en una verde pradera… ¡Y cuál no fue el asombro, la confusión de Sanin, cuando,

 

advertido por los ladridos furiosos de Tartaglia, en el momento en que con las piernas,

 

graciosamente separadas, pasaba como un ave por encima de la espalda de Emilio,

 

doblado por la cintura, vio de pronto delante de él, en el extremo de la pradera, a dos

 

oficiales, en quienes reconoció a su vez enemigo de la víspera, el caballero von Dñnhof, y

 

su testigo el caballero von Richter! Se habían puesto cada uno un cuadradito de cristal

 

delante de los ojos, y le miraban sonriéndose…

 

 

 

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Al caer de pie Sanin, se apresuró a ponerse el paletot que se había quitado, dijo con

 

presteza dos palabras a Emilio, quien se puso a escape la chaqueta, y se alejaron con paso

 

rápido.

 

Regresaron a Francfort al atardecer.

 

-Me regañarán -dijo Emilio al despedirse de Sanin-; pero lo mismo me da… ¡He pasado

 

un día tan bueno, tan bueno!

 

De regreso en la fonda, Sanin encontró en ella una carta de Gemma, dándole cita para

 

el día siguiente, a las siete de la mañana, en uno de los jardines públicos que por todas

 

partes rodean a Francfort.

 

¡Qué brinco le dio el corazón! ¡Cómo se aplaudía por haberla obedecido sin vacilar!

 

¡Ah, santo Dios!

 

¿Qué le prometía ese día de mañana, inaudito, único, imposible, no imaginable? O más

 

bien, ¿qué no le prometía?

 

Devoraba con los ojos la carta de Gemma. El largo perfil curvo de la G, letra inicial de

 

su nombre, le recordaba los lindos dedos, la mano de la joven… Se dijo a sí mismo que

 

aún no había acercado nunca esa mano a sus labios…

 

“Digan lo que quieran -pensó-; las italianas son castas y severas… ¡pero Gemma es otra

 

cosa más! Es una emperatriz… una diosa… un mármol puro y virginal… Pero un día

 

llegará… Y ese día está próximo…

 

Aquella noche no hubo en todo Francfort un hombre más feliz que él. Durmió, pero

 

hubiera podido decir, como el poeta:

 

Es cierto que estoy dormido,

 

Mas vela mi corazón…

 

Palpitábale el corazón tan ligero como bate las alas una mariposa puesta sobre una flor

 

y bañada por el sol.

 

XXVII Sanin estuvo de pie a las cinco de la mañana; a las seis estaba vestido, a las seis y

 

media se paseaba por el jardín público, frente al cenadorcito de que Gemma le hablaba en

 

su esquela.

 

La mañana era tranquila, tibia y húmeda. A veces hubiérase jurado que llovía; pero

 

extendiendo la mano advertíase el error, y sólo mirándose la ropa se podía notar la

 

existencia de finas gotas semejantes a menudas perlas de vidrio; aun así, aquella humedad

 

no duró largo tiempo. En cuanto al viento, como si nunca lo hubiese habido en el mundo.

 

Los sonidos parecían extenderse en todas direcciones a la vez. Un ligero vapor

 

blanquecino flotaba en lontananza, y el aire estaba saturado de aromas de las resedas y de

 

las flores de acacia blanca.

 

En las calles no estaban abiertas aún las tiendas; sin embargo, había ya transeúntes, y a

 

intervalos oíase el rodar de un coche aislado… En el parque, ni un solo paseante; un

 

jardinero rastrillaba con dejadez una senda, y una anciana decrépita cruzaba cojeando la

 

calle de árboles. Sanin no podía un solo instante tomar por Gemma a aquella horrible

 

 

 

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vieja; sin embargo, le palpitó el corazón, y siguió atentamente con la vista aquella forma

 

oscura que se alejaba.

 

Dieron las siete en el reloj de la torre.

 

Sanin se detuvo. “¡Si no viniese!” Tuvo como un escalofrío. Un instante después le

 

repitió el escalofrío, pero esta vez por otra causa… Sanin oía detrás de sí un paso menudo

 

y el roce de una falta… Se volvió: era ella.

 

Gemma le seguía por el estrecho sendero. Llevaba un abriguito gris y un sombrerito de

 

color oscuro. Miró a Sanin, volvió la cabeza y se le adelantó con rapidez.

 

-¡Gemma! -dijo él, con voz apenas perceptible.

 

Hizo ella una imperceptible señal con la cabeza, y continuó adelante. Siguióla él.

 

Respiraba con anhelo, las piernas se negaban a servirle.

 

Gemma pasó del cenador, torció a la derecha, costeó una fuentecilla de donde hacía

 

saltar el agua poco profunda un gorrión que se bañaba en la alberca, y se dejó caer en un

 

banco detrás de una espesura de lilas. El sitio era cómodo y al resguardo de las miradas.

 

Sanin se sentó junto a ella.

 

Transcurrió un minuto, y ni él ni ella pronunciaron una sola palabra. Ella no le miraba,

 

y él miraba, no su rostro, sino sus dos manos juntas que sostenían una sombrilla pequeña.

 

¿A qué venía ha blar? ¿Qué palabras hubieran sido tan elocuentes como su sola presencia

 

en aquel sitio, juntos, a una hora tan de mañana, y tan cerquita el uno del otro?

 

-¿No me tiene usted mala voluntad por eso? dijo al cabo Sanin-. Difícilmente hubiera

 

podido decir ninguna cosa menos oportuna… Lo comprendía él mismo… pero, a lo

 

menos, quedaba roto el silencio.

 

-¿Yo? -respondió ella-. ¡No! ¿Por qué había de tenerle mala voluntad?

 

-¿Y me cree usted…? prosiguió él. -¿Lo que usted me ha escrito?

 

-Sí.

 

Gemma bajó la cabeza y no contestó. Escapósele de entre los dedos la sombrilla; pero

 

la cogió con presteza, sin dejarla llegar al suelo.

 

-¡Ah, créame usted, créame lo que le he escrito! -exclamó Sanin.

 

Toda su timidez había desaparecido; hablaba con calor.

 

-Si hay en el mundo una verdad, cierta, sagrada, superior a toda sospecha, es la de

 

que amo a usted, Gemma; es la de que la amo a usted apasionadamente.

 

Echóle ella una mirada furtiva, y en poco estuvo que otra vez dejase caer la sombrilla.

 

-Créame, tenga usted fe en mí repetía suplicante y con las manos extendidas hacia

 

ella, sin atreverse a tocarla-. ¿Qué quiere usted que haga para convencerla?

 

Miróle ella de nuevo, y por fin dijo:

 

-Dígame usted, -monsieur Dimitri, cuando anteayer fue usted a exhortarme, ¿no

 

sabía usted aún con evidencia… no sentía usted…? -Sentía -interrumpió Sanin-, pero no

 

sabía. ¡Yo la amaba a usted desde que por primera vez la vi, pero no he comprendido

 

 

 

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enseguida lo que para mi era usted! Y luego, sabía que estaba usted prometida… En

 

cuanto a la comisión que su madre me confió, al pronto ¿cómo negarme a ella? Y

 

además he cumplido esa misma comisión de tal suerte, que ha podido usted adivinar…

 

Dejáronse oír pasos pesados. Un hombre bastante robusto, con una cartera de viaje

 

cruzada por el pecho, evidentemente un extranjero, desembocó por detrás de las lilas, y

 

con la frescura de un viajero de paso, dejó caer a plomo una mirada a la pareja, tosió con

 

estrépito y prosiguió su camino.

 

-Su madre -continuó Sanin así que hubo cesado el ruido de los pasos- me había dicho

 

que la negativa de usted causaría escándalo (Gemma frunció ligeramente el entrecejo),

 

que en parte había dado yo pretexto para juicios desfavorables, y que, por consiguiente,

 

hasta cierto punto, estaba yo obligado a exhortarla a usted que no rechazase a su futuro

 

Herr Klüber…

 

Monsieur Dimitri -dijo Gemma, pasándose con lentitud la mano por los cabellos

 

hacia el lado de Sanin-, se lo suplico: no llame usted a Herr Klüber mi futuro… Nunca

 

seré su mujer: me he negado.

 

-¿Le ha despedido usted? ¿Cuándo?

 

-Ayer.

 

-¿Se lo dijo usted a él mismo?

 

A él mismo, en casa… Volvió a presentarse.

 

-Gemma, entonces, ¿me ama usted? Volvióse ella de cara hacia él y murmuró:

 

-Sin eso, ¿estaría yo aquí?

 

Y sus dos manos abiertas cayeron sobre el banco.

 

Sanin se apoderó de ambas manos inertes y las apretó contra sus ojos, contra sus

 

labios… ¡El velo que había visto la víspera en sus ensueños se levantaba! ¡Aquélla era la

 

dicha, su faz resplandeciente!

 

Alzó la cabeza, y miró a Gemma a los ojos con atrevimiento. Ella también le miró, un

 

poco fija. Apenas brillaban sus ojos semiabiertos, ligeramente húmedos con lágrimas de

 

placer. No se sonreía… reíase con una risa muda y enervada.

 

-¡Oh Gemma! -Exclamó Sanin-. ¡Podría yo pensar que tú… (su corazón vibró como la

 

cuerda de un arpa, cuando sus labios pronunciaron ese tú por vez primera)… que tú me

 

amarías?

 

-Yo misma no lo esperaba -dijo Gemma en voz baja. -¿Podría yo pensar -continuó

 

Sanin-, al llegar a Francfort, donde sólo pensaba permanecer unas cuantas horas, que

 

había de encontrar aquí la felicidad de toda mi vida?

 

-¿De toda tu vida? ¿De veras?

 

De toda mi vida, ¡hasta el último día! exclamó Sanin con nuevo arranque.

 

De pronto, a dos pasos de su banco, dejóse oír el ruido de la pala del jardinero.

 

-Volvamos a casa murmuró Gemma-; entremos juntos, ¿Quieres?

 

 

 

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Si le hubiera dicho en aquel momento “¡Arrójate al mar! ¿Quieres? “ se hubiera tirado

 

de cabeza al abismo, antes de que ella hubiese concluido la última palabra.

 

Salieron juntos del jardín y se encaminaron a casa, pasando no por las calles de la

 

ciudad sino por la ronda.

 

XXVIII Sanin marchaba, cuando junto a Gemma, cuando un poco detrás, mirándola siempre sin

 

cesar de sonreír. Gemma parecía a la vez apresurarse y contenerse. A decir verdad,

 

ambos, él todo pálido y ella toda encendida de emoción andaban como entre niebla. Ese

 

trueque de almas que acababan de hacer, producía en ellos una impresión tan nueva y tan

 

fuerte, que era casi penosa: todo había hecho tal cambio de frente en su existencia, que no

 

podían encontrar el equilibrio. Sólo notaban una cosa: que iban envueltos en un torbellino

 

análogo a aquel otro torbellino nocturno que casi les había echado en brazos uno de otro.

 

Sanin, al seguirla, sentía que miraba a Gemma con otros ojos; en un momento advirtió en

 

el paso y en los movimientos de Gemma muchas particularidades en que hasta entonces

 

no había reparado. ¡Cuán adorables y hechiceras le parecían todas esas menudencias! Y

 

ella, por su parte, sentía que Sanin la miraba así.

 

Ambos amaban por la vez primera: todas las maravillas del primer amor se realizaban

 

en ellos. Un primer amor se parece a una revolución. El orden regular y monótono de la

 

vida queda roto y destruido en un momento; la juventud sube a la barricada, hace ondular

 

en el aire su esplendente bandera, y sea lo que fuere lo que le reserve el porvenir, la

 

muerte o una nueva vida, lanza a todo y a todos su llamamiento apasionado.

 

-¡Mira, diríase que es Pantaleone! -dijo Sanin, apuntando con el dedo una figura

 

encapuchonada que se deslizó rápidamente por una callejuela, como para evitar ser

 

vista.

 

En el colmo de su felicidad, Sanin experimentaba la necesidad de hablar con Gemma,

 

no de su amor, puesto que era cosa convenida, consagrada, sino de cosas indiferentes.

 

-Sí, es Pantaleone -respondió Gemma con tono alegre y placentero-. Probablemente

 

ha salido a espiarme; ayer, todo el día me siguió los pasos… Algo sospechaba.

 

-¡Que sospecha algo! -repitió Sanin con arrobamiento.

 

Por supuesto, con el mismo deliquio hubiera repetido cualquiera otra frase de Gemna.

 

Luego le rogó que le contase con detalles todo lo acontecido la víspera.

 

Al punto comenzó con premura un relato un poco embrollado, con mezcla de sonrisas

 

y suspirillos, mientras que sus límpidos ojos cruzaban con Sanin miradas furtivas y

 

radiantes. Le contó cómo su madre, después de una conversación de tres horas, había

 

querido obtener de ella algo positivo; cómo a la postre se había separado de Frau Lenore

 

con la promesa de darle a conocer su resolución antes de finalizar el día; cómo le había

 

costado sumo trabajo obtener ese plazo moratorio; cómo de una manera enteramente

 

inesperada, había llegado Klüber con más humos y más bambolla que nunca; cómo había

 

expresado su descontento contra ese extranjero desconocido, cuya conducta era

 

imperdonable, digna de un chiquillo y hasta profundamente ofensiva (así decía) para él,

 

Klüber.

 

 

 

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Aludía a tu duelo -advirtió Gemma-, y exigía que inmediatamente se te cerrase la

 

puerta de casa. “Porque, decía él (y aquí Gemma remedó un poco la voz y los modales

 

del negociante), esto echa una mancha sobre mi honor, ¡como si yo no fuese capaz tan

 

bien como cualquier otro de defender a mi novia, si lo creyese necesario o simplemente

 

útil! Todo Francfort sabrá mañana que un extranjero se ha batido con un oficial por mi

 

futura. ¡Cómo puede interpretarse eso? ¡Eso mancha mi honor!” Mamá era de su parecer

 

¡Figúrate! Pero yo le declaré sin ambages que hacía mal en inquietarse por su honor y por

 

su persona, y en ofenderse por lo que dijesen acerca de su futura, en atención a que yo no

 

era ya su futura ¡y nunca sería su mujer! A decir verdad, hubiera querido, en primer

 

término, hablar con usted… contigo, antes de darle las calabazas en regla; pero vino, y no

 

pude contenerme. Mamá prorrumpió en gritos de espanto; yo me fui a otra habitación a

 

coger su anillo de esponsales (¿no has notado que desde hace dos días no lo llevo

 

puesto?) y se lo devolví. Se ofendió terriblemente; mas, como también son terribles su

 

amor propio y su presunción, partió sin darnos la lata. Naturalmente, he tenido que

 

aguantar muchos cargos de mamá; me daba pena verla tan afligida, y me dije que me

 

había dejado llevar harto de prisa de mis prontos, pero tenía tu carta, y además sabía yo

 

antes.. .

 

-¿Qué te amo?

 

-¡Sí, ya me amabas tú!

 

Así hablaba Gemma, confusa y sonriente, bajando la voz y aun callándose de pronto

 

cuando alguien pasaba junto a ellos. Sanin escuchaba en éxtasis y admiraba el sonido de

 

su voz, como la víspera había admirado su carácter de letra.

 

-Mamá está que la ahogan con un cabello -prosiguió Gemma (Y afluían las palabras a

 

sus labios)-; no quiere comprender que Herr Klüber me era odioso; que le había

 

aceptado no porque le ama se, sino por acceder a las súplicas de ella… Sospecha de

 

usted… digo de ti… o, más bien, para no mentir, está convencida de que yo te amaba, y

 

eso la contraría tanto más, cuanto que anteayer aun no se le había puesto en la cabeza

 

ninguna idea de este género, y precisamente a ti había encomendado que me hicieses

 

reflexionar… Era una extraña embajada, ¿no es así? Ahora te trata de hombre astuto y

 

solapado; dice que defraudaste su confianza, y me predice que defraudarás la mía…

 

-Pero Gemma -exclamó Sanin-, ¿acaso no le has dicho…?

 

-Nada le he dicho. ¿Tenía derecho a hablar yo antes de haberte visto?

 

Sanin palmoteó de gozo.

 

-Gemma, espero que a lo menos ahora se lo dirás todo y me presentarás a ella…

 

¡Quiero probarle que yo no engaño!

 

Mientras decía estas palabras, henchíase su pecho, lleno hasta desbordarse de

 

sentimientos nobles y generosos.

 

Gemma le miró de hito en hito.

 

-¿De veras quieres venir conmigo a casa a ver a mi madre, la cual pretende que… lo

 

que estaría bien hecho… es imposible entre nosotros y nunca podrá realizarse?

 

 

 

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Había una palabra que Gemma no podía decidirse a decir, aunque le abrasaba los

 

labios. Apresuróse Sanin a pronunciarla. -Quiero casarme contigo, Gemma; quiero ser tu

 

marido. No conozco en el mundo una felicidad más grande que esa.

 

No veía límites a su amor, a los nobles impulsos de su alma, a la energía de sus

 

resoluciones.

 

Al oír estas palabras, Gemma, que había retardado un instante su andar, lo aceleró aún

 

más que antes… Hubiérase dicho que trataba de huir de esa ventura, harto grande y harto

 

inesperada.

 

Pero, de pronto, le flaquearon las piernas: Herr Klüber, engalanado con un sobretodo y

 

un paletot nuevos, flamantes; tieso como un poste y rizado como un perro de aguas,

 

acababa de aparecer a la vuelta de una esquina, en una calleja, a cinco o seis pasos de

 

ellos. Conoció a Gemma y conoció a Sanin. Rezongando por dentro, digámoslo así, e

 

irguiendo el flexible talle, salióles al encuentro, contoneándose con aire descarado.

 

Sanin vaciló un segundo, pero echó una mirada al rostro de Herr

 

Klüber, quien afectaba un aire desdeñoso y hasta de lástima, miró aquella cara

 

rubicunda y vulgar… una oleada de ira subióle al corazón, y dio un paso adelante.

 

Gemma le agarró con presteza de la mano. Tranquila y resuelta, se cogió del brazo de

 

Sanin, mirando cara a cara a su antiguo novio. Los ojos de éste parpadearon indecisos y

 

contrajéronse sus facciones. Se apartó a un lado, mascullando entre dientes: “¡Así

 

concluye siempre la canción!” (¡Das alte Ende von Liede!) Y se alejó con el mismo paso

 

pretencioso y saltarín.

 

-¿Qué ha dicho el majadero? -preguntó Sanin.

 

Quiso correr tras de Klüber, pero Gemma le contuvo y prosiguió su marcha sin retirar

 

la mano que había pasado bajo el brazo de Sanin.

 

Apareció ante ellos la confitería Roselli. Gemma se detuvo por última vez y dijo:

 

-Demetrio, aún no hemos entrado, aún no hemos visto a mamá… Si aún quieres

 

reflexionar, sí, todavía eres libre, Demetrio. Por única respuesta, Sanin apretó con

 

fuerza el brazo de Gemma contra su pecho, y la impulsó adelante.

 

-Mamá -dijo ella, entrando con Sanin en la estancia donde se hallaba Frau Lenore-, ¡te

 

traigo mi verdadero prometido!

 

XXIX Si Gemma hubiese anunciado que traía el cólera o la misma muerte en persona, preciso

 

es creer que Frau Lenore no hubiera acogido la noticia con una desesperación más

 

grande. Sentóse inmediatamente en un rincón, vuelta la cara a la pared, y se deshizo en

 

llanto, casi a gritos, igual que una campesina rusa sobre el ataúd de su hijo o de su

 

marido. En el primer momento se puso Gemma tan desconcertada, que no se atrevió a

 

acercarse a su madre y se quedó inmóvil en medio de la pieza, como una estatua. Sanin,

 

alicaído, estaba a punto de llorar también. ¡Aquel dolor inconsolable duró una hora, una

 

hora entera! Pantaleone juzgó lo más oportuno cerrar la puerta de la calle de la confitería,

 

de miedo a que alguien entrase; por fortuna, la hora era muy temprana. El viejo estaba

 

receloso, y en todo caso poco satisfecho de la precipitación con que Sanin y Gemma

 

 

 

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habían procedido. Por supuesto, no tomó sobre sí el vituperarlos, antes hallábase

 

dispuesto a prestarles ayuda y protección en caso necesario: ¡odiaba tan de corazón a

 

Klüber! Emilio teníase por el intermediario entre su hermana y su amigo; en poco estuvo

 

que no se enorgulleciese al ver que todo había salido tan bien. Incapaz de comprender por

 

qué se desolaba su mamá, tentado estaba a decidir en su fuero interno que todas las

 

mujeres, hasta las mejores, carecen en el fondo de sentido común. Sanin fue, de todos,

 

quien más tuvo que sufrir. En cuanto se acercaba a ella, Frau Lenore soltaba gritos de

 

pavo real y agitaba los brazos para apartarle. En vano trató él de decir en alta voz varias

 

veces, manteniéndose a una distancia respetuosa:

 

-¡Pido a usted la mano de su hija!

 

Frau Lenore no podía consolarse, especialmente “de haber estado tan ciega para no ver

 

nada”.

 

-¡Si mi Giovanni Battista viviera aún -decía a través de sus lágrimas-, nada de esto

 

hubiera sucedido!

 

-¡Dios mío! –exclamaba para sus adentros Sanin-. Pero ¿qué es esto? En último

 

término, ¡esto es absurdo!

 

No se atrevía a mirar a Gemma, quien, por su parte, tampoco se determinaba a levantar

 

la vista hacia él. Contentábase con acariciar pacienzudamente a su madre, la cual había

 

comenzado también por rechazarla…

 

Al cabo se apaciguó poco a poco la tormenta. Frau Lenore cesó de llorar, permitió a

 

Gemma sacarla del rincón donde se había refugiado, instalarla en una butaca cerca de la

 

ventana, y que le hiciese beber agua con unas gotas de azahar. Permitió a Sanin no

 

aproximarse -¡oh, eso no!-, sino a lo menos que permaneciese en la estancia (antes no

 

cesaba de exigir que se marchase), y ya no le interrumpió al hablar. Sanin aprovechó en

 

el acto esos síntomas de sosiego, y desplegó una elocuencia pasmosa: no hubiera sabido

 

expresar sus intenciones y sentimientos con un calor más convincente a la misma

 

Gemma. Sus sentimientos eran los más sinceros, sus intenciones las más puras, como las

 

de Almaviva, en El barbero de Sevilla. No disimuló a Frau Lenore más que a sí mismo el

 

lado desfavorable de esas intenciones; pero esas desventajas, añadió, sólo existían en

 

apariencia… Era extranjero, conocíanle de poco tiempo, no se sabía nada positivo acerca

 

de su persona ni de sus recursos: todo esto era verdad. Pero estaba dispuesto a dar todas

 

las pruebas necesarias para dejar sentado que era de buena familia y poseedor de algunos

 

bienes ‘de fortuna; para ello se proporcionaría los certificados más fehacientes por parte

 

de sus compatriotas. Esperaba que Gemma sería feliz con él, y se esforzaría en dulcificar

 

para ella la pena de estar separada de su familia.

 

La idea de la separación, la palabra “separación” nada más, estuvo en poco que no

 

echase a perder el negocio. Frau Lenore manifestó suma agitación. Sanin se apresuró a

 

añadir que esa separación sólo sería temporal, y que, en último extremo, quizá no se

 

llevase a efecto.

 

La elocuencia de Sanin no quedó perdida. Frau Lenore comenzó a mirarle con aire de

 

tristeza y de amargura, pero no con la repulsión y la ira de antes; luego le permitió

 

aproximarse y sentarse junto a ella (Gemma estaba sentada al otro lado); después se puso

 

a dirigirles cargos, no sólo con la mirada sino con palabras, indicio de que se dejaba

 

 

 

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ablandar su corazón. Comenzó por condolerse, pero sus quejas se calmaron y se

 

suavizaron gradualmente, cediendo el puesto a preguntas hechas ya a su hija, ya a Sanin;

 

después le permitió que le cogiese la mano, sin retirarla al punto; luego volvió a

 

lloriquear, pero esas lágrimas eran muy diferentes de las primeras; luego se sonrió con

 

tristeza y se dolió de la ausencia de Giovanni Battista, pero en otro sentido muy diverso

 

que el de antes. Momentos después, los dos culpables, Sanin y Gemma, estaban de

 

rodillas ante ella, quien les ponía una tras otra las manos sobre la cabeza; otro instante

 

después, abrazábanla a cual más; y Emilio, con la faz radiante de entusiasmo, entraba

 

corriendo en el cuarto y se arrojaba en medio de ese grupo estrechamente abrazado.

 

Pantaleone echó una mirada a esa escena, sonrióse y se enfurruñó a la vez; y

 

atravesando la tienda, fue a abrir la puerta de la calle.

 

XXX El tránsito de la desesperación a la tristeza y de la tristeza a una dulce resignación no

 

había sido muy largo en Frau Lenore; pero esa misma resignación no tardó en

 

transformarse en una recóndita alegría, que, sin embargo, trató de disimular y contener

 

por salvar las apariencias. Desde el primer día, Sanin había sido simpático a Frau Lenore:

 

una vez acostumbrada a la idea de tenerlo por yerno, no encontró en ello nada

 

particularmente desagradable, aunque considerase como un deber el conservar en su

 

rostro una expresión de ofendida… o más bien, de escamona. Además, ¡había sido tan

 

extraordinario todo lo pasado en aquellos últimos días! … ¡Qué de cosas, unas tras otras!

 

En su calidad de mujer práctica y de madre, Frau Lenore se creyó en el deber de dirigir a

 

Sanin diversos interrogatorios. Y Sanin, que al ir por la mañana a su cita con Gemma, no

 

tenía la menor idea de casarse con ella (a decir verdad, no pensaba en nada entonces, y se

 

dejaba arrastrar por su pasión), Sanin entró resueltamente en su papel de prometido

 

esposo, y respondió a todas las preguntas con agrado y de una manera puntual y

 

detallada. Habiendo comprendido Frau Lenore, sin género alguno de duda, que era de

 

buena nobleza hereditaria y hasta un poco extrañada de que no fuese príncipe, tomó un

 

aire serio y “le previno de antemano” que tendría con él una franqueza brutal, ¡porque

 

el sagrado deber de madre la obligaba a ello! A lo cual respondió Sanin que eso mismo

 

pedía él, y que le suplicaba con instancia que no se quedase corta.

 

Entonces Frau Lenore le hizo observar que Herr Klüber (al pronunciar ese apellido

 

suspiró ligeramente, mordiéndose los labios y vaciló un poco), el antiguo novio de

 

Gemma, poseía ya ocho mil florines de renta, y que esta suma iría creciendo rápidamente

 

de año en año… Y él, Herr Sanin, ¿con qué ingresos contaba?

 

-Ocho mil florines -repitió lentamente Sanin-, en moneda rusa vienen a ser quince mil

 

rublos en asignados… Mis rentas son mucho menores. Poseo una pequeña hacienda en

 

el gobierno de Tula… Con una buena administración, puede y debe producir cinco o

 

seis mil rublos… Y si entro al servicio del Estado, puedo fácilmente conseguir un

 

sueldo de dos mil rublos.

 

-¿Al servicio de Rusia? –exclamó Frau Lenore-. ¡Tendré que separarme de Gemma!

 

-Podría entrar en la diplomacia -replicó Sanin-. Tengo algunas buenas relaciones… en

 

ese caso hay empleos en el extranjero. Pero he aquí lo que también pudiera hacerse, y

 

sería lo mejor: ven der mis tierras y emplear el capital que produzca esa venta en

 

algunas empresas lucrativas, por ejemplo, en ampliar el negocio de esta confitería.

 

 

 

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No se le ocultaba a Sanin que decía un absurdo. Pero ¡estaba poseído de una audacia

 

incomprensible! Miraba a Gemma, quien desde el principio de aquella conversación

 

práctica se levantaba a cada instante, daba algunos pasos por la estancia y volvía a

 

sentarse. Mirábale, y ya no conocía obstáculos; estaba dispuesto a arreglarlo todo al

 

minuto, del modo más acomodaticio, con tal de que ella no experimentase ninguna

 

inquietud.

 

Herr Klüber también tenía el propósito de darme una pequeña suma para arreglar la

 

tienda de confitería dijo Frau Lenore, después de una ligera vacilación.

 

-¡Madre mía, por amor de Dios! ¡Madre! -exclamó Gemma en italiano.

 

-Es preciso hablar por anticipado de esas cosas, hija mía -respondió Frau Lenore en

 

el mismo idioma.

 

Prosiguiendo su conversación con Sanin, le preguntó cuáles son en Rusia las leyes

 

relativas al matrimonio; si no habría nada que se opusiese a su unión con una católica,

 

como en Prusia. (Por aquel tiempo, en 1840, toda Alemania tenía presentes aún las

 

disensiones entre el gobierno prusiano y el arzobispo de Colonia, acerca de los

 

matrimonios mixtos.) Cuando Frau Lenore supo que su hija misma adquiriría la nobleza

 

por su enlace con un noble ruso, dio muestras de alguna satisfacción.

 

-Pero antes dijo- ¿tendrá que ir a Rusia?

 

-¿Por qué?

 

-¿Por qué?… Para obtener licencia de su emperador para casarse. Sanin le explicó que

 

eso era completamente inútil; pero que se vería tal vez obligado a ir, en efecto, por un

 

tiempo brevísimo, a Rusia, antes de la boda (mientras decía esas palabras oprimiósele

 

dolorosamente el corazón; y Gemma, que le miraba, comprendió su angustia, se

 

ruborizó y se puso pensativa), y que aprovecharía esa estancia en su patria para vender

 

sus tierras. En todo caso traería el dinero necesario.

 

-Entonces, me atrevería a suplicarle -dijo Frau Lenore-, que me trajese una bonita

 

piel de astrakán para hacerme un abrigo; dícese que por allá esas pieles son

 

asombrosamente bonitas y baratas.

 

-Así es; le traeré una a usted, con el mayor gusto, ¡y también a Gemma! -exclamó

 

Sanin.

 

-Y a mí un gorro de tafilete bordado con plata -dijo Emilio pasando la cabeza por el

 

marco de la puerta de la habitación inmediata.

 

-Bueno, te traeré uno… y unas zapatillas para Pantaleone.

 

-Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué? hizo observar Frau Lenore-. Ahora hablamos de

 

cosas serias. Estábamos -añadió aquella mujer práctica- en que decía usted: “Venderé

 

mis bienes”. ¿Cómo lo hará usted? ¿Venderá usted los colonos?

 

Sanin se estremeció como si le hubiesen dado un puñetazo en los vacíos. Acordóse de

 

que hablando con la señora Roselli y su hija, había manifestado sus opiniones acerca de

 

la servidumbre que, según decía, excitaba en él profunda indignación, y les había

 

asegurado en diversas ocasiones que jamás y bajo ningún pretexto vendería sus colonos,

 

pues consideraba este acto como una cosa inmoral.

 

 

 

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-Trataré de vender mis tierras a un hombre cuyos méritos me sean conocidos -dijo, no

 

sin vacilar-, o acaso mis siervos quieran ellos mismos comprar su rescate.

 

-Eso sería lo mejor -se apresuró a decir Frau Lenore-. ¡Porque vender hombres

 

vivos…!

 

-¡Barbari! -gruñó Pantaleone, que había aparecido en la puerta detrás de Emilio.

 

Sacudióse las melenas y desapareció.

 

“¡Diablo, diablo! -se dijo Sanin mirando a hurtadillas a Gemma, quien tenía aspecto de

 

no haber oído sus últimas palabras-. Entonces dijo para sí: -¡Bah, eso no importa nada!”

 

La conversación práctica se prolongó así casi hasta la hora de comer. Hacia el final,

 

Frau Lenore, completamente sosegada, llamaba Demetrio a Sanin y le amenazaba

 

amistosamente con el dedo pro metiéndole vengarse de la partida serrana que le había

 

jugado. Hizo que le diese muchos detalles acerca de su parentela, porque “eso es también

 

importantísimo” -decía-, también quiso que describiese la ceremonia del casamiento tal

 

como se ejecuta según los ritos de la Iglesia rusa, y se extasió de antemano con la idea de

 

ver a Gemma vestida de blanco y con una corona de oro en la cabeza.

 

-Mi hija es hermosa como una reina -dijo con un sentimiento de orgullo materno-, - ,

 

y, ni aun así, hay en el mundo una reina tan hermosa.

 

-¡No hay otra Gemma en el mundo! -añadió Sanin.

 

-¡También por eso es Gemma!

 

Sabido es que Gemma, en italiano, significa piedra preciosa. Gemma se echó al cuello

 

de su madre. Sólo a partir de este instante tuvo aspecto de respirar a sus anchas, y pareció

 

caérsele el peso que oprimía su alma.

 

Sanin se sintió de pronto en extremo feliz: una infantil alegría llenó su corazón…

 

¡Realizábanse los ensueños a que en otro tiempo se había entregado en aquel aposento!

 

Tal era su alegría, que en el acto se fue a la tienda; hubiera querido a toda costa vender

 

cualquier cosa detrás del mostrador, como algunos días antes…

 

-Ahora tengo derecho para hacerlo ¡Ya soy de la casa!

 

Se instaló de veras detrás del mostrador, y de veras vendió alguna cosa; es decir,

 

entraron dos muchachos a comprar una libra de bombones, por lo cual entregó lo menos

 

dos libras y no cobró más que media.

 

En la comida, ocupó junto a Gemma el sitio oficial de prometido. Frau Lenore

 

continuó sus consideraciones prácticas. Emilio se reía por cualquier cosa e insistía con

 

Sanin para que le llevase a Rusia. Convínose en que Sanin partiría al cabo de dos

 

semanas. Sólo Pantaleone puso gesto de vinagre; tanto, que la misma Frau Lenore se lo

 

echó en cara.

 

-¡Él, que ha sido testigo! Pantaleone la miró de reojo.

 

Gemma guardaba casi siempre silencio, pero nunca había estado su rostro más

 

resplandeciente y más bello. Después de comer, llamó a Sanin al jardín por un minuto; y

 

deteniéndose junto al banco donde la antevíspera había estado escogiendo las cerezas, le

 

dijo:

 

 

 

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-Demetrio, no te enfades conmigo, pero una vez más quiero decirte que no debes

 

considerarte como ligado en nada…

 

Sanin no la dejó acabar. Gemma volvió la cara.

 

Y en cuanto a lo que mamá ha dicho, ¿sabes?, respecto a la religión, ¡toma…! (Agarró

 

una crucecita de granates pendiente de su cuello por un cordoncillo; tiró con fuerza del

 

cordón, que se rompió,

 

y entregó a Sanin la cruz.) -Puesto que nos pertenecemos, nuestra fe ha de ser la

 

misma.

 

Los ojos de Sanin estaban húmedos, aun cuando regresó con Gemma.

 

Durante la velada, todo entró en el carril de costumbre y hasta se jugó al tressette.

 

XXXI Al día siguiente, Sanin se despertó muy temprano. Encontrábase en el pináculo de la

 

alegría humana, pero no era esto lo que le impedía dormir; lo que turbaba su reposo era la

 

cuestión fatal, la cuestión vital. ¿Cómo vender sus tierras lo más pronto y lo más caro

 

posible? Cruzaban por su mente los planes más diversos, pero nada se decidía aún con

 

claridad. Salió de la fonda a tomar el aire y a despejarse; no quería presentarse delante de

 

Genima sino con un proyecto ya maduro.

 

¿Quién es ese personaje pesadote sobre sus patazas, aunque correctamente vestido, que

 

va delante de Sanin con un movimiento de vaivén? ¿Dónde ha visto él aquella nuca

 

cubierta de rubios pelillos, aquella cabeza encajada entre los hombros, aquellas

 

espaldotas atocinadas, aquellas manos colgantes y morcilludas? ¿Es posible que sea

 

Polozoff, su antiguo condiscípulo de colegio, a quien ha perdido de vista desde hace

 

cinco años? Sanin se adelantó bien pronto al personaje que iba delante de él, y se volvió…

 

Esa caraza amarilla, esos ojuelos de cerdo, con cejas y pestañas blanquizcas, esa nariz

 

corta y ancha, esa barbilla sin bozo, imberbe, y toda la expresión de aquel rostro a la vez

 

agrio, perezoso y desconfiado: sí, es él, Hipólito Polozoff.

 

Una idea repentina cruzó por la mente de Sanin.

 

“¿No es mi estrella quien lo trae?”, pensó. Y dijo: -Polozoff, Hipólito Sidorovitch,

 

¿eres tú?

 

Detúvose el personaje, levantó sus ojuelos, vaciló un instante y despegando al fin los

 

labios, dijo con voz de falsete:

 

-¿Demetrio Sanin?

 

-¡El mismo que viste y calza! -exclamó Sanin estrechando una de las manos de

 

Polozoff, calzadas con estrechos guantes de color gris claro (colgaban inertes, como

 

antes, a lo largo de sus muslazos)-. ¿Hace mucho tiempo que estás aquí? ¿De dónde

 

vienes? ¿En dónde paras?

 

-Ayer llegué a Wiesbaden -respondió Polozoff sin apresurarse- con el fin de hacer

 

unas comprillas para mi mujer, y hoy mismo me vuelvo a Wiesbaden.

 

-¡Ah, sí! Es verdad: te has casado, y dicen que con una mujer guapísima.

 

Polozoff giró los ojos. -Sí, eso dicen. Sanin se echó a reír.

 

 

 

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-Veo que siempre eres el mismo, tan flemático como en el colegio.

 

-¿Por qué habría de cambiar?

 

Y dicen—añadió Sanin recalcando la palabra “dicen”- que tu mujer es muy rica.

 

-También eso se dice.

 

Pero tú, Hipólito Sidorovitch, ¿no sabes nada de eso?

 

-¿Yo, mi buen amigo Demetrio… Pavlovitch…? Sí, Pavlovitch, no me mezclo en los

 

asuntos de mi mujer.

 

-¿No te mezclas en ellos? ¿En ningún negocio? Polozoff volvió a girar los ojos.

 

-En ninguno, amigo mío… Ella va por un lado… y yo voy por otro.

 

Y ahora, ¿adónde vas?

 

Ahora no voy a ninguna parte; estoy en medio de la calle, hablando contigo, y en

 

cuanto hayamos acabado, me iré a mi cuarto, en la fonda, y almorzaré.

 

-¿Me quieres de compañero?

 

-¿Para qué asunto? ¿Para el almuerzo?

 

-Sí.

 

-Muy bien; comer dos juntos es mucho más agradable. No eres parlanchín, ¿no es

 

cierto?

 

No lo creo.

 

-Pues entonces, muy bien.

 

Polozoff siguió adelante, y Sanin se puso en marcha a su lado. Polozoff se había vuelto

 

a coser los labios, resollando con fuerza y contoneándose en silencio. Sanin pensaba:

 

“¿Cómo demonios ha hecho este gaznápiro para pescar una mujer rica y guapa? No es

 

rico, ni instruido, ni de talento; en el colegio le teníamos por un mocete flojo y bruto,

 

dormilón y tragaldabas, y le pusimos “baboso” de apodo. ¡Esto es muy extraordinario!

 

Pero puesto que su mujer es tan rica (dícese que es hija de un arrendatario del impuesto

 

sobre los alcoholes), ¿por qué no habría de comprarme mis tierras? Por más que dice que

 

él no se mete para nada en los negocios de su mujer, ¡eso no es creíble…! En ese caso,

 

pediré un precio razonable, ¡un buen precio! ¿Por qué no intentarlo? Quizá sea mi buena

 

estrella… Dicho y hecho: probaré.

 

Polozoff condujo a Sanin a una de las mejores fondas de Francfort, donde no hay que

 

decir que había tomado la mejor habitación. Las mesas y las sillas estaban atestadas de

 

carpetas, cajas, líos… -Todo esto, amigo mío, son compras para María Nicolavna. Así se

 

llamaba la mujer de Hipólito Sidorovitch.

 

Polozoff se dejó caer en una butaca, gimió un “¡Qué calor!”, se aflojó la corbata, llamó

 

al primer camarero y le encargó minuciosamente un almuerzo de los más opíparos.

 

-¡Que el coche esté dispuesto para la una! ¿Oye usted? ¡Para la una en punto!

 

 

 

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El primer camarero saludó obsequioso y desapareció como un esclavo de los cuentos

 

de hadas.

 

Polozoff se desabrochó el chaleco. Nada más que por el modo de levantar las cejas y

 

fruncir la nariz podía comprenderse que el hablar sería para él cosa penosísima; y que

 

esperaba, no sin alguna ansiedad, a ver si Sanin le obligaría a darle a la sin hueso, o si se

 

echaría sobre sí propio la carga de sostener la conversación.

 

Sanin se caló el estado de ánimo de su amigo y se libró muy bien de abrumarlo a

 

preguntas; se contentó con los informes más necesarios. Supo que Polozoff había estado

 

dos años en el servicio mi litar, en un regimiento de lanceros (¡estaría precioso con la

 

chaquetilla corta de uniforme!); llevaba tres años de casado y dos años de viajes por el

 

extranjero con su mujer, que estaba curándose en Wiesbaden sabe Dios de qué, y se

 

proponía ir enseguida a París. Sanin, por su parte, le habló poquísimo de su vida pasada y

 

de sus planes para lo futuro; se fue derecho al grano, es decir, le participó su propósito de

 

vender sus tierras.

 

Polozoff le escuchaba en silencio y miraba de vez en cuando la puerta por donde tenía

 

que venir el almuerzo… El almuerzo llegó por fin. El primer camarero, acompañado por

 

otros dos mozos, trajo muchos platos cubiertos con campanas de plata.

 

-¿Es tu hacienda del gobierno de Tula? -dijo Polozoff poniéndose a la mesa y

 

pasándose la punta de la servilleta por dentro de la trilla de la camisa.

 

-Sí.

 

-Cantón de Efremoff, ya sé.

 

-¿Conoces mi Alesievska? -preguntó Sanin sentándose también

 

-Ciertamente que la conozco. -(Polozoff se metió en la boca un trozo de tortilla con

 

trufas)-. María Nicolavna, mi mujer, tiene allí cerca una finca… ¡Camarero, destape

 

usted esta botella! … La tierra no es mala, pero los campesinos te han talado el

 

bosque. ¿Por qué la vendes?

 

Necesito dinero. No la vendo cara. Si la comprases tú, vendría de molde.

 

Polozoff sorbió un vaso de vino, se limpió con la servilleta y se puso otra vez a mascar

 

despacio y con ruido. Por fin dijo:

 

-Sí, yo no compro tierras, no tengo dinero… Dame la manteca… Acaso la compre mi

 

mujer. Háblale de eso. Si no pides caro… Por supuesto que ella ni se para en barras

 

por eso… Pero ¡qué burros son estos alemanes! ¡Ni siquiera saben cocer un pescado!

 

Y, sin embargo, ¿hay algo más sencillo? Y tienen la poca lacha de hablar de la

 

unificación de su Vaterland… ! ¡Mozo, llévese usted esta porquería!

 

-¿De veras se ocupa tu mujer misma de la administración de sus bienes? preguntó

 

Sanin.

 

-Sí, ella misma… Por lo menos, ¡buenas chuletas! Te las recomiendo… Ya te he

 

dicho, Demetrio Pavlovitch, que no me meto para nada en los negocios de mi mujer; y

 

vuelvo a repetirlo.

 

 

 

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Polozoff continuó comiendo con chasquidos de labios. -¡Hum…! Pero ¿cómo podría yo

 

hablarle, Hipólito Sidorovitch?

 

Pues… muy sencillo, Demetrio Pavlovitch. Vete a Wiesbaden; no está lejos de aquí…

 

¡Mozo! ¿Hay mostaza inglesa? ¿No? ¡Qué brutos… ! Pero no pierdas tiempo; nos vamos

 

pasado mañana… Permite que te sirva un vaso de este vino. No es aguapié; tiene aroma.

 

Enrojecióse el rostro de Polozoff y se animó, lo cual sólo le sucedía cuando estaba

 

comiendo… o bebiendo.

 

-En verdad -murmuró Sanin-: no sé cómo arreglármelas.

 

-Pero, ¿qué es lo que tanto te apremia?

 

- Querido, es que justamente estoy apremiado.

 

-¿Necesitas una suma cuantiosa?

 

-Sí, tengo… ¿cómo te lo diré…? Tengo el propósito de casarme. Polozoff dejó en la

 

mesa el vaso que iba a llevarse a los labios.

 

-¿Casarte? -dijo con voz ronca de asombro, y cruzó las abotagadas manos sobre el

 

estómago-. ¿Tan prematuramente?

 

-Sí, enseguida.

 

-Supongo que estará en Rusia tu prometida.

 

-No, no está en Rusia.

 

-Pues entonces, ¿dónde? :

 

-Aquí, en Francfort.

 

-¿Quién es ella?

 

Una alemana; es decir, no, una italiana establecida aquí.

 

-¿Con dote?

 

-Sin dote.

 

Entonces, preciso es que sientas un amor violentísimo

 

-¡Qué guasón eres…! Sí, muy violento.

 

-¿Y para eso necesitas dinero?

 

-Pues, ¡sí, sí y sí!

 

Polozoff tragó el vino, se enjugó la boca, se lavó las manos, se las enjugó a conciencia

 

en la servilleta, sacó un cigarro y lo encendió. Sanin le miraba en silencio.

 

-No veo más que un medio -dijo por fin Polozoff, echando atrás la cabeza y dejando

 

salir por entre los labios una tenue bocanada de humo-. Vete a ver a mi mujer… Si

 

quiere, con su blanca mano reparará todo el mal.

 

-Pero, ¿cómo arreglármelas para verla? ¿No dices que os vais pasado mañana?

 

Polozoff cerró los ojos.

 

 

 

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Escucha dijo dando vueltas al cigarro entre los labios y resoplando-: vete a tu casa,

 

vístete lo más de prisa posible y vuelve aquí. Me voy dentro de una hora; mi coche es

 

muy espacioso; te llevo conmigo. Eso es lo mejor. Y ahora, voy a echar un sueño.

 

Querido, cuando como, necesito imprescindiblemente dormir después. Mi temperamento

 

lo exige, y yo no me opongo a ello. No me lo estorbes, si te place.

 

Sanin meditó, meditó… y de pronto alzó la cabeza. Se había decidido.

 

-Bueno, consiento en ello, y te doy las gracias. A las doce y media estaré aquí, y

 

nos iremos juntos a Wiesbaden. Espero que tu mujer no me tomará ojeriza…

 

Pero Polozoff roncaba ya, murmurando: -¡No me molestes!

 

Agitó las piernas y se durmió como un recién nacido.

 

Sanin echó otra mirada a su amazacotada persona, a su cabeza, su cuello, su barba al

 

aire, redonda como una manzana; salió de la fonda y dirigióse a paso largo a la confitería

 

Roselli. Necesitaba advertir a Gemma.

 

XXXII La encontró en la tienda con su madre. Frau Lenore, inclinada adelante, medía la

 

distancia entre las ventanas, con un metro articulado. Al ver a Sanin, se enderezó y le

 

saludó alegre, aunque con un poco de cortedad.

 

-Desde lo que me dijo usted ayer, no hago más que revolverme los sesos pensando en

 

los medios de embellecer nuestra tienda. Creo que convendría poner aquí dos armaritos

 

con tablas de cristal azogado. ¿Sabe usted? Eso es de moda hoy. Y además…

 

-Muy bien, muy bien -interrumpió Sanin-; habrá que pensar en todo eso… Pero,

 

venga usted acá; tengo que decirle una cosa.

 

-Dio el brazo a las dos damas y las condujo a la trastienda. Frau Lenore, intranquila,

 

dejó caer el metro que tenía en la mano. Gemma no estaba lejos de alarmarse también,

 

pero se tranquilizó al mirar a Sanin con más atención. Su rostro, aunque preocupado,

 

expresaba resolución y una especie de audacia alegre. Rogó a las dos mujeres que se

 

sentasen y él permaneció de pie ante ellas. Con muchos ademanes, con el pelo

 

desgreñado, se lo contó todo: su encuentro con Polozoff, su proyectado viaje a

 

Wiesbaden, la posibilidad de vender su hacienda, exclamando por último:

 

-¡Imagínense mi felicidad! El asunto ha tomado tal giro que acaso no tenga ni aun

 

necesidad de ir a Rusia, y podremos celebrar la boda mucho más pronto de lo que yo

 

suponía.

 

-¿Cuándo te marchas? -preguntó Gemma.

 

Hoy, dentro de una hora; mi amigo tiene coche y me lleva consigo.

 

-¿Nos escribirás?

 

-En seguida… Así que hable con esa señora, cogeré la pluma.

 

-¿Dice usted que es rica esa señora? preguntó Frau Lenore, siempre práctica.

 

Inmensamente… Su padre era millonario, y se lo dejó todo. -¿Todo? ¿A ella solita?

 

Vamos, tiene usted buena sombra. Sólo que ¡mucho ojo! No venda usted sus tierras muy

 

 

 

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baratas; sea usted razonable y firme. ¡No se deje usted arrebatar! Comprendo sus deseos

 

de ser marido de Gemma lo antes posible, pero ante todo, ¡prudencia! No lo olvide:

 

cuanto más cara venda su finca, más dinero habrá para los dos y… para vuestros hijos.

 

Gemma volvió la cabeza con apuro, y Sanin volvió a empezar con sus ademanes.

 

-Puede usted, Frau Lenore, confiar en mi prudencia. Aparte de que no voy a

 

chalanear. Diré el justo precio: si me lo da, muy bien; y si no, ¡vaya bendita de Dios!

 

-¿Conoces a esa señora? preguntó Gemma.

 

-En mi vida la he visto

 

-¿Y cuándo volverás?

 

-Si no se arregla el negocio, vuelvo pasado mañana; pero si todo va bien, tal vez

 

tenga que estar uno o dos días más. En todo caso, no perderé un minuto. ¡Dejo aquí mi

 

alma, bien lo sabes…! Pero me voy a retrasar hablando con ustedes, y aún tengo que

 

pasarme por casa antes de partir. Deme usted la mano, Frau Lenore, para darme buena

 

suerte: es costumbre nuestra en Rusia.

 

-¿La derecha o la izquierda?

 

-La izquierda, la mano del corazón. Vuelvo pasado mañana… ¡con el escudo, o sobre

 

el escudo! Algo me dice que vendré vencedor. Adiós, mis buenas, mis queridas

 

amigas…

 

Abrazó a Frau Lenore, y rogó a Gemma que pasase con él a su cuarto un minuto,

 

porque tenía que comunicarle una cosa importantísima. Quería sencillamente despedirse

 

de ella a solas. Frau Lenore lo comprendió, y no tuvo la curiosidad de preguntar qué

 

asunto tan importante era aquél…

 

Sanin no había entrado nunca en el dormitorio de Gemma. Todo el encanto del amor,

 

todos sus ardores, su entusiasmo, su dulce temor, todo ello brotó y se derramó en su alma

 

así que hubo traspuesto los umbrales de aquel sagrado recinto… Echó en torno suyo una

 

mirada enternecida, cayó a los pies de la hechicera joven y escondió el rostro entre los

 

pliegues de su falda.

 

-¿Eres mío? murmuró ella-. ¿Volverás pronto?

 

-Tuyo soy, volveré… -repitió él, palpitante.

 

-Te espero, mi bien amado.

 

Algunos instantes después, estaba Sanin en la calle para irse a su fonda. Ni siquiera

 

reparó que Pantaleone, más desgreñado que nunca, se había precipitado en seguimiento

 

suyo desde el quicio de la confitería, gritándole alguna cosa, y, al parecer, amenazándole

 

con el brazo levantado.

 

A la una menos cuarto en punto, entró Sanin en el alojamiento de Polozoff Su coche,

 

enganchado con cuatro caballos, estaba ya en la puerta de la fonda. Al ver a Sanin,

 

limitóse Polozoff a decir:

 

-¡Ah! ¿Te has decidido?

 

 

 

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En seguida se puso el sombrero, el abrigo y los chanclos, metióse algodón en rama en

 

las orejas, aunque era en pleno verano, y se dirigió al pórtico. Obedientes a sus órdenes,

 

los mozos de la fonda colocaron sus numerosas compras dentro del carruaje, rodearon de

 

almohadoncitos, de sacos de mano y de paquetes el asiento que iba a ocupar, pusieron a

 

los pies un cesto lleno de víveres y ataron una maleta en el pescante. Polozoff les pagó

 

con largueza; y sostenido respetuosamente por detrás por el oficioso portero, entró por fin

 

en el coche gimoteando, tomó asiento, apretó y amontonó muy cómodamente todo lo que

 

le rodeaba, eligió y encendió un cigarro. Sólo entonces hizo seña con el dedo a Sanin,

 

diciéndole:

 

-¡Vamos, sube tú también!

 

Sanin se colocó junto a él. Por conducto del portero, Polozoff ordenó al postillón que

 

anduviese aprisa, si quería ganarse una buena propina; resonó el estribo al doblarse,

 

cerróse con estrépito la portezuela, y el coche empezó a rodar.

 

XXXIII En nuestros días, entre Francfort y Wiesbaden no hay una hora por ferrocarril; pero por

 

aquellos tiempos, había tres horas de camino por la posta, y cinco relevos de caballos.

 

Polozoff, medio dormido, se zangoloteaba suavemente con un cigarro en los labios;

 

hablaba muy poco y no miró ni una sola vez por la ventanilla; los puntos de vista

 

‘pintorescos no tenían para él nada de interesantes, y hasta declaró que “¡la naturaleza le

 

aburría mortalmente!” Sanin tampoco decía nada, y no admiraba el paisaje: tenía otra

 

cosa en la cabeza. Estaba absorto en sus pensamientos y recuerdos. A cada parada,

 

Polozoff ajustaba sus cuentas, comprobaba el tiempo, según su celo. A la mitad del

 

camino, sacó dos naranjas del cesto de las provisiones, eligió la mejor y ofreció la otra a

 

Sanin. Éste miró fijamente a su compañero de camino, y de pronto soltó el trapo a reír.

 

-¿De qué te ríes? preguntó Polozoff, mondando con esmero su naranja, con ayuda de

 

sus uñas blancas y cortas.

 

-¿De qué? -repitió Sanin-. De este viaje que hacemos juntos.

 

-¡Bueno! ¿Y qué? insistió Polozoff, metiéndose en la boca un gajo de naranja.

 

-¡No es extraño este viaje! Ayer, lo confieso, lo mismo me acordaba de ti que del

 

emperador de China; hoy marcho contigo a vender mis tierras a tu mujer, a quien no

 

conozco ni poco ni mucho.

 

Todo sucede en la vida -respondió Polozoff-. Conforme tengas más años, verás otras

 

muchas cosas. Por ejemplo: ¿me ves ahora en formación? Pues he estado; iba a caballo, y

 

cátate que el gran duque Miguel Pav1ovitch manda:” ¡Al trote! ¡Ese alférez gordo, al

 

trote! ¡Alargue usted el trote!”.

 

Sanin se rascaba la oreja.

 

Dime, si te place, Hipólito Sidorovitch, ¿qué clase de persona es tu mujer? ¿Cuáles son

 

sus ideas? Eso es lo que necesito saber…

 

-A él nada le costaba mandar: “¡Al trote! - –continuó Polozoff con una súbita

 

explosión de ira-. Pero a mí… ¡a mí…! Entonces me dije: “¡Quedaos con vuestros

 

grados y charreteras…! ¡Al demonio todo esto!”. Sí… ¿me hablabas de mi mujer? Pues

 

bien; mi mujer, es una mujer como todas las demás. Ya sabes el proverbio: “No te

 

 

 

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metas los dedos en la boca.” Lo esencial es que hables mucho… para que por lo menos

 

haya algo de qué reírse unas miajas. Oye cuéntale de tus amores… pero de un modo un

 

poco ridículo, ¿sabes?

 

-¿Cómo un poco ridículo?

 

-¡Pues claro! ¿No me has dicho que estás enamorado y que te quieres casar? Pues

 

bien, ¡cuéntale eso!

 

Sanin se sintió ofendido.

 

-¿Qué encuentras en eso de ridículo?

 

Polozoff giró un poco los ojos por única respuesta; chorreábale por la barba el zumo de

 

naranja.

 

-¿Es tu mujer quien te ha enviado a Francfort para hacer compras? -dijo Sanin

 

después de un rato de silencio.

 

- En persona.

 

-¿Qué clase de compras?

 

-¡Caramba, juguetes!

 

-¿Juguetes? ¿Tenéis hijos?

 

Polozoff retrocedió pasmado.

 

-¡Vaya una idea! ¿Tener yo hijos? Ringorrangos de mujer… Adornos… Objetos de

 

tocador…

 

-¿De modo que entiendes tú de eso?

 

-Ciertamente.

 

-¿Pero no me has dicho que no te mezclas para nada en los asuntos de tu mujer?

 

No me meto en sus otros negocios; pero en esto… esto marcha por sí solo. No teniendo

 

nada que hacer, ¿por qué no? Y mi mujer se fía de mi gusto; además, sé regatear como se

 

debe.

 

Polozoff comenzaba a hablar a trompicones: estaba fatigado ya.

 

-¿Y es muy rica tu mujer?

 

-Como rica, lo es; pero, sobre todo, para ella misma.

 

-Sin embargo, me parece que no puedes quejarte.

 

-¿No soy su marido? ¡Pues no fallaría más sino que no me aprovechase de ello! Y le

 

soy muy útil; conmigo todo va en su provecho.

 

-¡Soy muy acomodaticio!

 

Polozoff se secó la cara con un pañuelo de seda y resolló con trabajo. Parecía decir:

 

“¡Apiádate de mí; no me obligues a pronunciar una palabra más. Ya ves qué trabajo me

 

cuesta!”

 

Sanin le dejó descansar y volvió a sumirse en sus meditaciones.

 

 

 

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El hotel delante del cual paró el coche en Wiesbaden era un verdadero palacio. En el

 

acto empezaron a tocar en el interior una porción de campanillas. Todo fue inquietud y

 

movimiento. Elegantes “caballeros” con frac negro se precipitaron hacia la entrada

 

principal. Un suizo, galoneado de oro, abrió de par en par la portezuela del carruaje.

 

Polozoff bajó de él como un triunfador, y comenzó la tarea de subir la escalera perfumada

 

y cubierta de alfombra. Un criado, también vestido correctamente, pero de fisonomía

 

rusa, su ayuda de cámara, se lanzó delante de él. Anuncióle Polozoff que en lo sucesivo

 

le llevaría siempre, pues la víspera, en Francfort, habían descuidado llevarle agua caliente

 

para la noche. El rostro del criado expresó una consternación profunda, y se apresuró a

 

bajarse para sacarle los chanclos a su amo.

 

-¿Está en casa María Nicolavna? preguntó Polozoff.

 

-Sí, señor… La señora se está vistiendo… Come en casa de la condesa Lassunsa.

 

-¡Ah, en casa de ésa… ! Espera… Hay unos líos en el coche; sácalos y tráelos tú

 

mismo… Y tú, Demetrio Pavlovitch -añadió Polozoff-, vete a elegir dormitorio y vuelve

 

dentro de tres cuartos de hora… Comeremos juntos.

 

Polozoff continuó majestuosamente su camino. Sanin eligió un dormitorio modesto, y

 

después de arreglar el desorden de su tocado y de descansar un rato, dirigióse a las

 

inmensas habitaciones que ocupaba Su Alteza (Durchlaucht) el príncipe von Polozoff.

 

Encontró a este “príncipe” arrellanado en la más lujosa de las butacas de terciopelo, en

 

medio de un salón espléndido. El flemático amigo de Sanin había tenido tiempo de tomar

 

un baño y ponerse una suntuosa bata de raso, cubríale la cabeza un fez de color de

 

grosella. Sanin se aproximó a él y lo estuvo contemplando durante algún tiempo.

 

Polozoff permanecía inmóvil como un ídolo; ni siquiera dirigió la cara hacia su lado, no

 

pestañeó, no produjo ningún sonido: aquello era verdaderamente un espectáculo lleno de

 

solenmidad. Después de haberlo admirado durante unos dos minutos, iba Sanin a hablar,

 

a romper aquel fatídico silencio, cuando de pronto abrióse la puerta de la estancia

 

inmediata y apareció en el umbral una señora joven y guapa, vestida de seda blanca con

 

encajes negros y diamantes en los brazos y en el cuello: era María Nicolavna en persona.

 

Sus espesos cabellos castaños caían a los dos lados de la cabeza, trenzados, pero sin

 

levantar.

 

XXXIV -¡Ah! -exclamó con una sonrisa medio cortada, medio burlona, cogiendo con rapidez la

 

punta de una de sus trenzas y clavando en Sanin sus ojazos de un gris luminoso-.

 

¡Perdón! No sabía que estaba usted ya aquí.

 

-Sanin Demetrio Pav1ovitch, mi amigo de la infancia dijo Polozoff sin levantarse y sin

 

mirar tampoco a Sanin, limitándose a indicarlo con el dedo.

 

-Sí… ya sé… ya me habías hablado de este caballero. Mucho gusto en conocer a usted…

 

Pero oye, Hipólito Sidorovitch, quería rogarte… Es tan torpe mi doncella…

 

-¿Quieres que te peine yo?

 

-Sí, sí, te lo suplico… Dispense usted -repitió con la misma sonrisa, dirigiendo a Sanin

 

un leve saludo de cabeza.

 

 

 

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Giró sobre sí misma y desapareció, dejando tras de sí la impresión armoniosa y fugitiva

 

de un cuello encantador, unos hombros admirables y un talle precioso.

 

Levantóse Polozoff y salió por la misma puerta, con su paso tardo y patoso.

 

Sanin no dudó un minuto de que la dama estaba advertida de su presencia en el salón

 

del “príncipe Polozoff”. Ese tejemaneje no había tenido más objeto que lucir su cabellera,

 

que, en efecto, era bellísima. Sanin hasta se regocijó en sus adentros de aquella salida de

 

la señora Polozoff.

 

“Ha querido fascinarme, deslumbrarme… ¿Quién sabe? tal vez nos arreglemos acerca

 

del precio de mis tierras.”

 

Su alma estaba tan ocupada por Gemma, que las demás mujeres ya no tenían interés

 

para él; apenas notaba la existencia de ellas. Por aquella vez, se limitó a pensar:

 

“No me habían engañado respecto a esta señora: no es del todo maleja!”

 

Si no se hubiese hallado en una tan excepcional disposición de ánimo, su observación

 

hubiera tomado sin duda otra forma. María Nicolavna Kalychin de Polozoff era

 

realmente una mujer muy digna de excitar la atención. Y no porque fuese de una

 

hermosura cabal: traslucíanse harto en ella los inequívocos signos de su origen plebeyo.

 

Tenía la frente baja, la nariz algo carnosa y arremangada; no podía presumir por la finura

 

de la piel, ni por la elegancia de las extremidades. Pero ¿qué importaba eso? Al

 

encontrársela, todo hombre se hubiera detenido, no ante “la sacra majestad de la belleza”

 

(para decirlo como Puchin), sino ante la fuerza y la gracia de un buen palmito de mujer

 

en toda su florescencia, tipo medio ruso, medio bohemio; y no hubiera sido

 

“involuntario” ese homenaje de admiración.

 

Pero la imagen de Gemma protegía a Sanin, como el “triple broncíneo escudo” de

 

Horacio.

 

Al cabo de diez minutos, reapareció María Nicolavna acompañada por su marido.

 

Adelantóse hacia Sanin con esos andares cuyos hechizos habían bastado para hacer

 

perder la chaveta a muchos entes originales de aquel tiempo, ¡ah!, tan lejano del actual.

 

“Cuando esa mujer avanza hacia uno, parece que le trae toda la felicidad de su vida” -

 

pretendía uno de ellos. Adelantóse hacia Sanin alargándole la mano, y le dijo en ruso con

 

voz cariñosa y contenida a la vez: Me esperaba usted, ¿no es así? Pronto vuelvo.

 

Sanin se inclinó respetuoso, pero María Nicolavna desaparecía ya tras el cortinaje de la

 

puerta. Volvió ella la cabeza por encima de su hombro con rápida sonrisa, y desapareció

 

dejando en pos de sí la misma impresión de armonía.

 

Al sonreírse, no era uno ni dos, sino tres, los hoyuelos que se le formaban en cada una

 

de sus mejillas, y sus ojos se sonreían aún más que sus labios, labios bermejos, regordetes

 

y sabrosos, realzados en el ángulo izquierdo por dos lunarcillos.

 

Polozoff atravesó con pesadez el salón y volvió a dejarse caer de nuevo en la butaca.

 

Permaneció silencioso como antes; pero, de vez en cuando, una extraña mueca hinchaba

 

sus carrillos descoloridos y surcados por arrugas precoces.

 

Tenía aspecto avejentado, aunque sólo llevaba tres años a Sanin. La comida que dio a

 

Sanin y que (dicho está) hubiera satisfecho al inteligente más difícil de gusto, pareció a

 

 

 

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Sanin de una duración insoportable. Polozoff comía con lentitud, con reflexión y

 

conocimiento de causa, inclinábase con aire atento sobre su plato, y husmeaba, digámoslo

 

así, cada bocado. Al beber, se enjuagaba la boca con el vino antes de tragarlo, y después

 

hacía castañear los labios… Después del asado, emprendió sin más ni más un largo

 

discurso (¡pero, sobre qué asunto!) acerca de los carneros merinos, de los cuales pensaba

 

adquirir un rebaño completo, y habló de eso con infinitos detalles, empleando los más

 

tiernos diminutivos. Sorbió el café ardiendo, no sin repetir muchas veces al mozo de

 

comedor, con voz iracunda y lacrimosa, que la víspera le habían servido frío el café, ¡frío

 

como un sorbete! Luego, con sus dientes amarillos y mal alineados, mordió la punta de

 

un tabaco habano y se durmió, según costumbre, con gran regocijo de Sanin, que se puso

 

a pasear sobre la blanda alfombra, soñando con el género de vida que llevaría con

 

Gemma y pensando en las noticias que iba a llevarle. Sin embargo, Polozoff se despertó

 

mucho más pronto que de costumbre, según él mismo hizo observar; no había dormido

 

más que una horita y media. Bebió un vaso de agua de Seltz con hielo y se tragó siete u

 

ocho grandes cucharadas de dulce, de dulce ruso, que su ayuda de cámara le trajo en un

 

verdadero bote de Kiev, de vidrio verde oscuro, y sin los cuales decía que no hubiera

 

podido vivir; después de lo cual fijó sus ojuelos hinchados en Sanin y le preguntó si

 

quería jugar con él duraki. Sanin aceptó con sumo gusto: temblábanle las carnes ante el

 

temor de que Polozoff empezase otra vez a hablarle de los corderitos y de las ovejitas, y

 

de las grasientas colitas de treinta libras de peso.

 

El anfitrión y su huésped volvieron juntos a la sala; un criado les llevó naipes y

 

empezase la partida, naturalmente sin traviesa.

 

Al regresar la señora Polozoff de casa de la condesa Lassunsa, los halló entregados a

 

esa distracción inocente.

 

En cuanto entró, al ver la baraja soltó una estrepitosa carcajada. Sanin se levantó con

 

prontitud, pero ella le dijo:

 

-¡Quédense y jueguen! No hago más que cambiar de traje y vuelvo.

 

Luego desapareció, quitándose los guantes y andando con un ruido de sedas.

 

En efecto, casi al momento regresó. Su elegante vestido habíase trocado por una amplia

 

bata de seda de color de lila, con manga perdida; un grueso cordón de nudos y retorcido

 

le apretaba la cintura. Sentóse junto a su marido y aguardó a que éste perdiese la partida,

 

para decirle:

 

-Vamos, mi gran boliche, basta ya. (Al oír Sanin esta expresión de “boliche”, la miró

 

con asombro, y ella le devolvió mirada por mirada con alegre sonrisa que hizo aparecer

 

todos sus hoyuelos.) -Ya basta prosiguió-; veo que tienes ganas de dormir; bésame la

 

mano y vete. Tenemos que hablar Sanin y yo.

 

-No tengo ganas de dormir -dijo Polozoff, levantándose con trabajo de la butaca-. Pero

 

en cuanto a besarte la mano y marcharme, no digo que no.

 

Presentóle ella la palma de la mano, sin cesar de sonreírse y de mirar a Sanin.

 

También le miró Polozoff, y salió sin decirle buenas noches.

 

 

 

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-Ahora, hable, cuénteme -dijo la señora Polozoff con vivacidad, poniendo a la vez en la

 

mesa ambos codos desnudos y chocan do unas con otras las uñas con aire de

 

impaciencia-. ¿Es cierto eso? Dicen que se casa usted.

 

Hecha esta pregunta, María Nicolavna inclinó la cabeza un poco de lado para clavar en

 

los ojos de Sanin una mirada más fija y penetrante.

 

XXXV La desenvoltura de los modales de la señora Polozoff hubiera trastornado

 

probablemente a Sanin desde el primer momento (aun cuando no era enteramente novato

 

y había corrido ya un poco de mundo), si no hubiese creído ver en esa confianza y en esa

 

familiaridad un feliz augurio para el buen éxito de sus proyectos.

 

“Halaguemos los caprichos de esta millonaria” -dijo para sí resueltamente; y con el

 

mismo desenfado con que ella había hecho la pregunta, respondió él:

 

-Sí, me caso.

 

-¿Con quién? ¿Con una extranjera?

 

-Sí, señora.

 

-¿Hace poco que la conoce usted? ¿Vive en Francfort?

 

-Exacto.

 

-¿Y quién es ella? ¿Puede saberse?

 

-Sin duda… Es la hija de un confitero.

 

La señora Polozoff enarcó las cejas, abriendo tamaños ojos, y dijo con lentitud:

 

-¡Eso es encantador! ¡Es admirable! ¡Yo creía que no se encontraban en la tierra

 

jóvenes como usted! ¿La hija de un confitero?

 

-Veo que eso le asombra a usted dijo Sanin con aire digno-. Pero, en primer lugar,

 

yo no tengo esas preocupaciones.

 

-Ante todo -interrumpió la señora Polozoff-, eso no me asombra de ninguna, y yo

 

no tengo las menores preocupaciones… Yo misma soy hija de un campesino. ¡Ah!

 

¿Qué dice usted a esto? Lo que me pasma y me hechiza es ver a un hombre que no

 

teme amar. Porque usted la ama, ¿no es cierto?

 

-Sí.

 

-¿Es muy bonita, sin duda?

 

Esta última pregunta apuró un poco a Sanin, pero ya no era tiempo de retroceder.

 

-Señora, ya sabe usted que cada cual prefiere a todos los demás el rostro de aquella

 

a quien ama; pero mi prometida es verdaderamente muy bella.

 

-¿De veras? ¿Qué tipo tiene? ¿Italiana? ¿Clásica?

 

-Sí, tiene una perfecta regularidad de facciones.

 

-¿No tiene usted su retrato?

 

- No.

 

 

 

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Por aquella época aún no existía la fotografía; apenas comenzaba a difundirse el

 

daguerrotipo.

 

-¿Cuál es su nombre de pila?

 

-Gemma.

 

-¿Y el de usted? -Demetrio.

 

-¿Y además?

 

-Pavlovitch.

 

-¿Sabe usted una cosa? -dijo la señora Polozoff, siempre con la misma lentitud-. Me

 

gusta usted mucho, Demetrio Pavlovitch. Debe ser usted un hombre galante. Choque

 

usted esa mano. Seamos amigos.

 

Sus lindos dedos, blancos y robustos, apretaron con vigor los dedos de Sanin. Su mano

 

no era mucho más pequeña que la del joven, pero era más tibia, más suave, y, por decirlo

 

así, más viva.

 

-¿Sabe usted -dijo ella- qué idea se me ocurre?

 

-¿Qué?

 

-¿No se enfadará usted? ¿No? Dice usted que es su futura esposa… pero… ¿le es a

 

usted eso absolutamente necesario?

 

Sanin frunció las cejas.

 

-Señora, no la comprendo a usted.

 

María Nicolavna se echó a reír quedito, y con un movimiento de cabeza echó atrás los

 

cabellos que le caían sobre las mejillas.

 

-Decididamente es encantador -dijo con aire meditabundo y distraído a la vez-. ¡Un

 

verdadero caballero! Después de esto, ¡vaya usted a creer a las gentes que sostienen

 

que ya no hay idealistas!

 

La señora Polozoff hablaba en ruso con una pureza perfecta, el verdadero ruso de

 

Moscú, la lengua del pueblo y no la de los salones. -Estoy segura de que se ha educado

 

usted en casita, en el seno de una familia piadosa y patriarcal. ¿De qué gobierno es usted?

 

-Del de Tula.

 

-¡Ah! En ese caso, somos paisanos. Mi padre… ¿Sabe usted, no es cierto, lo que era

 

mi padre?

 

-Sí, lo sé.

 

-Era natural de Tula… Era un Tulla. Vamos bien. -Pronunció enteramente al estilo

 

del pueblo, y con intención marcada, la palabra rusa que significa “bien”-. ¡Y ahora

 

pongámonos manos a la obra! -¡A la obra!… ¿Qué debo entender por esa frase?

 

Pero ¿qué ha venido usted a hacer aquí?

 

Cuando entornaba así los ojos hacíase muy zalamera su expresión, con un si es no es

 

burlona; al abrirlos ¡cuán grandes eran! Su brillo luminoso, casi frío, dejaba transpirar un

 

 

 

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no sé qué perverso y amenazador. Lo que daba a sus ojos particular hermosura eran las

 

cejas, espesas, un poco prominentes y suaves como piel de marta cabellina.

 

-¿Quiere usted que le compre su hacienda? prosiguió-. Necesita usted dinero para

 

casarse, ¿no es verdad?

 

En efecto.

 

-¿Necesita usted mucho?

 

Unos cuantos miles de francos para los gastos primeros. Su marido conoce mis

 

propósitos. Podría usted consultarle… Pediré un precio muy módico.

 

La señora Polozoff hizo con la cabeza un gesto negativo.

 

En primer lugar -comenzó a decir, tras una pequeña pausa, dando golpecitos con las

 

yemas de los dedos en la manga de Sanin-, no tengo costumbre de consultar a mi marido,

 

como no sea para asuntos de tocador, en los cuales es maestro consumado; en segundo

 

lugar, ¿por qué me dice usted que me pedirá un precio muy módico? No quiero

 

aprovecharme de que usted se halla ahora enamorado y dispuesto a todos los sacrificios…

 

¡Qué! En vez de alentarle en… (¿cómo lo diría yo bien eso…?) en sus nobles sentimientos,

 

¿iba yo a despojarle como se le quita a un tilo la corteza para hacer laptis? Eso no se

 

aviene con mis hábitos.

 

“En ocasiones se me ocurre burlarme de las gentes, pero no de esa manera.”

 

Sanin no podía adivinar si se guaseaba o hablaba en serio, pero decía para sí. “¡Oh,

 

ahora es cuando hay que aguzar el oído!” Entró un criado, trayendo en una gran bandeja

 

un samovar ruso, un servicio de té, crema, bizcochos, etcétera; puso todo ello encima de

 

la mesa, entre Sanin y la señora Polozoff, y se retiró.

 

La señora Polozoff sirvió a su huésped una tasa de té.

 

-¿Le da a usted lo mismo esto? -dijo, poniéndole el azúcar con los dedos… -Y, sin

 

embargo, las tenacillas del azucarero estaban encima de la mesa.

 

-¡Cómo! De una mano tan hermosa…

 

No pudo acabar la frase, y por poco se ahoga con un sorbo de té. Ella le tenía

 

subyugado con un claro y fijo mirar.

 

-Si le hablé a usted de baratura -continuó él-, es porque como en estos momentos se

 

encuentra usted en el extranjero, no debo suponer que tenga usted mucho dinero

 

disponible; y además comprendo que la venta… o la compra de una finca en tales

 

condiciones tiene algo de anormal, y debo tener esto en cuenta. Embarullábase Sanin y

 

se atascaba en sus frases, mientras que la señora Polozoff, que se había reclinado en el

 

respaldo de la butaca muellemente, le miraba cruzada de manos, con el mismo claro y

 

atento mirar. Concluyó él por detenerse.

 

-Siga, siga usted -dijo ella, como para acudir en su auxilio-, le escucho, tengo sumo

 

placer en oírle; continúe usted.

 

Sanin se puso a describir su hacienda, indicó la superficie, la situación topográfica, las

 

dependencias; calculó qué renta podía sacarse de ella… Hasta habló de la pintoresca

 

posición de la casa, y la se ñora Polozoff continuaba fijando en él su mirada cada vez más

 

 

 

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clara y penetrante; y sus labios tenían ligeros temblores, en vez de sonrisas, y se los

 

mordía. Sanin concluyó por sentirse turbado, y se interrumpió por segunda vez.

 

-Demetrio Pavlovitch dijo la señora Polozoff, reflexionó un instante, y repitió-:

 

Demetrio Pavlovitch, ¿sabe usted una cosa? Estoy convencida de que la compra de sus

 

tierras será para mí un ne gocio ventajosísimo y de que nos entenderemos. Pero

 

necesito que me otorgue usted… un par de días para pensarlo. Vamos, ¿es usted capaz

 

de estar dos días separado de su novia? No le detendré más tiempo si no quiere

 

quedarse; le doy mi palabra. Pero, si necesita usted hoy mismo dinero, le prestaría con

 

mucho gusto cinco o seis mil francos y luego los descontaríamos.

 

Sanin se levantó exclamando:

 

No sé cómo agradecer, María Nicolavna, la cordial benevolencia de que me da usted

 

pruebas, a mí que soy casi desconocido… Sin embargo, si usted se empeña en ello,

 

prefiero aguardar su resolución acerca de mi finca, y me quedaré aquí dos días.

 

-Sí, lo deseo, Demetrio Pavlovitch. ¿Y le costará a usted mucho eso? ¿Mucho? Diga

 

usted.

 

Amo a mi prometida, y confieso a usted que la separación será un poco dura para mí.

 

-¡Ah! Es usted un hombre como no los hay -dijo la señora Polozoff, exhalando un

 

suspiro-. Le prometo no dejarle languidecer demasiado. ¿Se va usted?

 

-Ya es tarde hizo observar Sanin.

 

-Y le hace falta descanso después de ese viaje, después de esa partida de naipes con

 

mi marido. Diga usted, ¿tenía usted mucha amistad con Hipólito Sidorovitch, mi

 

marido?

 

Nos hemos educado en el mismo colegio.

 

-¿Y era ya “tan así” en el colegio?

 

-¿Cómo, “tan así”?

 

La señora Polozoff soltó una carcajada tan fuerte, que todo el rostro se le puso

 

encendido; llevóse el pañuelo a los labios, se levantó luego de la butaca, fue al encuentro

 

de Sanin contoneándose un poco con dejadez, como una persona fatigada, y le alargó la

 

mano.

 

Se despidió Sanin de ella, y se dirigió a la puerta.

 

-Trate usted mañana de venir temprano, ¿oye? -le gritó en el momento de trasponer

 

los umbrales.

 

Echó él una mirada atrás, y la vio tendida en la butaca con las dos manos puestas detrás

 

de la cabeza. Las anchas mangas de la bata se habían corrido hasta el nacimiento de los

 

hombros; y era imposible no decirse que la postura de esos brazos y todo aquel conjunto

 

era de una admirable belleza.

 

XXXVI Largo tiempo después de medianoche, aún ardía la lámpara en el cuarto de Sanin.

 

Sentado detrás de la mesa, estaba escribiendo a Gemma. Contábaselo todo: le describía

 

 

 

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los Polozoff, marido y mujer; por supuesto, pintó sus propios sentimientos, y concluyó

 

diciendo: “hasta la vista ¡¡¡dentro de tres días!!! - (con tres signos de admiración). A la

 

mañana siguiente llevó muy temprano la carta al correo y se fue a pasear al jardín del

 

Kursaal, donde estaba ya la orquesta tocando. Aún había poca gente. Detúvose delante

 

del quiosco de la orquesta, oyó una pieza con los principales temas de Riberto il

 

Diavolo, tomó café, y luego buscó una alameda solitaria y se puso a meditar sentado en

 

un banco.

 

El mango de una sombrilla le pegó con viveza y hasta bastante fuerte en un hombro. Se

 

estremeció…

 

Vestida con un traje ligero, de un color gris tirando a verde, con un sombrero de tul

 

blanco, calzadas las manos con guantes de piel de Suecia, fresca y sonrosada cual una

 

aurora de estío, y presentando aún en sus movimientos y miradas los vestigios de un

 

sueño tranquilo y reparador, estaba delante de él la señora Polozoff.

 

-Buenos días -dijo ésta-. Mandé hoy en su busca, pero ya había salido usted. Acabo

 

de beber mi segundo vaso… Figúrese: me ordenan tomar las aguas!… ¡Sabe Dios por

 

qué! ¿Tengo facha de enferma? Y tengo que pasear durante una hora entera. ¿Quiere

 

usted ser mi acompañante? Tomaremos juntos el café.

 

-Ya lo he tomado—dijo Sanin, levantándose-, pero sería para mí un encanto dar un

 

paseo con usted.

 

-Entonces, venga el brazo… Nada tema usted; no está aquí su novia, no le verá.

 

Sanin respondió con una sonrisa forzada. Cada vez que la señora Polozoff le hablaba

 

de su futura, sentía una impresión desagradable. Sin embargo, se inclinó con aire

 

sumiso… El brazo de María Nicolavna se posó muelle y lentamente en el suyo,

 

resbalando y adhiriéndose a él.

 

-Vamos por aquí -dijo echándose al hombro la sombrilla abierta-. Estoy como en mi

 

casa en este parque, voy a enseñarle los sitios bonitos. Y ¿sabe usted una cosa?

 

(empleaba a menudo esta muletilla)… Ahora no hablaremos de su asunto; nos

 

ocuparemos de él, como es sabido, después del desayuno. Ahora hábleme de sí mismo…

 

a fin de que sepa yo con quién trato. Y luego, si usted quiere, le hablaré de mí. ¿Quiere

 

usted?

 

-Pero, María Nicolavna, ¿qué puede haber de interesante?… -Espere, espere, no me ha

 

comprendido bien no crea que quiero hacerme la coqueta con usted—dijo la señora

 

Polozoff, encogiéndose de hombros-. He aquí un hombre que tiene por novia una

 

verdadera estatua antigua; ¿e iba yo a coquetear con él? No hay más sino que usted

 

vende y yo compro. Y quiero conocer su mercancía. Pues bien, ¡hágamela usted ver!

 

No sólo quiero saber lo que compro, sino también a quién se lo compro. Ésa es la regla

 

de conducta de mi padre. Veamos, comience… no nos remontaremos a su nacimiento;

 

pero, por ejemplo, ¿hace mucho tiempo que se encuentra usted en el extranjero?

 

¿Dónde ha estado usted hasta ahora? Pero no ande tan de prisa, que nadie nos corre.

 

Llego de Italia, donde he pasado algunos meses.

 

 

 

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-Por lo que veo, se pina usted por todo lo italiano. Es muy raro que no encontrase

 

usted por allá el objeto de sus ansias. ¿Le gustan a usted las artes? ¿Qué prefiere, los

 

cuadros o la música? -Me gusta el arte en general. Amo todo lo bello. -¿Y la música?

 

-También la música.

 

-A mí no me gusta ni pizca. Sólo me gustan las canciones rusas: y para eso en el

 

campo, y sólo en primavera, cuando se baila, ¿sabe usted?… Los adornos de abalorios,

 

las camisetas rojas, la hierba tiernecita en la pradera, el olorcillo grato a heno que sale

 

de las isbas… ¡Eso es delicioso! Pero no se trata de mí. ¡Hable, pues! ¡Cuénteme usted!

 

Al andar, la señora Polozoff miraba con tenaz empeño a Sanin. Era buena moza, y su

 

cara llegaba casi a la altura de la de su caballero.

 

Púsose él a narrar desde luego, bien o mal y casi a pesar suyo; abandonóse después, y

 

acabó por hablar largo y tendido. Oíalo la señora Polozoff con aire de inteligencia… y

 

luego, tenía ella tal aspecto de franqueza, que forzaba a ser francos a los demás. Poseía

 

ese “terrible don de la familiaridad” de que habla el cardenal de Retz. Habló Sanin de sus

 

viajes, de su vida en Petersburgo, de su juventud… Si María Nicolavna hubiese sido una

 

mujer de sociedad, de maneras refinadas, nunca se hubiese franqueado él así; pero ella

 

misma se había puesto ante él como un buen muchacho enemigo de ceremonias. Sin

 

embargo, ese “buen muchacho” iba junto a él con andar felino, pesando leve sobre su

 

brazo, y estudiando a hurtadillas la expresión de su rostro; marchaba junto a él bajo la

 

figura de una mujer joven, inspirando ese atractivo ardiente y dulce, lánguido y lleno de

 

embriaguez, que ciertas naturalezas eslavas poseen, para perdición de nosotros, pobres

 

pecadores; sólo ciertas naturalezas, y aun así después de un cruce de razas conveniente.

 

Prolongóse aquella conversación durante más de una hora. No se detuvieron un

 

momento: andaban y andaban sin parar por las interminables alamedas del parque, ya

 

subiendo por la montaña y admirando el paisaje, ya volviendo a descender y ocultándose

 

en la sombra impenetrable del valle, y siempre del brazo. Sanin hasta sentía por eso

 

impulsos de despecho: nunca se había paseado tan largo tiempo con Gemma, con su

 

adorada Gemma… ¡Y aquella mujer lo había acaparado!

 

-¿No está usted fatigada? -preguntó más de una vez.

 

-Nunca me fatigo -respondía ella.

 

Cruzáronse con escasos paseantes: casi todos la saludaban, unos con respeto, otros con

 

obsequiosidad. A uno de ellos, un joven moreno, muy guapo mozo y elegantemente

 

vestido, gritóle ella desde lejos con el más puro acento parisiense:

 

-Conde, no hay que ir a verme, ¿sabe?, ni hoy ni mañana.

 

El Conde se quitó en silencio el sombrero e hizo una profunda reverencia.

 

-¿Quién es? -interrogó Sanin, dejándose llevar de esa mala costumbre de curiosidad

 

preguntona, propia de todos los rusos. -¿Ése? ¡Un franchutillo…! Hay muchos

 

mariposeando por aquí… También él me corteja. Pero llegó la hora de tomar el café.

 

Volvamos a casa: paréceme que ya ha habido tiempo para que le entre a usted apetito.

 

A la hora que es, mi hombre debe haber abierto sus ventanas.

 

 

 

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“¡Mi hombre! ¡Sus ventanas! repitió Sanin para sus adentros…- ¡Y decir que habla con

 

tanta elegancia francés! … ¡Qué pícara de mujer!”

 

Tenía razón la señora Polozof£ Cuando ella y Sanin llegaron al hotel, “su hombre”, o

 

mejor dicho de otro modo, “su boliche”, estaba ya sentado ante una mesa servida, con su

 

inmutable

 

fez de color de grosella en la cabeza.

 

-¡Ya no te esperaba! -exclamó, gesticulando con cara de pocos amigos-. Había

 

resuelto tomarme el café. sin ti.

 

-Eso no le hace, nada importa eso -dijo ella alegremente-. ¿Te has enfurruñado? Eso

 

es magnífico para tu salud. Sin eso correrías peligro de que se te juntasen las mantecas

 

por completo. Ya ves, te traigo un huésped. ¡Llama a escape! ¡Vamos, tomemos café,

 

del mejor, en tazas de porcelana de Sajonia, y sobre un mantel como el ampo de la

 

nieve!

 

Quitóse el sombrero y los guantes, y golpeó una mano contra otra. Polozoff la miraba

 

con el rabillo del ojo.

 

-¿Qué demonios tienes, María Nicolavna, que tanto te rebulles hoy? dijo a media voz.

 

-Eso no te importa, Hipólito Sidorovitch. ¡Llama! Siéntese, Demetrio Pavlovitch, y

 

tome la segunda taza de café. ¡Ah, qué divertido es mandar! ¡No conozco mayor placer

 

en el mundo! -Cuando te obedecen -rezongó el marido.

 

-¡Exacto: Cuando me obedecen! Eso es precisamente lo que me hace gracia. Sobre

 

todo, contigo; ¿no es así, boliche? ¡Ah, aquí está el café!

 

Había un anuncio de teatro en la enorme bandeja que traía el criado. Al momento se

 

apoderó de él la señora Polozoff.

 

-¡Un drama! –dijo con enfado-. ¡Un drama alemán! En último término, siempre es

 

menos malo que una comedia alemana. Haz que me tomen un palco, una platea, no…un

 

palco de los extranjeros, la Fremden-Loge dijo al criado.

 

-Pero, ¿y si la Fremden-Loge está ya apartada para Su Excelencia el señor gobernador

 

de la ciudad? (Seine Excelenz der Herr Stadt-Director?) preguntó el criado.

 

-Dale diez táleros a Su Excelencia; pero necesito el palco, ¿oyes?

 

El criado bajó la cabeza con aire sumiso.

 

-Demetrio Pavlovitch, vendrá usted conmigo al teatro. Los actores alemanes son

 

detestables, pero vendrá usted… ¿Sí? ¡Sí! ¡Qué amable! Y tú, boliche, ¿no vendrás?

 

-Como gustes -respondió Polozoff hablando dentro de la taza, que se había

 

aproximado a la boca.

 

-¿Sabes una cosa? No vengas. No haces más que dormir en el teatro; y luego no

 

entiendes gran cosa el alemán. He aquí más bien lo que deberás hacer: escribe a nuestro

 

administrador, ¿sabes?, a propósito de nuestro molino, a propósito de la molienda de

 

los aldeanos. Dile que ¡no quiero, no quiero y no quiero! Ya tienes ocupación para toda

 

la velada…

 

-Bueno, bueno -respondió Polozoff.

 

 

 

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Vamos, perfectamente, eres buen chico. Y ahora, señores, puesto que ya hemos

 

hablado del administrador, ocupémonos de nuestro gran negocio. Demetrio Pavlovitch,

 

en cuanto el mozo haya llevado el servicio, nos dirá usted todo lo que concierne a su

 

hacienda, en qué consiste, qué precio pide usted por ella, cuánto quiere usted como arras,

 

en una palabra, todo, todo. (¡Al cabo! -pensó Sanin-, ¡gracias a Dios!) Ya me había dicho

 

usted cuatro palabras, lo recuerdo; me describió admirablemente el jardín, pero “boliche”

 

no estaba con nosotros… Que escuche; siempre dirá alguna cosa. Me es muy grato pensar

 

que puedo facilitar su boda… Le había prometido ocuparme de usted después del

 

desayuno, y cumplo siempre mis promesas, ¿no es así, Hipólito Sidorovitch?

 

-La verdad, verdad: no engañas a nadie.

 

-¡Nunca! Y jamás engañaré a nadie. Vamos, Demetrio Pavlovitch, exponga su asunto,

 

como decimos nosotros en el Senado. Sanin se puso a exponer su asunto, es decir, a

 

describir de nuevo su finca; pero entonces ya no habló de la belleza del paisaje, y se

 

limitó a hablar de “hechos y cifras”, invocando de tiempo en tiempo el testimonio de

 

Polozoff para confirmar sus dichos. Pero Polozoff no respondía sino con gruñidos y

 

cabezadas. ¿Aprobaba o desaprobaba? El mismo demonio nada hubiera puesto en claro.

 

Por lo demás, la señora Polozoff se pasaba muy bien sin la ayuda de su marido. ¡Dio

 

pruebas de tales aptitudes comerciales y administrativas, que había para quedarse en

 

Babia! Conocía al dedillo todos los secretos de la gerencia de un dominio, se informaba

 

cuidadosamente de todo, entraba en todos los detalles, cada una de sus preguntas iba

 

derecha al fin y ponía puntos a las íes. Sanin no esperaba semejante examen, y no se

 

había preparado para él. Y ese examen duró hora y media. Sanin experimentó todas las

 

emociones de un acusado en el banquillo de los reos, ante un juez severo y perspicaz.

 

“¡Pero esto es un interrogatorio!” -decíase con angustia-. Al preguntarle, se reía la

 

señora Polozoff como para decir que aquello era una broma; mas no por eso estaba a

 

gusto Sanin, y le goteaba el sudor en la frente cuando en el curso de aquel

 

interrogatorio se veía obligado a dejar ver que comprendía con harta vaguedad los

 

términos técnicos rusos que significan “hijuela” o “tierra de labor”.

 

-¡Muy bien! -dijo por fin la señora Polozoff-. Ahora conozco su posesión… lo mismo

 

que usted. ¿Cuánto pide usted por alma?

 

(Por aquella época, como se sabe, el valor de una propiedad rústica se fundaba en el

 

número de colonos siervos que contenía).

 

-Pues… me parece… que no se puede pedir menos de… quinientos rublos -dijo Sanin

 

con esfuerzo.

 

-(¡Oh, Pantaleone, Pantaleone! ¿Dónde estabas? Entonces hubiera sido el verdadero

 

momento oportuno para que exclamases: ¡Barbari!).

 

María Nicolavna alzó los ojos al cielo para reflexionar, y dijo por fin:

 

-A fe mía, no me parece exagerado el precio. Pero me he tomado dos días de plazo, y

 

tendrá que esperar usted hasta mañana. Creo que nos entenderemos, y entonces me dirá

 

usted cuánto quiere de arras. Y ahora ¡basta cosi! -dijo con viveza, al ver que Sanin iba

 

a hablar-. Basta de ocuparse del vil metal. ¡Para mañana los negocios! ¿Sabe usted?

 

Ahora le permito irse hasta… (miró la hora en un relojito esmaltado que llevaba en la

 

cintura… hasta las tres. Hay que darle a usted tiempo de respirar. Váyase a la ruleta.

 

 

 

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No juego a ningún juego de azar -dijo Sanin.

 

-¡Imposible! Pero decididamente es usted la perfección en persona. Por supuesto, yo

 

tampoco juego. Pero vaya usted a la sala de juego y mire las caras. Las hay de mistó.

 

Verá una vieja patilluda y bigotuda magnífica. Va también un príncipe, paisano nuestro,

 

que tampoco es malejo: tiene una testa majestuosa y nariz aguileña; y cuando pone en

 

el tapete un thaler, se hace a escondidas la señal de la cruz debajo del chaleco. Lea

 

usted los periódicos, paséese, haga lo que quiera, en una palabra… Y a las tres, le

 

espero… a pie firme. Tendremos que comer más temprano. Entre estos pícaros de

 

alemanes, los teatros se abren a las seis y media. Tendióle ambas manos, diciéndole-:

 

Sin rencor, ¿no es así?

 

-¡Oh, María Nicolavna! ¿Por qué la he de querer mal? Porque le he martirizado.

 

Aguarde, que otras cosas ha de ver muy diferentes. ¡Hasta la vista! -añadió entornando

 

los ojos; y todos sus hoyuelos aparecieron a la vez en sus mejillas, que se pusieron

 

como la grana.

 

Inclinóse Sanin y salió. Alegre carcajada resonó detrás de él, y he aquí la escena que

 

vio reflejarse en un espejo por delante del cual pasaba a la sazón: la señora Polozoff había

 

metido el fez de color de grosella hasta las narices de su marido, quien se resistía dando

 

manotazos al aire débilmente con ambas manos.

 

XXXVII ¡Oh, qué hondo suspiro de alegría exhaló Sanin al encontrarse en su cuarto! Sí, María

 

Nicolavna había dicho la verdad: necesitaba respirar, descansar de todos estos nuevos

 

conocimientos, encuentros y conversaciones, de ese extraño vapor que se le subía al

 

cerebro y al corazón, de aquella medio intimidad con una mujer que no era absolutamente

 

nada para él. ¿Y en qué momento sucedía eso? ¡Casi al siguiente día en que Gemma le

 

confesara su amor, en que se había hecho su prometido! Pero ¡eso era un sacrilegio! En el

 

fondo de su alma pidió mil veces perdón a su casta y pura paloma, aunque no pudo

 

formular ninguna acusación precisa contra sí mismo; mil veces besó la crucecita que ella

 

le había dado. Si no hubiese tenido la esperanza de terminar pronto y bien el asunto que

 

le trajo a Wiesbaderi, hubiera huido a todo correr hacia su dulce Francfort, hacia aquella

 

querida casa que era la suya, hacia su Gemma, para arrojarse a sus pies adorados… Pero

 

¿qué hacer? Era preciso apurar el cáliz hasta las heces, vestirse, ir a comer y desde allí al

 

teatro… ¡Con tal de que al siguiente día pudiera quedarse libre temprano!

 

Otra cosa le tenía trastornado y de mal temple. Pensaba con amor, con ternura, con

 

transportes de gratitud, en su querida Gemma, en su existencia cuando viviesen juntos los

 

dos, en la felicidad que le aguardaba en lo venidero; y entre tanto aquella extraña mujer,

 

aquella señora Polozoff se erguía sin descanso… ¡qué digo, se erguía!… se le metía

 

incesantemente por los ojos (así se expresaba Sanin en su despecho, en su cólera); no

 

podía desprenderse de su imagen, ni dejar de oír su voz y sus discursos, ni aun orearse de

 

la impresión del perfume particularísimo, fresco, sutil y penetrante como el aroma de los

 

lirios. Es evidente que esa mujer se proponía engatusarle y burlarse de él… Pero ¿con qué

 

fin? ¿Qué quería? ¿Y qué clase de hombre era ese marido? ¿En qué relaciones estaba con

 

su mujer? ¿Y a asunto de qué se le ponían en la cabeza tales problemas a él, a Sanin, que

 

no tenía ninguna razón para importarle un bledo de Polozoff ni de su mujer? ¿Y por qué

 

no podía conseguir desechar esa imagen importuna, ni aun en los momentos en que

 

 

 

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dirigía todas las aspiraciones de su alma hacia otra imagen luminosa y pura como la

 

claridad del día? Aquellos ojos atrevidos, de iris acerado, aquellos hoyuelos en las

 

mejillas, aquellas trenzas serpenteadoras, todo aquello, ¿se había verdaderamente

 

agarrado tanto a él, que no tuviese ya fuerzas para sacudirlo, para arrojarlo lejos de sí?

 

“¡Necedades!; -se dijo-. Todo eso desaparecerá sin dejar vestigios… Pero ¿me dejará

 

partir mañana?”

 

Mientras se hacía todas estas preguntas, acercábase la hora de las tres. Se puso la levita

 

negra; y después de un paseo por el parque, dirigióse a las habitaciones de los Polozoff.

 

Encontró en su salón un secretario de Embajada, alemán, alto como un espárrago,

 

rubio, con perfil acaballado y rayita en el testuz (eso era una novedad por aquel tiempo).

 

Y… ¡oh sorpresa! … se encontró con su Dónhof, el oficial con quien se había batido pocos

 

días antes. Lo que menos esperaba era encontrarlo en aquel salón; sin embargo,

 

reprimiendo una involuntaria turbación, cruzó con él un saludo.

 

-¿Se conocían ustedes? -preguntó la señora Polozoff, a quien no se le había pasado

 

por alto el desasosiego de Sanin.

 

-Sí, ya he tenido el honor… -dijo Dónhof–. E inclinándose ligeramente hacia María

 

Nicolavna, añadió a media voz con una sonrisa-: Es él mismo… el compatriota… el ruso

 

de que he hablado…

 

-¡Imposible! -dijo ella en el mismo tono, amenazándole con el dedo.

 

Y enseguida se creyó en el caso de despedirlo, así como al secretario larguirucho,

 

quien, según todas las apariencias, estaba de ella enamorado hasta morir, porque cada vez

 

que la miraba abría una boca de a palmo. Dónhof se retiró en el acto, con la amable

 

sumisión de un amigo de la casa que comprende con media palabra lo que de él se exige.

 

En cuanto al secretario, tenía ganas de remolonear, pero María Nicolavna lo despachó sin

 

la menor ceremonia del mundo.

 

-Váyase usted con su soberana -le dijo-. (Por aquel entonces hallábase en Wiesbaden

 

cierta princesa di Monaco). ¿Qué tiene usted que hacer en casa de una plebeya como

 

yo?

 

-Permítame usted, señora -replicó el malaventurado secretario-: todas las princesas

 

del mundo…

 

Pero la señora Polozoff no tuvo piedad. Marchóse el secretario, con su raya cogotera y

 

todo.

 

María Nicolavna iba puesta aquel día como más le “favorecía”, según modismo de

 

nuestra abuela. Llevaba un traje de tafetán de color de rosa, con mangas á la Fontange,

 

y un gran brillante en cada oreja. No relumbraban menos sus ojos que sus diamantes;

 

parecía estar de buen humor y en un día feliz.

 

Hizo a Sanin sentarse junto a ella y se puso a hablarle de París, adonde iba a marchar

 

dentro de pocos días; de los alemanes, que la cargaban, y (según su dicho) son necios

 

cuando quieren parecer lis tos, y tienen ingenio a contratiempo cuando quieren ser

 

bestias. De pronto, le preguntó a quemarropa:

 

 

 

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-¿Es cierto que hace poco se batió usted por una dama, con ese oficial que ahora

 

mismo estaba aquí?

 

-¿Cómo lo sabe usted? -preguntó Sanin, estupefacto.

 

-No hay cosa que yo no sepa, Demetrio Pavlovitch. Pero también sé que tenía usted

 

razón una y mil veces, y que se condujo como un cumplido caballero. Dígame, ¿era su

 

novia aquella dama? Sanin frunció ligeramente el entrecejo.

 

-No digo nada, ya no digo nada más -apresuróse a añadir la señora Polozoff-. Eso le

 

disgusta a usted; perdóneme, ¡no lo volveré a hacer más! ¡No se enfade.

 

En ese momento salió Polozoff de la estancia inmediata, con un periódico en la mano.

 

-¿Qué se te ocurre? ¿Está puesta la mesa?

 

-Enseguida van a servir la comida. Pero mira lo que acabo de leer en La Abeja del

 

Norte… el príncipe Grobomoy ha muerto.

 

La señora Polozoff levantó la cabeza.

 

-¡Dios lo tenga en la gloria! Todos los años -prosiguió, dirigiéndose a Sanin-, en el

 

aniversario de mi nacimiento, por febrero, llenaba de camelias todas mis habitaciones.

 

Pero eso no bastaría para hacerme pasar el invierno en Petersburgo. ¿Qué edad tenía?

 

¿Sesenta cumplidos? -preguntó a su marido.

 

-¡Sí! Describen su entierro en el periódico. Toda la corte estuvo en él. Y mira unos

 

versos que con ese motivo ha hecho el príncipe Kovrichkin.

 

-¡Ah! Muy bien.

 

-¿Quieres que te los lea? El príncipe le llama hombre de buen consejo.

 

No me conformo. ¡Hombre de buen consejo! Era sencillamente el hombre de Tatiana

 

Jurievna. (La señora Polozoff hacía un equívoco con la palabra rusa, que significa a la

 

vez hombre y marido.) Vamos a comer. Los vivos deben pensar en vivir. Demetrio

 

Pavlovitch, su brazo.

 

La comida fue espléndida, como la víspera, y animadísima. La señora Polozoff sabía

 

narrar muy bien; raro don en las mujeres, sobre todo en las mujeres rusas. No se paraba

 

en barras para expresar su pensamiento; sobre todo, a sus compatriotas no les dejó hueso

 

sano. Más de una frase atrevida y oportuna provocó la risa de Sanin. Lo que detestaba

 

más que nada era la hipocresía, las frases pretenciosas y la mentira… ¡Y la encontraba en

 

casi todas partes! Halló en los recuerdos de su infancia anécdotas bastante extrañas de su

 

parentela. Hacía gala y tenía vanidad del humilde medio donde había comenzado su vida,

 

diciendo:

 

-Yo he gastado zuecos de corteza (laptis), como Natalia Kirilovna Narychkin, la madre

 

de Pedro el Grande.

 

Sanin pudo convencerse de que ella había pasado ya por muchas más pruebas que la

 

mayoría de las mujeres de su edad.

 

Polozoff comía con reflexión, bebía con atención y se limitaba a fijar de vez en cuando

 

en Sanin y en su mujer una mirada de sus pupilas blanquecinas, en apariencia ciegas y en

 

realidad muy penetrantes.

 

 

 

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-¡Qué galante eres! -exclamó la señora Polozoff, dirigiéndose a él-. ¡Qué bien has

 

hecho mis encargos en Francfort! En recompensa, te hubiera besado en la frente, pero

 

no tendrás empeño en ello, ¿eh?

 

‘No tengo empeño en ello -respondió Polozoff, cortando con cuchillo de plata una piña

 

de América.

 

María Nicolavna le miró, tocando el tambor en la mesa con las puntas de los dedos.

 

-¿Entonces, subsiste nuestra apuesta? -dijo ella con aire significativo.

 

-Subsiste.

 

-Perfectamente. Tú perderás.

 

Polozoff sacó hacia delante la quijada, y dijo:

 

-¡Hum! Por esta vez, María Nicolavna, por más que eches mano de todos tus

 

recursos, se me figura que perderás.

 

- A propósito, ¿de qué es esa apuesta? ¿Se puede saber? -preguntó Sanin.

 

- No… ¡todavía no! -respondió la señora Polozoff, soltando el trapo a reír.

 

Dieron las siete. El criado anunció que el coche estaba a la puerta. Polozoff dio algunos

 

pasos para acompañar a su mujer, y volvióse inmediatamente a su butaca.

 

-¡Mucho ojo, no te olvides de la carta al administrador! -le dijo a gritos la señora

 

Polozoff desde la antesala.

 

-Escribiré. Vete tranquila. Yo soy un hombre de orden.

 

XXXVIII En 1940, el teatro de Wiesbaden era de ruin aspecto; y la compañía, en su pomposa y

 

mísera vulgaridad, en su rutina trivialmente concienzuda no excedía el grueso de un pelo

 

de nieve normal de todos los teatros alemanes de hoy, nivel de que en estos últimos

 

tiempos daba exacta medida la compañía de Karlsruhe, bajo “la ilustre dirección de Herr

 

Duvrient”.

 

Detrás del palco tomado por “su alteza la señora von Polozoff” (¡sabe Dios cómo se las

 

arreglaría el criado para conseguirlo, pues claro es que no iría a revendérselo el Stadt-

 

Director!), detrás de ese palco había una piececita rodeada de divanes. Antes de entrar

 

allí, la señora Polozoff rogó a Sanin que levantase las pantallas que separaban el palco del

 

teatro.

 

-No quiero que me vean -dijo-; de lo contrario, todos van a venir.

 

Le hizo colocarse junto a ella, vueltos de espalda al teatro, de manera que el palco

 

pareciese vacío.

 

La orquesta tocó la obertura de Le Nozze di Figaro. Alzóse el telón y comenzó la obra.

 

Era una de esas innumerables lucubraciones dramáticas en que autores eruditos, pero

 

sin talento, desenvolvían, con sumo trabajo e igual desmaña, con un lenguaje castigado y

 

sin vida, alguna idea “profunda” o “de interés palpitante”, y donde, al presentar lo que

 

llamaban un conflicto trágico, producían un aburrimiento… que tentado estoy de llamar

 

 

 

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asiático, como hay un cólera de este nombre. La señora Polozoff escuchó con paciencia la

 

mitad del acto; pero cuando, habiendo sabido el primer galán la traición de su amada (iba

 

vestido con un redingot de color de canela, de mangas anchas y cuello de velludo,

 

chaleco a rayas con botones de nácar, calzón verde con polaina de cuero charolado y

 

guantes de gamuza), cuando el primer galán, poniéndose ambas manos en el pecho y

 

sacando los codos en ángulo recto, se puso a aullar exactamente lo mismo que un perro,

 

ya no pudo aguantar la señora Polozoff.

 

El último actor francés del último teatrillo de provincias representa mejor y con más

 

naturalidad que la primera de las celebridades alemanas -exclamó indignada y se retiró al

 

antepalco; y dan do con la mano en el sitio vacío junto a ella en el diván, dijo a Sanin-:

 

Venga usted a sentarse aquí; charlemos un poco. Obedeció Sanin, y la señora Polozoff se

 

le quedó mirando: Es usted dócil, por lo que veo; su mujer le encontrará de buen

 

componer. Ese furioso -continuó, señalando con el abanico al actor que seguía en sus

 

aullidos (representaba un papel de preceptor)-, ese furioso me recuerda mi juventud. Yo

 

también estuve enamorada de un preceptor. Era mi primera; no, mi segunda pasión. La

 

primera vez fue de un hermano lego del monasterio de Donskoy. Tenía yo diez años y

 

sólo le veía los domingos. Llevaba puesta una sotanilla de terciopelo, perfumábase con

 

agua de alhucema, y cuando cruzaba por entre el gentío, incensario en mano, decía en

 

francés a las señoras: pardon exhinsez. Nunca levantaba la vista, y tenía unas pestañas,

 

mire usted, ¡así de largas! (La señora Polozoff midió con la uña del pulgar la mitad del

 

dedo meñique de la misma mano). Mi preceptor se llamada monsieur Gaston. Debo decir

 

a usted que era un hombre terriblemente sabio y muy severo, un suizo. ¡Y qué enérgica

 

cabeza, patillas negras como el ébano, perfil griego y labios que parecían de hierro

 

cincelado! ¡Le tenía un miedo! Es el único hombre de quien he tenido miedo en mi vida.

 

Era preceptor de mi hermano, quien murió después… ¡ahogado! Una gitana me predijo

 

también que moriría yo de muerte violenta; pero ésas son necedades. No creo en esas

 

cosas. Figúrese usted a Hipólito Sidorovitch ¡con un puñal en la mano! …

 

-Se puede morir de otro modo que de una puñalada -objetó Sanin.

 

-Ésas son tonterías. ¿Es usted supersticioso? Yo, ni pizca. Y luego, no se evita usted

 

lo que tiene que suceder. Monsieur Gaston vivía en nuestra casa, encima de mi cuarto.

 

Acontecíame a veces despertarme de noche y oír sus pasos -se acostaba muy tarde-, y

 

mi corazón sentía un deliquio de veneración… o de otro sentimiento muy diferente. Mi

 

padre apenas sabía leer y escribir, pero nos hizo dar una buena educación. ¿Sabe usted

 

que comprendo el latín? -¡Usted! ¿El latín?

 

-Sí… yo. Me lo enseñó monsieur Gaston: he leído con él toda la Eneida. Es muy

 

aburrida, pero tiene algunos pasajes bonitos. ¿Recuerda usted cuando Dido y Eneas, en

 

el bosque…?

 

-Sí, sí lo recuerdo -dijo a escape Sanin. Hacía mucho tiempo que tenía olvidada “la

 

lengua de Lacio” y nunca se familiarizó con la Eneida.

 

Miróle la señora Polozoff, según su costumbre, un poco de lado y de arriba abajo.

 

-Sin embargo, no vaya usted a creer que soy una sabihonda. ¡Oh, eso sí que no! No

 

soy marisabidilla y no poseo ningún talento. Apenas si sé escribir, ¡de veras! No sé

 

recitar en voz alta, ni tocar el piano, ni dibujar, ni coser, ¡nada! Ahora, ya me conoce

 

 

 

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usted, ¡se acabó! -dijo separando los brazos-. Le cuento a usted todo esto, en primer

 

término por no oír a esos gaznápiros -dijo señalando el escenario donde el actor había

 

cedido el puesto a una actriz que aullaba lo mismo que él, también con los codos

 

adelante-, y después, porque estaba en deuda con usted: ¡ayer de mañana no me habló

 

usted más que de sí propio!

 

-Tuvo usted a bien interrogarme -objetó Sanin. María Nicolavna se volvió

 

bruscamente hacia él.

 

-¿Y usted no tiene deseo de saber qué clase de mujer soy? Por supuesto, no me

 

extraña -añadió dejándose otra vez caer en los almohadones del diván-. Un hombre que

 

va a casarse, y además por amor, y después de un desafío, ¡cómo ha de tener tiempo de

 

pensar en otra cosa!

 

Con aire pensativo, la señora Polozoff se puso a morder el mango del abanico con sus

 

dientes un poco grandes, pero iguales y blancos como la leche. Y Sanin aún sentía

 

subírsele a la cabeza aquel vapor que le parecía envolverle desde la víspera. La

 

conversación entre la señora Polozoff y él era a media voz, casi cuchicheando; y eso le

 

turbaba y agitaba aún más…

 

¿Cuándo concluiría todo aquello?

 

Los caracteres débiles nunca concluyen nada por sí solos; siempre esperan que venga

 

por sí mismo el final.

 

En ese instante, alguien estornudó en el escenario; el autor había acotado en su obra ese

 

estornudo, a manera de “elemento o momento cómico”. Claro está que ése era el único

 

“elemento” cómico de la pieza; y echáronse a reír los espectadores a quienes contentaba

 

ese “momento”.

 

También esa risa encolerizó a Sanin.

 

En ciertos ratos no sabía de un modo positivo si estaba alegre o furioso, si se aburría o

 

se recreaba. ¡Ah, si Gemma le hubiese visto! -¡Verdaderamente, es muy extraño! -dijo de

 

pronto María Nicolavna-. Un hombre dice lo más tranquilo del mundo: “Tengo la

 

intención de tirarme al agua”. Y sin embargo, ¿qué diferencia hay? Esto es extraño, ¡de

 

veras!

 

Sanin hizo un movimiento de paciencia.

 

-¡Hay gran diferencia, señora! Hay gentes que de ningún modo temen tirarse al agua:

 

los que saben nadar. En cuanto a la extrañeza de ciertos matrimonios… puesto que

 

hemos llegado a hablar de eso…

 

Detúvose y se mordió la lengua.

 

La señora Polozoff le dio en la palma de la mano un golpecito con el abanico.

 

–Siga usted, Dimitri Pavlovitch, siga. Sé lo que me va a decir: “Puesto que hemos

 

llegado a hablar de eso, tenga la bondad, señora, de decirme si puede imaginarse nada

 

más estrafalario que su casa miento, puesto que conozco a su marido desde la infancia”.

 

Eso es lo que me iba a decir usted, que sabe nadar.

 

Dispénseme…

 

 

 

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-¡Qué! ¿No es así, no es así? -repitió con insistencia-. Vamos, míreme de frente y

 

dígame si me equivoco.

 

Sanin ya no supo dónde esconder los ojos y al cabo dijo: -Pues bien… ¡sí!… es verdad,

 

puesto que me exige usted que sea franco en absoluto.

 

María Nicolavna meneó la cabeza.

 

-Sí… sí… ¿Y no se pregunta usted, que sabe nadar tan bien, cuál ha podido ser el

 

motivo de una acción tan… estrambótica, por parte de una mujer que no es pobre, ni

 

tonta… ni fea? Eso a usted tal vez no le interese. No importa: le diré el motivo; no

 

ahora, sino dentro de poco, cuando se acabe el entreacto. Siempre estoy con miedo de

 

que entre alguno.

 

En efecto, no bien hubo dicho esta frase la señora Polozoff, entreabrióse la puerta

 

exterior del palco y vieron penetrar en él una cara rubicunda y reluciente, joven aún pero

 

desdentada ya, de nariz colgante, melenas largas y lacias; orejas enormes como las de un

 

murciélago, y unos ojillos miopes y curiosos tras de los lentes de sus quevedos de oro.

 

Dio un vistazo en redondo al palco, vio a la señora Polozoff, tomó una expresión

 

obsequiosa y se inclinó. Alargóse enseguida un pescuezo surcado por gruesas venas

 

salientes…

 

La señora Polozoff agitó con rapidez el pañuelo, como para ahuyentar un insecto

 

inoportuno.

 

-¡No estoy aquí! (Ich bin nicht za Hause… ¡Kch! ¡Kch!)

 

La carátula se sonrió con aire de asombro y de contrariedad diciendo con voz hiposa, a

 

imitación de Lizt, a los pies del cual se había arrastrado:

 

-¡Muy bien, muy bien! (¡Sehr gut! ¡Sehr gut!) -desapareció.

 

-¿Quién es ese personaje? preguntó Sanin.

 

-¿Eso?… Es el crítico de Wiesbaden: Litterat o lacayo, como usted guste. Por ahora,

 

está a sueldo del empresario; y, por consiguiente, tiene la obligación de elogiarlo todo y

 

extasiarse con motivo de todo; pero en el fondo, es un amasijo de horrible bilis, que ni

 

siquiera se atreve’a derramar. No estoy tranquila. Horriblemente chismoso, va a ir por

 

todas partes contando que estoy en el teatro. ¡Bah! ¡Tanto peor!

 

La orquesta tocó un vals; levantóse el telón… En el escenario volvieron a empezar a

 

más y mejor las contorsiones y los aullidos.

 

-Vamos -dijo la señora Polozoff, yéndose de nuevo a recostar en los cojines del

 

diván-; puesto que le tengo cogido y se ve obligado a hacerme compañía, en vez de

 

disfrutar de la sociedad de su novia… No gire usted los ojos, ni se encolerice…; le

 

comprendo a usted, y ya le he prometido devolverle su libertad plena y absoluta, pero

 

ahora escuche mi confesión. ¿Quiere usted saber lo que amo por encima de todas las

 

cosas?

 

-¡La libertad!

 

Al oír esta respuesta, la señora Polozoff puso su mano sobre la mano de Sanin, y dijo

 

con particular acento y una voz grave impregnada de evidente franqueza:

 

 

 

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-Sí, Demetrio Pavlovitch; la libertad, ante todo y sobre todo. Y no se figure que haga

 

gala: no, no hay por qué alardear; sólo que así es para mí, y así será hasta el día de mi

 

muerte. En mi infancia vi muy cerca la servidumbre y he sufrido en demasía por esa

 

causa. Mi preceptor, monsieur Gaston, fue quien me abrió los ojos. Tal vez comprenda

 

usted ahora por qué me he casado con Hipólito Sidorovitch: con él soy libre,

 

¡completamente libre, como el aire, como el viento!… Y yo sabía esto antes de casarme:

 

sabía que con él iba a ser libre como un cosaco nunca avasallado.

 

La señora Polozoff guardó silencio un instante, y dejó a un lado el abanico; luego

 

prosiguió así:

 

-Otra cosa le diré: no detesto el meditar… es divertido y, además, para eso se nos ha

 

dado el entendimiento. Pero en cuanto a reflexionar las consecuencias de mis acciones,

 

jamás lo hago; y no me importa un bledo de mí misma, y no me quejo… ¿para qué me

 

serviría? Tengo un proverbio para mi uso: “Esto no tiene consecuencias”. No sé cómo

 

traducir esto al ruso. Y en verdad, ¿qué es lo que tiene consecuencia? Aquí, en la tierra,

 

no me pedirán cuenta de mis acciones; y allá arriba (levantó un dedo)… allá arriba que

 

suceda lo que Dios quiera. ¿Me escucha usted? ¿No le aburre esto?

 

Sanin escuchaba inclinado; levantó la cabeza.

 

Esto no me aburre de ningún modo, María Nicolavna, y la escucho con curiosidad.

 

Sólo que… lo confieso… me pregunto por qué me dice usted todo esto.

 

La señora Polozoff se aproximó a él imperceptiblemente.

 

-Se pregunta usted… ¿Es usted tan tardo de comprensión… o tan modesto?

 

Sanin levantó más la cabeza.

 

Le digo todo esto -continuó María Nicolavna con un tono tranquilo nada en armonía

 

con la expresión de su cara- porque me gusta usted mucho. Sí, no se asombre, no es

 

broma; porque después de haberle encontrado, desagradaríame el pensar que usted

 

conservase de mí una impresión… no favorable ni desfavorable, eso me sería igual… sino

 

falsa. Por eso le he traído aquí; por eso estoy a solas con usted y le hablo con tanta

 

franqueza… Sí, sí, con franqueza. Yo no miento. Y fíjese usted bien, Demetrio

 

Pavlovitch; sé que se halla usted enamorado de otra y que va a casarse con ella… Así,

 

¡haga usted justicia a mi desinterés!

 

Echóse a reír, pero se detuvo de pronto y permaneció inmóvil, como ensimismada en

 

sus propias palabras; sus ojos, por lo común tan alegres y atrevidos, adquirieron por un

 

instante una expresión como de timidez y hasta de tristeza.

 

“¡Serpiente! ¡Ah, qué serpiente! -dijo Sanin para sus adentros-. ¡Qué hermosa

 

serpiente!”

 

-Deme usted mis gemelos -dijo de pronto la señora Polozoff-. Tengo ganas de ver si

 

esa dama joven es en realidad tan fea. De veras, parece que el gobierno la ha elegido

 

con un propósito moral, con el fin de moderar el ardimiento de la juventud.

 

Sanin le dio los gemelos. Al cogerlos ella, envolvió con ambas manos los dedos del

 

joven, con una presión fugaz y casi insensible. No tenga usted esa cara tan mustia -

 

murmuró sonriéndose-. Atienda: yo no tolero que se me pongan cadenas, pero tampoco

 

 

 

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quiero encadenar a los demás. Me gusta la libertad y rechazo las ligaduras, pero no para

 

mí sola. Y ahora, apártese un poco y oigamos la comedia.

 

La señora Polozoff asestó los gemelos al escenario y Sanin hizo lo mismo sentado

 

junto a ella en la penumbra del palco y revolviendo en la cabeza, de un modo,

 

involuntario, todo lo que aquella mujer le había dicho en el transcurso de la velada, sobre

 

todo en los postreros minutos.

 

XXXIX La representación duró aún más de una hora, pero Sanin y la señora Polozoff no

 

tardaron en separar la vista del escenario. Reanudóse entre ellos la conversación, siempre

 

sobre el mismo asunto; pero aquella vez estuvo menos silencioso Sanin. Interiormente se

 

sentía molesto contra sí mismo y contra la señora Polozoff, esforzándose en probarle la

 

poca solidez de su “teoría”: ¡como si a ella se le diese un ardite de teorías! Se puso a

 

discutir con ella, cosa que la regocijó en sus adentros: cuando se discute, se hacen

 

concesiones o se van a hacer.

 

Los muy conocedores de la señora Polozoff aseguraban que cuando su firme y potente

 

naturaleza parecía de pronto teñirse con una especie de reservada ternura y casi de pudor

 

virginal (no se sabía de dónde lo sacaba), entonces, ¡oh!, entonces, el asunto tomaba un

 

giro peligroso.

 

Evidentemente, aquella noche se encontraba en ese caso con Sanin… ¡Cómo se hubiera

 

despreciado éste si hubiese podido mirarse por dentro a sí mismo! Pero no tenía tiempo

 

de mirarse por dentro, ni de menospreciarse.

 

Ella, por su parte, no perdía un segundo. ¡Y todo, únicamente porque Sanin era

 

guapísimo mozo! Algunas veces no se puede menos que decir: “¡De qué depende la

 

pérdida o la salvación!” Terminada la obra, la señora Polozoff rogó a Sanin que le

 

pusiese el chal. Luego se cogió del brazo de Sanin, salió al corredor, y en poco estuvo

 

que no diese un grito: en la misma puerta del palacio surgió Dónhof como un fantasma, y

 

detrás la ruin persona del crítico wiesbadenés. La oleosa cara del Litterat irradiaba

 

maligna satisfacción.

 

-¿Quiere usted, señora, que haga acercar su coche? -dijo el oficialito con un temblor

 

de ira mal reprimida en la voz.

 

No, gracias; mi lacayo se ocupará de eso r espondió ella en voz alta y añadió quedo, con

 

voz imperiosa:

 

-¡Déjeme!

 

Y se alejó con presteza, arrastrando consigo a Sanin.

 

-¡Váyase usted al diablo! ¿Por qué me lo encuentro a usted hasta en la sopa? vociferó

 

de pronto Dónhof, encarándose con el Litterat; necesitaba descargar contra alguien su

 

rabia.

 

-¡Sehr gut, sehr gut! masculló el Litterat, eclipsándose.

 

El lacayo, que esperaba en el vestíbulo, hizo acercarse el coche en un santiamén; subió

 

ligera la señora Polozoff, y Sanin se lanzó en pos de ella. Cerróse con estrépito la

 

portezuela, y María Nicolavna soltó la carcajada.

 

 

 

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-¿De qué se ríe usted?

 

-¡Ah! perdóneme, se lo ruego…; pero se me ha ocurrido la idea de que si Dónhof se

 

batiese con usted por segunda vez y por mi causa… Eso sería muy chusco, ¿no es así?

 

-¿Tiene usted mucha intimidad con él? -preguntó Sanin.

 

-¿Con él? ¿Con ese mocoso? Me hace el oso, nada más. Estése usted tranquilo…

 

-¡Pero si estoy perfectamente tranquilo!

 

-Sí, sé que usted está tranquilo -dijo la señora Polozoff, exhalando un suspiro-. Pero

 

voy a decirle una cosa… Usted, que es tan galante, no puede rechazar mi último ruego.

 

No olvide que parto dentro de tres días para París, y que usted regresa a Francfort.

 

¡Quién sabe cuándo volveremos a vernos!

 

-¿Qué petición me quiere usted hacer?

 

- ¿De seguro que sabrá usted montar a caballo?

 

-Sí.

 

-Pues bien; hela aquí. Mañana por la mañana me lo llevo a usted conmigo; iremos a

 

darnos un paseo por las afueras de la ciudad. Llevaremos excelentes caballos.

 

Volveremos después, terminamos el negocio y… Amén. No reclame usted, no me diga

 

que eso es un capricho, que estoy loca. Quizá todo ello sea verdad, pero limítese a decir:

 

“Acepto”.

 

La señora Polozoff se había vuelto de cara a él. El interior del carruaje estaba oscuro,

 

pero sus ojos brillaban en la oscuridad. -Pues bien; acepto -dijo Sanin suspirando.

 

-¡Ah, suspira usted! -dijo la señora Polozoff imitándole-. Ese suspiro significa: han

 

echado vino, hay que beberlo. Pues no, no… usted es galante, encantador, y yo cumpliré

 

mi promesa. He aquí mi promesa. He aquí mi mano sin guante, la mano derecha, la

 

mano que firma. Cójala usted y crea en su apretón. Qué clase de mujer soy, no lo sé;

 

pero soy un hombre formal, y pueden cerrarse tratos conmigo.

 

Sin darse muy exacta cuenta de lo que hacía, Sanin se llevó a los labios aquella mano.

 

La señora Polozoff la retiró con dulzura y no dijo ya nada más hasta que el carruaje se

 

detuvo.

 

-¡Hasta mañana! murmuró María Nicolavna en la escalera, iluminada por cuatro velas

 

de un candelabro, que a su llegada había cogido un criado todo galoneado de oro. Tenía

 

ella los ojos bajos:

 

-¡Hasta mañana!

 

De regreso a su cuarto, Sanin encontró encima de la mesa una carta de Gemma. Tuvo

 

un impulso de miedo, seguido muy pronto de otro impulso de alegría, con el cual se

 

ocultó a sí mismo el temor que acababa de experimentar. La carta sólo era de cuatro

 

líneas. Gemma se congratulaba de ver tan bien empezado el asunto, le aconsejaba

 

paciencia, añadiendo que todos estaban buenos y se regocijaba de antemano con la idea

 

de su regreso. Sanin halló un poco seca esa carta; sin embargo, cogió pluma y papel…

 

dejándolos en seguida.

 

“¿A qué viene el escribir? Mañana regreso… ¡Aún hay tiempo! ¡Hay tiempo!

 

 

 

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Metióse en la cama sin tardanza, e hizo todos los esfuerzos posibles por dormirse muy

 

pronto. Si hubiese permanecido de pie y despierto, de seguro que hubiera pensado en

 

Gemma; pero sentía una especie de vergüenza de pensar en ella, de evocar su imagen. Su

 

conciencia estaba desasosegada. Pero se tranquilizaba, diciéndose que todo estaría

 

concluido por completo mañana, que se alejaría para siempre de aquella antojadiza mujer,

 

y que olvidaría todas esas estupideces.

 

Las personas débiles, cuando hablan consigo mismas, se complacen en emplear

 

expresiones enérgicas.

 

Y además… “¡Eso no tiene consecuencias!”

 

XL Esto era lo que pensaba Sanin a la hora de acostarse. Pero la historia no dice nada

 

acerca de las reflexiones que hizo a la mañana siguiente, cuando la señora Polozoff,

 

llamando a su puerta con algunos golpecitos impacientes dados con el puño de . coral del

 

latiguillo, apareció en el quicio de la puerta del cuarto, con la cola de su amazona de tela

 

azul oscura recogida en un brazo, un sombrerito de hombre puesto sobre los gruesos rizos

 

de sus cabellos, el velo echado atrás, y los labios, los ojos y todo el rostro iluminados por

 

una sonrisa provocativa.

 

-¡Vamos! ¿Está usted dispuesto? -dijo con voz alegre.

 

Por única respuesta, Sanin se abrochó el redingot y cogió el sombrero. La señora

 

Polozoff le echó una mirada intensa y viva, hizo una seña con la cabeza y bajó rápida la

 

escalera, Sanin se lanzó en pos de ella.

 

Los caballos esperaban ya delante del pórtico. Había tres: uno alazán dorado, una

 

yegua de pura sangre, de cabeza enjuta, ojos negros a flor de cara, piernas de ciervo, un

 

poco flaca, pero elegante de formas y ardiente como el fuego, era para la señora Polozoff;

 

el segundo, grande, robusto, de un negro sin mancha, de belfo delgado y que enseñaba los

 

dientes, era para Sanin; el tercero para el lacayito, María Nicolavna montó con ligereza

 

en su bruto, que gallardeó en el sitio, levantando la cola y haciendo piernas; pero la

 

señora Polozoff, excelente jinete, lo dominó. Aún había que despedirse de Polozoff,

 

quien con su fez inmutable y su flotante bata había aparecido en el balcón; agitaba un

 

pañuelo de batista, preciso es decir que con aire poco risueño y hasta enfurruñado. Montó

 

Sanin, María Nicolavna saludó a Polozoff con la punta del latiguillo , y cruzó de un

 

latigazo el cuello arqueado y liso de su cabalgadura. Esta se encabritó, dio un salto de

 

carnero; y después, domada, estremecióse, tascando el freno, sorbiendo aire y resollando

 

jadeante, principió a andar con paso menudo y firme. Sanin la siguió, mirando a María

 

Nicolavna, cuyo talle esbelto y flexible, modelado por un corsé que lo dibujaba sin

 

oprimirlo, cimbrábase con aplomo y gracia. Volvió la cabeza y le llamó con la mirada.

 

Sanin se reunió con ella.

 

-¿Ve usted qué hermosura? Se lo digo por última vez antes de separarnos: “Es usted

 

adorable, y no se arrepentirá”.

 

Apoyó estas últimas palabras con un afirmativo meneo de cabeza repetido muchas

 

veces, como para hacerle comprender mejor su significado.

 

 

 

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Parecía tan dichosa, que Sanin se quedó absorto. Su cara hasta había tomado esa

 

expresión seria que se advierte en los niños cuando están en el colmo de la satisfacción.

 

Fueron al paso hasta la próxima ronda; después lanzáronse a trote largo por la carretera.

 

El día era espléndido, un verdadero día de verano. Un viento ligero y alegre les acariciaba

 

el rostro, murmuran do y zumbando en sus oídos. De minuto en minuto se apoderaba de

 

ellos una sensación de juventud y de vida enérgica, de libres e impetuosos arranques, y la

 

saboreaban con delicia.

 

María Nicolavna refrenó el caballo y lo sacó al paso, imitándola Sanin.

 

-He aquí dijo ella con un hondo suspiro de beatitud-, la única cosa por la cual vale la

 

pena vivir: ¡haber logrado hacer lo que se deseaba, lo que se creía imposible, y meterse

 

en ello hasta aquí! (Su dedo, rápidamente pasado por la garganta, acabó su pensamiento.)

 

¡Y qué buena se siente una entonces! Yo, por ejemplo, ¡qué buena soy ahora! Creo que

 

besaría al mundo entero. Es decir… no, a todo el mundo, no. Mire por ejemplo, ¡lo que es

 

a ése no lo besaría! (Indicó con la punta del latiguillo un viejo miserablemente vestido

 

que iba por el borde del camino.) Pero estoy dispuesta a hacerle feliz. ¡Tenga, tome! -le

 

gritó en alemán, echándole una bolsa a los pies.

 

El pesado saquito (aún no se conocían los portamonedas) cayó bruscamente en el

 

camino. El transeúnte se detuvo asombrado. La señora Polozoff soltó la risa y puso al

 

galope su yegua.

 

-¿Tanto le gustan, a usted los paseos a caballo? -le preguntó Sanin alcanzándola.

 

María Nicolavna paró en firme de nuevo la yegua. No tenía otro modo de pararla.

 

-Sólo quise evitar las muestras de agradecimiento. Los que me dan las gracias me

 

estropean mi placer. No lo hago por ellos, sino por mí. ¿Cómo se atreven a permitirse

 

darme las gracias? ¿Me preguntaba usted algo hace un momento? No lo he oído.

 

-Le he preguntado… quería saber por qué es usted hoy tan feliz.

 

-¿Sabe usted una cosa? dijo María Nicolavna, que no oyó la nueva pregunta de Sanin, o

 

acaso no tuvo por conveniente el contestar a ella-. Me carga ver trotar detrás de nosotros

 

a ese lacayo. De seguro que sólo piensa en la hora a que sus amos regresarán a casa.

 

¿Cómo nos lo quitaremos de delante? (María Nicolavna sacó del bolsillo a escape un

 

cuadernito.) ¿Le enviaré a que vaya a llevar una esquela a la ciudad? No; mal medio.

 

¡Ah, ya lo encontré! ¿Qué es aquello que se ve allá abajo, delante de nosotros? ¿Un

 

mesón?

 

Sanin miró en la dirección indicada.

 

-Creo que sí.

 

-¡Muy bien! Voy a ordenarle que se detenga ahí, y que beba cerveza esperando

 

nuestro regreso.

 

Pero… ¿qué va a pensar?

 

¿Qué nos importa? Pero ¿bah! No pensará absolutamente nada: beberá cerveza, y pare

 

usted de contar. Vamos, Sanin (era la primera vez que le llamaba así familiarmente):

 

¡adelante, al trote!

 

 

 

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Así que llegaron delante de la posada, la señora Polozoff llamó al lacayo y le dio

 

instrucciones. El lacayo, un groom inglés de origen y por temperamento, sin decir una

 

palabra, se llevó la mano a la visera de la gorrilla y se apeó del caballo, conduciéndolo de

 

la brida. -¡Ya estamos ahora libres como los pájaros! -exclamó María Nicolavna-. ¿A qué

 

parte nos dirigiremos? ¿Al Norte, al Mediodía, al Poniente, al Oriente? Mire: soy como el

 

rey de Hungría el día de su coronación (enseñaba con la punta del latiguillo los cuatro

 

puntos cardinales). Todo nos pertenece. No… ¿Sabe una cosa? ¡Mire las hermosas

 

montañas allá lejos, y qué bosques! Vámonos allí, arriba, arriba… In die Borge wo die

 

Freiheit thront. (Sobre las alturas, donde reina la libertad.)

 

Abandonó la carretera y tomó al galope por un estrecho sendero apenas trillado, que, en

 

efecto, parecía dirigirse a la montaña. Sanin la siguió a galope también.

 

XLI El camino convirtióse bien pronto en una senda y desapareció por completo, cortado

 

por un foso. Sanin habló de volver atrás.

 

-¡No! dijo la señora Polozoff-. ¡Quiero ir a la montaña! ¡Sigamos adelante, a vuelo de

 

pájaro!

 

Hizo que la yegua saltase el foso, y Sanin la imitó. Por detrás de la trinchera

 

extendíanse unos prados, al principio secos, luego húmedos y que más lejos se

 

transformaban en un pantano; filtrábase el agua por todas partes, formando charcas, a

 

través de las cuales tenía gusto la señora Polozoff en meter a su yegua.

 

-¡Hagamos novillos! -dijo con alegres carcajadas-. ¿Sabe lo que se llama en Rusia

 

cazar salpicando?

 

-Sí.

 

A mi tío le gustaba esa caza, la caza a la carrera en primavera, cuando por todas partes

 

hay agua. Yo le acompañaba. ¡Era delicioso! ¡Y también nosotros dos vamos

 

salpicando!… Sólo que veo una

 

cosa: usted es ruso y quiere casarse con una italiana. Pero eso es a usted a quien le

 

interesa. ¡Ah! ¿Qué es esto? ¡Otro foso! ¡Hop!

 

La yegua saltó por encima del obstáculo, pero María Nicolavna perdió el sombrero. El

 

cabello desparramósele en rizos por los hombros. Sanin quería apearse para recoger el

 

objeto caído, pero ella exclamó:

 

-¡No lo toque! ¡Yo misma lo cogeré!

 

Inclinóse muy abajo desde la silla, enganchó la punta del latiguillo y recogió, en efecto,

 

el sombrero, poniéndoselo en la cabeza sin arreglarse el cabello; después prosiguió a más

 

y mejor su loca carrera, dando el grito gutural del cosaco al cargar contra el enemigo.

 

Sanin iba tras ella, saltando zanjas, setos y arroyos, bajando a los valles, subiendo las

 

cuestas, hundiéndose en los barrizales, saliendo del paso bien o mal él y su caballo, y

 

siempre con los ojos puestos en la señora Polozoff.

 

En aquella cara todo estaba abierto: los ojos luminosos y devoradores, que brillaban

 

con un ardor salvaje, la boca y las ventanillas de la nariz dilatadas, aspirando con avidez

 

al viento que la azotaba de lleno. Miraba de frente, y hubiérase dicho que su alma quería

 

 

 

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tragarse todo, conquistar todo lo que veía, la tierra, el cielo, el sol y hasta el aire, y

 

parecía no sentir sino un solo pesar: el de que fuesen tan poca cosa los peligros, para

 

darse el gusto de vencerlos todos.

 

-¡Sanin! -exclamó- ¡Esto es enteramente como en la Lenore de Bürger, sólo que usted

 

no está muerto! ¿Verdad que usted no está muerto?… ¡Yo estoy viva!

 

Todo cuanto en ella había de audacia, de ímpetu y de fuerza, todo se había

 

desencadenado. Ya no era una amazona lanzando a su caballo a galope tendido, era una

 

joven centaura que triscaba, medio alimaña montaraz y medio diosa, y la comarca

 

honrada y apacible que hollaba con sus pies, en su impetuosidad desenfrenada, la veía

 

pasar con asombro.

 

Por fin detuvo a la yegua, cubierta de espuma y salpicaduras de lodo, que se rendía

 

bajo su peso. El brioso, pero pesado semental de Sanin, resollaba jadeante.

 

-¡Vamos! ¿Y esto, le gusta? murmuró ella quedo, muy quedo.

 

-¡Que si me gusta…! -respondió Sanin con un arrebato de exaltación.

 

Comenzaba a hervirle la sangre en las venas.

 

-¡Espere, no hemos concluido! -dijo ella, extendiendo la mano, cuyo guante estaba

 

hecho tiras-. Le dije que le llevaría al bosque, a la montaña… ¡Ahí está la montaña!

 

En efecto, a doscientos pasos del sitio donde se habían detenido los audaces jinetes,

 

comenzaban a erguirse altos montes, cubiertos de grandes bosques.

 

-Mire un camino -prosiguió ella-. ¡Juntos y adelante! Pero al paso: es preciso dejar

 

que respiren nuestras cabalgaduras. Pusiéronse en marcha. Con un solo movimiento de

 

mano, María Nicolavna se echó atrás vigorosamente los cabellos. Luego se miró los

 

guantes y se los quitó diciendo:

 

-Me van a oler a cuero las manos; pero eso le es igual, ¿no es cierto?

 

La señora Polozoff se sonreía, y Sanin le sonrió también. -¿Qué edad tiene usted? -le

 

preguntó de pronto.

 

-Veintidós años.

 

-¡Toma, toma! También yo tengo veintidós años. ¡Bonita edad! Poniendo juntos

 

nuestros años, aún falta mucho para la vejez. Pero hace mucho calor. ¿Estoy encarnada?

 

-Como una amapola.

 

María Nicolavna se pasó el pañuelo por la cara.

 

-Lleguémonos nada más que al bosque, allí hará fresco. Un bosque antiguo es como

 

un amigo viejo. ¿Tiene usted amigos? Sanin reflexionó un instante, y dijo:

 

-Sí… pero no muchos; y ni un solo amigo verdadero.

 

-Yo los tengo verdaderos, sólo que no son viejos… Y mire, un caballo también es un

 

amigo. ¡Con qué precauciones nos llevan! ¡Ah, qué buen estar hace aquí! ¡Y cuando

 

pienso que pasado mañana estaré en París!

 

-¡Sí… cuando se piensa eso! -repitió Sanin. -¿Y usted en Francfort?

 

 

 

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En Francfort, con seguridad.

 

-Pues bien; sea lo que Dios quiera. En cambio, el día de hoy es nuestro… nuestro…

 

¡nuestro!

 

Los jinetes saltaron la linde y se metieron en el bosque, que los envolvió con su sombra

 

húmeda y profunda.

 

-¡Oh! ¡Pero esto es un paraíso! -exclamó María Nicolavna-. ¡Metámonos más

 

adentro, en esa espesura, Sanin!

 

Los caballos “se metían en aquella espesura” lentamente, cabeceando y dando

 

relinchos apagados. La senda por donde iban hizo un brusco recodo y los condujo a un

 

desfiladero bastante angosto, donde los helechos y los brezos, la resina de los pinos y las

 

hojas medio enmohecidas del año anterior llenaban el aire de aromas intensos y

 

adormecedores. Grandes rocas pardas exhalaban por sus grietas una frescura profunda. A

 

los dos lados del camino veíanse acá y allá colinas redondeadas, cubiertas de verde

 

musgo.

 

-¡Alto! -exclamó la señora Polozoff-. Quiero sentarme y descansar en este terciopelo.

 

Ayúdeme a apearme.

 

Sanin bajó a escape del caballo y acudió. Apoyóse ella en sus hombros, saltó con

 

ligereza al suelo y fue a sentarse en uno de los musgosos terromonteros. Sanin, de pie

 

ante ella, tenía de las riendas ambos caballos.

 

María Nicolavna le miró, y dijo: -Sanin, ¿sabe usted olvidar?

 

Sanin se acordó de su conversación de la víspera… de su prometida que le esperaba.

 

-Eso, ¿es una pregunta o un cargo?

 

-En mi vida he hecho cargos a nadie. Y dígame: ¿cree usted en los filtros?

 

-¿En qué?

 

-En los filtros, ¿sabe?, de que hablan nuestros cantares, nuestros cantares campesinos.

 

-¿Ah!, se refería usted a eso -dijo con lentitud Sanin. -Sí, a eso. Yo sí, yo creo en

 

ellos… y usted creerá.

 

-Los filtros, los sortilegios, todo es posible en este mundo -repitió Sanin-. En otro

 

tiempo no creía en eso, ahora creo. Ya no me conozco.

 

María Nicolavna miró en torno suyo con atención.

 

-Me parece que conozco este sitio. Mire, Sanin, ¿hay o no hay detrás de este gran

 

roble una cruz de madera roja?

 

Sanin dio algunos pasos, y dijo:

 

-¡Sí, ahí está la cruz!

 

La señora Polozoff se sonrió.

 

-¡Ah, muy bien! Ya sé dónde estamos. Hasta ahora, por lo menos, no nos hemos

 

perdido aún. ¿Qué ruido se oye a lo lejos? ¿Un leñador?…

 

 

 

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Sanin miró por entre la espesura.

 

-Sí… por allá hay alguien cortando ramas secas. Entonces tengo que cogerme el pelo.

 

Se quitó el sombrero y se puso a trenzar sus largas matas de cabellos, con aire formal y

 

sin decir una palabra. Sanin continuaba de pie delante de ella… Las líneas armoniosas de

 

su cuerpo se dibujaban bajo los oscuros pliegues del vestido, al que se habían agarrado

 

acá y allá algunas pequeñas briznas de musgo.

 

De pronto, uno de los caballos resolló con fuerza detrás de Sanin, quien se estremeció

 

involuntariamente de pies a cabeza. Todo él trastornado, y sus nervios tensos como

 

cuerdas. No se equivocó al decir: “Ya no me conozco”. Realmente, estaba hechizado.

 

Todo su ser estaba reconcentrado en un solo pensamiento, en un solo deseo. María

 

Nicolavna le miró fijamente.

 

-Vamos, ahora está todo como debe estar dijo volviendo a ponerse el sombrero-. ¿No

 

se sienta usted? Mire, aquí. No; espere… no se siente. ¿Qué es eso que oigo?

 

Una vibración sorda y prolongada pasaba sobre las copas de los árboles y por el aire

 

del bosque.

 

-¿Será un trueno?

 

-Creo que sí -respondió Sanin.

 

-¡Ah, pues entonces esto es una fiesta, una verdadera fiesta! Sólo esto nos faltaba.

 

Un trueno sordo se dejó oír por segunda vez, creciendo y retumbando con estruendo.

 

-¡Bravo! ¡Que se repita! ¿Se acuerda usted? Ayer le hablaba de la Eneida. También

 

ellos fueron sorprendidos por la tempestad en un bosque. Pero tenemos que buscar

 

donde guarecernos.

 

Se levantó con rapidez, diciendo:

 

-Tráigame la yegua. Extienda la mano… así. No soy muy pesada. Saltó a la silla como

 

un pájaro. También Sanin montó a caballo. -¿Quiere usted… volverse atrás? preguntó

 

con voz insegura. -¡Volverme atrás! -respondió ella tras breve pausa, cogiendo las

 

riendas; y añadió con tono duro, casi brutal-: ¡Sígame!

 

Volvió al camino, dejó a un lado la cruz roja, bajó la ladera hasta una encrucijada,

 

torció a la derecha y volvió a subir por la colina… Evidentemente sabía a dónde iba a

 

parar aquel camino, que penetraba cada vez más y más por la espesura del bosque. Sin

 

pronunciar una palabra, sin volver la cabeza, avanzaba ella en línea recta con aire

 

imperioso; y él, humilde y sumiso, la seguía sin una chispa de voluntad en el flaco

 

corazón.

 

Comenzó a caer la lluvia en gotas aún escasas.

 

Unas cuantas horas más tarde, María Nicolavna y Sanin regresaban a Wiesbaden, con

 

el groom detrás, dormido en la silla. Polozoff, con la carta del administrador en la mano,

 

recibió a su mujer con una mirada ligeramente inquisitiva; nublóse un poco el rostro y

 

hasta dijo entre dientes:

 

-¿Habré perdido mi apuesta?

 

 

 

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María Nicolavna se limitó a encogerse de hombros.

 

Y el mismo día, dos horas después, enloquecido y absorto, estaba Sanin de pie ante la

 

señora Polozoff.

 

-¿A dónde vas? -dijole ella-. ¿A París… o a Francfort?

 

-Iré donde tú vayas, y no te abandonaré sino cuando me arrojes -respondió él

 

desesperadamente.

 

Una sonrisa de triunfo culebreó por sus labios y en sus dilatados ojos, claros hasta

 

parecer blancos, leíase tan sólo la saciedad y la implacable inmovilidad de la victoria.

 

Cuando el gavilán clava las garras en los ijares de su víctima, ésos deben ser sus ojos.

 

XLII Todo esto fue lo que se le vino a la memoria a Demetrio Sanin, cuando en el silencio

 

del gabinete, revolviendo entre sus papeles antiguos, se le vino a las manos la crucecita

 

de granates. Los acontecimientos que acabamos de referir, se dibujaron con claridad ante

 

los ojos de su alma… Pero al llegar a la hora en que había dirigido a la señora Polozoff

 

aquella humillante súplica, en que había comenzado su esclavitud, en que se había puesto

 

a los pies de aquella mujer, apartóse de aquellas imágenes evocadas y ya no quiso

 

recordar más. Y no es que le fuese infiel la memoria, no; sabía bien, harto bien lo que

 

siguió a aquella hora fatal; pero la vergüenza le ahogaba, aun entonces, al cabo de tantos

 

años transcurridos. Temía ese sentimiento de irresistible menosprecio de sí mismo, que

 

estaba seguro de que había de acometerle, y que semejante a una ola sumergiría en él

 

cualquier otro sentimiento si no hacía callar a su memoria. Pero por grande que fuera su

 

empeño en luchar contra los recuerdos que ante él se alzaban, no podía ahogarlos por

 

completo. Acordábase de aquella lastimosa y miserable carta, llena de mentiras y de

 

lágrimas viles, que había escrito a Gemma y que no tuvo ninguna respuesta… Respecto a

 

presentarse delante de ella, volver a su lado después de tal engaño, después de semejante

 

traición, ¡no, eso no!, todo lo que aún quedaba en él de conciencia y de honradez se había

 

opuesto a ello. Y luego, ¿no había perdido toda confianza en sí mismo, toda estimación

 

en sí propio? ¿Cómo se atrevería en lo sucesivo a dar su palabra de honor?

 

Acordábase también Sanin, ¡oh, vergüenza!, de cómo había enviado uno de los lacayos

 

de Polozoff a Francfort en busca de su equipaje; cómo, en su cobarde inquietud, sólo

 

pensaba en una cosa, en partir cuanto antes, en marchar a París; cómo por orden de María

 

Nicolavna, se había esforzado en granjearse el afecto de Hipólito Sidorovitch y se había

 

hecho amigo de Dünhof, en el dedo del cual había visto un anillo de hierro ¡enteramente

 

igual al que le dio a él la señora Polozoff! Después vinieron los recuerdos más dolorosos,

 

más vergonzosos aún… Un criado le trae una tarjeta de visita que dice: Pantaleone,

 

cantante de cámara de Su Alteza el duque de Módena. Se niega a recibir al viejo, pero no

 

puede evitar el encontrarlo, cuya melena gris se eriza indignada y flamígera, cuyos ojos

 

rodeados de arrugas brillan como ascuas encendidas; oye rezongar exclamaciones

 

amenazadoras, imprecaciones de ¡Maledizione!, terribles insultos: ¡Cobardo! ¡Infame

 

traditore!

 

Sanin cierra los ojos y mueve la cabeza para intentar otra vez eximirse de sus

 

recuerdos, pero en vano: se vuelve a ver sentado en la estrecha banqueta delantera de una

 

magnífica silla de postas, mientras que María Nicolavna e Hipólito Sidorovitch se

 

 

 

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arrellanan en los blandos almohadones de la testera… y cuatro caballos trotando con paso

 

igual por el empedrado de Wiesbaden, los conducen a París. ¡París! Hipólito Sidorovitch

 

se come una pera que Sanin había, mondado; y María Nicolavna, al mirar a ese hombre

 

convertido en una cosa de ella, sonríese con esa sonrisa que ya conoce él, sonrisa de amo

 

y señor…

 

Pero, ¡santo Dios! ¡Qué ve allá lejos, en la esquina de una calle, un poco antes de salir

 

de la ciudad? ¿.No es Pantaleone? Alguien le acompaña; ¿será Emilio? Sí, él es: su

 

amiguito devoto y entusiasta. Pocos días ha, ese corazón juvenil le veneraba como un

 

héroe, como un ideal; y ahora el desprecio y el odio encienden ese noble rostro, pálido y

 

bello, tan bello que María Nicolavna se ha fijado en él y se asoma por la ventanilla de la

 

portezuela. Sus ojos, tan parecidos a los de ella, a los ojos de su hermana, están fijos en

 

Sanin, y sus labios comprimidos se separan de pronto para proferir una injuria…

 

Y Pantaleone extiende el brazo y señala a Sanin, ¿a quién?, a Tartaglia que está detrás

 

de él. Y Tartaglia aúlla contra Sanin; y hasta el ladrido del honrado perro de aguas

 

resuena en sus oídos como un intolerable insulto… ¡Horrible pesadilla!

 

Luego, la vida en París, y todos los rebajamientos, todos los oprobiosos suplicios del

 

esclavo a quien ni siquiera se le permite estar celoso ni quejarse, ¡y al que, por fin, se

 

arroja como un vestido viejo…!

 

Después, el regreso a la patria, una existencia envenenada y vacía, mezquinos cuidados

 

y agitaciones, un arrepentimiento amargo y estéril, un olvido no menos estéril ni menos

 

amargo; un castigo vago, pero incesante y eterno, análogo a un sufrimiento poco agudo,

 

pero incurable, a una deuda que se paga ochavo a ochavo sin poder finiquitarla nunca.

 

El cáliz estaba lleno hasta los bordes… ¡Basta!

 

¿Por qué casualidad había permanecido en poder de Sanin la crucecita que le dieron?

 

¿Por qué no la había devuelto? ¡Cómo hasta este día no la había visto nunca? Largo

 

tiempo estuvo absorto en sus pensamientos; y aunque instruido por la apariencia de tantos

 

años pasados desde entonces acá, no pudo llegar a comprender cómo había abandonado a

 

Gemma, querida tan tierna y apasionadamente, por una mujer a quien no amaba ni mucho

 

ni poco, sino nada…

 

Al siguiente día produjo grande asombro en sus amigos y conocidos al anunciarles que

 

salía para el extranjero. Este asombro se difundió pronto por toda la buena sociedad.

 

Sanin abandonaba Peters burgo en el riñón del invierno, en el momento en que acababa

 

de alquilar y amueblar unas magníficas habitaciones; y, lo que es más, renunciaba a su

 

abono en la Opera Italiana, a las representaciones de la señora Patti, de la Patti en

 

persona, ¡ese ideal, esa última palabra de la tabaquera de música! Sus amigos y conocidos

 

no comprendían nada de aquello. Pero los hombres no tienen costumbre de ocuparse

 

mucho de asuntos ajenos; y cuando Sanin partió para el extranjero, la única persona que

 

le acompañó a la estación del ferrocarril fue su sastre francés, con la esperanza de hacer

 

ajustar una cuentecita “por un abrigo de viaje, de terciopelo negro, elegantísimo”.

 

XLIII Al decir Sanin a sus amigos que salía para el extranjero, no indicó el punto de destino…

 

No costará trabajo a los lectores adivinar que se fue en derechura a Francfort. Gracias a

 

los ferrocarriles que surcan toda Europa, llegó a los tres días de haber partido. Era su

 

 

 

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primera visita a Francfort desde 1840. La fonda del Cisne Blanco no había cambiado de

 

sitio y continuaba floreciente, aunque no estuviera ya en primera fila; la Zeile, aquella

 

gran arteria de Francfort, había sufrido pocos cambios; pero ya no quedaban vestigios de

 

la casa de Roselli, ni aun de la calle donde estuvo la confitería. Sanin anduvo errante

 

como un loco por aquellos lugares con los cuales tan familiarizado estuvo antaño, sin

 

conseguir orientarse: las antiguas construcciones habían desaparecido; nuevas calles las

 

reemplazaban, formando filas interminables de grandes casas y elegantes palacios; y en el

 

mismo jardín público donde había tenido su entrevista decisiva con Gemma, habían

 

crecido tanto los árboles y se había transformado todo hasta tal punto, que Sanin se

 

preguntaba si aquel jardín era, en efecto, el mismo.

 

¿Qué hacer? ¿Qué marcha seguir en sus indagaciones? Habían transcurrido desde

 

entonces treinta años… ¡Cuántas dificultades! Ni uno solo de aquellos a quienes se dirigió

 

había oído ni siquiera pro nunciar el nombre de Roselli. El dueño de la fonda le aconsejó

 

que fuese a informarse a la Biblioteca Pública.

 

Allí encontrará usted le dijo- todos los periódicos antiguos.

 

Pero le costó sumo trabajo que le explicase de qué podrían servirle esos periódicos

 

antiguos.

 

A la desesperada, preguntó Sanin por Herr Klüber. Nuevo desengaño, por más que el

 

dueño de la fonda conocía mucho este apellido. El elegante hortera había tenido al

 

principio mucho lujo y se había elevado a la alcurnia de capitalista; después, habiendo

 

hecho malos negocios, concluyó por declararse en quiebra y murió en la cárcel… Por

 

supuesto, esa noticia no causó ninguna pena a Sanin.

 

Comenzaba a convencerse de que había emprendido muy de ligero el viaje, cuando un

 

día, recorriendo el “Almanaque de las señas”, topó con el apellido de von Dónhof,

 

comandante retirado (Major a. D.). En seguida tomó un coche para dirigirse a la casa

 

indicada. Nada le probaba que ese Dónhof hubiera de ser por necesidad aquel a quien

 

había conocido; y por otra parte, aun suponiendo que fuese el mismo, ¿cómo podría darle

 

noticias de la familia Roselli? No importa: un hombre que se ahoga, se agarra al menor

 

tallo de hierba.

 

Sanin encontró en su casa al comandante von Dónhof, y reconoció a su antiguo

 

adversario en el hombre de los cabellos grises que le recibió. También éste le reconoció y

 

hasta se puso contentísimo de volver a verle, pues le recordaba su juventud y sus

 

calaveradas de antaño. Hizo saber a Sanin que hacía mucho tiempo que la familia Roselli

 

había emigrado a América y establecióse en Nueva York; que Gemma se había casado

 

con un negociante; que Dónhof tenía un amigo, también del comercio, y que

 

probablemente sabría las señas del marido de Gemma, porque tenía muchos negocios con

 

América. Sanin suplicó a Dónhof que fuese a ver a ese caballero, y ¡oh dicha! Dónhof le

 

trajo las señas: “M. J. Slocum, Nueva York, Brodway, número 501 “. Sólo que esas señas

 

eran del año 1863.

 

-¡Esperemos -exclamó Dónhof- que nuestra antigua hermosura franco-furtense viva

 

aún, y no haya abandonado Nueva York! A propósito -añadió, bajando la voz-; ¿vive

 

todavía aquella dama rusa, ¿sabe usted? Que estaba en Wiesbaden por aquel entonces, la

 

señora Po… von Polozoff?

 

 

 

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No -respondió Sanin-; hace mucho que ha muerto.

 

Dónhof levantó los ojos; pero al ver que Sanin había vuelto la cara con aire sombrío, se

 

retiró sin añadir una palabra.

 

Aquel mismo día Sanin escribió a la señora Gemma Slocum, en Nueva York. Le dijo

 

en su carta que le escribía desde Francfort, donde había ido para buscar sus huellas; que

 

sabía muy bien hasta qué punto había perdido el derecho a pedir alguna respuesta; que

 

por nada había merecido el perdón de ella, y que sólo tenía una esperanza, y es que en

 

medio de la ventura de que ella gozaba, hubiese perdido desde largo tiempo hasta el

 

recuerdo de su existencia. Añadió que, sin embargo, se había decidido a acordarse de ella

 

a consecuencia de una circunstancia fortuita que había despertado en él vivamente la

 

memoria del pasado; le habló de su vida solitaria, sin familia, sin goces, le suplicó que

 

comprendiese los motivos que le impelían a dirigirse a ella, que no le dejase llevar a la

 

tumba la amarga conciencia de una falta expiada desde mucho tiempo atrás, pero no

 

perdonada aún, y que se dignase dirigirle cuatro letras diciéndole cuál era su vida en ese

 

nuevo mundo donde se había establecido. “Escribiendo esas cuatro letras, terminaba

 

Sanin, hará usted una buena obra, digna de su hermosa alma, y le daré gracias por ello

 

hasta mi último suspiro. Permaneceré aquí, en la fonda del Cisne Blanco (subrayó estas

 

dos palabras), esperando su respuesta hasta la primavera próxima.”

 

Escribió esta carta y se decidió a esperar. Pasó en la fonda seis semanas largas, sin salir

 

casi de su cuarto y sin ver a nadie. Ninguno podía escribirle de Rusia ni de cualquiera

 

otra parte, lo cual era de su agrado. Cuando llegase una carta a su nombre, sabría de

 

antemano que era la que esperaba. Leía desde la mañana a la noche, no periódicos, sino

 

libros serios, obras históricas. Esas lecturas prolongadas, ese silencio, esa existencia

 

retirada, esa vida de molusco, todo eso estaba muy de acuerdo con la disposición de su

 

ánimo. Sólo por eso hubiera dado gracias a Gemma. Pero ¿vivía aún? ¿Le respondería?

 

Por fin recibió una carta con franqueo americano, una carta de Nueva York. El carácter

 

de letra del sobre era inglés… y luego buscó, ante todo, la firma. ¡Gemma! Brotaron

 

lágrimas de sus ojos. Ese nombre bautismal solo, sin apellido de familia, era para él una

 

prenda de perdón y de reconciliación. Desdobló el pliego de papel, fino y azulado… y

 

cayó una fotografía. Recogióla enseguida y se quedó estupefacto. ¡Gemma, la misma

 

Gemma joven, tal como la había conocido treinta años antes! ¡Los mismos ojos, los

 

mismos labios, el mismo tipo de cara! En el dorso de la tarjeta fotográfica leyó: “Mi hija

 

Mariana”.

 

Toda la carta era muy sencilla y muy bondadosa. Gemma daba las gracias a Sanin por

 

no haber dudado en dirigirse a ella, por haber tenido confianza; no le ocultaba que, en

 

efecto, después de aquella brusca ruptura, había pasado momentos muy penosos; pero

 

añadía que, a pesar de todo, consideraba y había considerado su encuentro con él como

 

una cosa feliz, pues era lo quede había impedido casarse con Herr Klüber; y, por

 

consiguiente, aunque de una manera indirecta aquel encuentro había sido causa de su

 

enlace con su marido actual, de quien era, desde veintiocho años a la fecha, compañera

 

perfectamente dichosa. Su casa era rica y muy conocida en todo Nueva York. Genima

 

añadía tener cuatro hijos varones y una hija de dieciocho, prometida ya, cuyo retrato le

 

enviaba, puesto que, según opinión general, parecíase mucho a su madre. Gemma había

 

reservado para el final de su carta las noticias aflictivas, Frau Lenore había muerto en

 

 

 

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Nueva York, adonde había ido con su hija y su yerno; pero antes de morir había tenido

 

tiempo de gozar de la felicidad de sus hijos y las caricias de sus nietos. También

 

Pantaleone había querido partir para América, pero murió antes de poder abandonar

 

Francfort. “Y Emilio, nuestro querido, nuestro incomparable Emilio, murió

 

gloriosamente en Sicilia por la independencia de la patria. Hemos llorado amargamente la

 

muerte de nuestro adorable hermano; pero, al llorarle, estábamos orgullosos de él, y

 

siempre lo estaremos de conservar su memoria, sagrada para nosotros. ¡Su alma noble y

 

desinteresada era digna de la corona del martirio! Después expresaba Gemma su

 

sentimiento de que la vida de Sanin, por lo que él decía, fuese tan triste; le deseaba ante

 

todo el sosiego y la paz del alma, y decíale que hubiera tenido sumo gusto en verle,

 

aunque confesaba que semejante entrevista tenía pocas probabilidades de realización…

 

No describiremos los sentimientos que la lectura de esta carta hizo experimentar a

 

Sanin. Ninguna expresión podría manifestar de una manera suficiente esos sentimientos

 

profundos y poderosos, pero harto poco claros para poder expresarse con palabras; sólo la

 

música podría traducirlos. Sanin respondió inmediatamente y envió a Mariana Slocum,

 

como regalo a la joven desposada, de parte de un amigo desconocido, la crucecita de

 

granates pendientes de un collar de perlas finas. Este regalo, aunque muy precioso, no le

 

arruinó. Durante los treinta años transcurridos desde su primera estancia en Francfort

 

había reunido una bonita fortuna. Regresó a Petersburgo en los primeros días de mayo, no

 

para mucho tiempo. Dícese que vende todas sus propiedades y que se prepara a partir

 

para América.

 

 

 

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Indice

 

I ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. …… 2

 

II ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. ….. 3

 

III ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. … 5

 

IV ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. … 6

 

V ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. ….. 7

 

VI ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. … 9

 

VII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. 10

 

VIII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………… 12

 

IX ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. . 13

 

X ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. … 14

 

XI ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. . 16

 

XII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. 18

 

XIII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………… 18

 

XIV ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………… 19

 

XV ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. 21

 

XVI ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………… 22

 

XVII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………….. 25

 

XVIII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………… 28

 

XIX ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………… 30

 

 

 

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XX ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. 32

 

XXI ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………… 33

 

XXII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………….. 35

 

XXIII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………… 39

 

XXIV ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………. 42

 

XXV ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………….. 46

 

XXVI ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………. 48

 

XXVII ………………………….. ………………………….. ………………………….. …………………….. 50

 

XXVIII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………. 53

 

XXIX ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………. 55

 

XXX ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………….. 57

 

XXXI ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………. 60

 

XXXII ………………………….. ………………………….. ………………………….. …………………….. 64

 

XXXIII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………. 66

 

XXXIV ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………. 68

 

XXXV ………………………….. ………………………….. ………………………….. …………………….. 71

 

XXXVI ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………. 74

 

XXXVII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………….. 79

 

XXXVIII ………………………….. ………………………….. ………………………….. …………………. 82

 

XXXIX ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………. 87

 

 

 

Page No 102

 

 

 

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XL ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………….. 89

 

XLI ………………………….. ………………………….. ………………………….. …………………………. 91

 

XLII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ……………………….. 95

 

XLIII ………………………….. ………………………….. ………………………….. ………………………. 96

 

 

 

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